De la muerte de Michael Jackson, acaecida el 25 de junio de 2009, se ha dicho que ha sido el 11-S de la historia del pop. Un irreparable shock emocional. Un cataclismo que pone fin a una era musical marcada por el oropel de la industria del disco y el culto a la personalidad. Pero más allá de cualquier consideración subjetiva u objetiva, está claro que se nos ha ido el icono más importante de la música pop del siglo XX y uno de los artistas más completos de la historia.
Por Luis Troquel

De fallecer un año antes, el impacto no hubiese sido tan mayúsculo. Pero hasta su muerte terminó siendo “bigger than life”. ¿Salvó con ella el mito? Nunca lo sabremos. Contra todo pronóstico, la deteriorada estrella de Michael Jackson parecía a punto de renacer. Por más que insistieran en darlo por acabado, al anunciar su regreso a los escenarios el público demostró que siempre tiene la última palabra. Las entradas para los cincuenta conciertos consecutivos programados en Londres se vendieron como si de un pasaporte al cielo se tratara. Se agotaron en un tiempo récord y la reventa alcanzó proporciones astronómicas convertidas luego en papel mojado.
Como también pueden serlo estas líneas en el tiempo que van del ordenador al quiosco. Al ritmo que vamos, cualquier revelación es posible. A escasas semanas de su muerte pudimos ver la filmación (oculta un cuarto de siglo) de cómo seguía bailando con el pelo incendiado mientras rodaba aquel funesto anuncio de Pepsi. Ha habido apariciones para todos los gustos: desde quienes vieron su fantasma deambulando por Neverland hasta la de la tostada en que se dibujaba el rostro de Michael como si de la Sábana Santa se tratara. Y si este invierno la gripe A impone el uso de mascarillas, fijo que más de uno asegurará haberlo visto entre la multitud.
El funeral tuvo hasta photocall. La pérfida Latoya fue de las primeras en sumarse al carro de las declaraciones explosivas. Por no hablar del pico de oro de su propio padre. La bestia negra. Algo parecido para los fans de Michael a Yoko Ono entre los beatlemaníacos. Pero mientras la japonesa descabezó al cuarteto de Liverpool, sin su padre difícilmente Jacko habría sido lo que fue. Para mal y para bien. En el arte el talento no lo es todo y la historia está llena de progenitores tan traumáticos como decisivos en el genio. Desde el mismísimo Mozart hasta el más liviano Luis Miguel.
Se dice que al menos una decena de fans se suicidaron desconsolados. Tampoco nunca lo sabremos a ciencia cierta. Teniendo en cuenta que las noticias sobre suicidios son como las de peatones atropellados (jamás se habla de ellas si no son en masa o hay famosos por medio), probablemente igual también hubieran terminado ingresando en el censo de anónimos jóvenes suicidas. Más rocambolesco fue el intento fallido de un doble ruso por seguirlo al más allá. Es curioso: cuanto más singular es alguien, más fácil resulta imitar sus rasgos de distinción.
Cuentan que Jacko empezó a llevar su característico guante y calcetines blancos porque bailaba tan rápido que al público le costaba seguir sus pasos. Hubo una época en que sus habilidades coreográficas eran la única virtud que muchos supuestos entendidos le reconocían. Probablemente no haya habido un artista para todos los públicos tan controvertido en vida. Ahora, en cambio, los elogios son unánimes. Seguro que hasta Jarvis Cocker querría borrar de su propia biografía aquel episodio de 1996 en que saltó al estrellato ridiculizándolo en una entrega de premios.
La idea de que fue desde la cuna un muñeco en manos del show business tal vez quede bien en un biopic, pero pocos mortales han sido tan dueños de su propio destino. Era un obseso de la autopromoción, un maestro en cultivar el misterio en que se forjan los mitos. Katharine Hepburn prácticamente lo echó de su casa en 1984 cuando, tras una cena, él le dijo que en su limusina llevaba un fotógrafo esperando para inmortalizar la reunión cara a la galería. Quería por todos los medios formar parte de un star system donde los negros entraban todavía casi por la puerta de servicio. Y no solo lo consiguió, sino que se convertiría en el primer artista de color cuya popularidad superó en todos los ámbitos a la de cualquier blanco contemporáneo. Se retrataba compulsivamente con archifamosos, pero su estilo de vida pronto lo convertiría en un outsider multimillonario, una especie de Howard Hughes. Igual de hipocondríaco que él y andrógino como nadie. Se transformó en un ser sin sexo ni edad aparente. Ni por supuesto raza.
Significativamente, su progresiva decoloración y cambios fisonómicos siempre fueron mucho más criticados entre los blancos que entre los negros. Siguiendo la ley del espectáculo, su aspecto no dejó de depararnos un “más difícil todavía”. La terrorífica caracterización del vídeo de “Thriller” se quedó en nada al lado de su aspecto al natural en los últimos años.
Ya en 1980, en el vídeo de “Rock With You”, parecía haber pisado cautelosamente algún quirófano plástico. Aunque tuvo que batallar para conseguir que la entonces descaradamente racista MTV emitiera los videoclips que lo convertirían en emperador de dicho subgénero artístico, solo por ellos merece también un puesto en la historia del séptimo arte.
¿Sabían que Steven Spielberg intentó convencerlo para protagonizar un musical sobre Peter Pan? Terminó haciendo “Hook” (1991) con un inverosímil Robin Williams (que es casi como si la hubiera hecho Bono, con ese rictus idéntico que ambos tienen...), y a punto estuvo de dirigir uno de los proyectos cinematográficos de Jackson más sorprendentes en su día y hoy olvidados, el corto “Capitán EO” (1986), que la Disney exhibió exclusivamente en sus parques temáticos en formato 3D.
Dirigido finalmente por Francis Ford Coppola, Jako se convirtió en un superhéroe infantil del que se hizo todo tipo de merchandising para desaparecer sin dejar casi rastro. Ya había sido acusado de abusos a menores por un adolescente (para ahora desmentirlo previa exclusiva) cuando la Disney retiró “Capitán EO” como atracción. El hasta entonces eterno Peter Pan empezó a verse como si del Flautista de Hamelín se tratara. Ese que con su música ahuyentaba a las ratas y raptaba luego a los niños. Por cierto, el primer éxito púber de Michael Jackson en solitario era una canción de amor a una rata llamada “Ben”, grabada en 1972 para la película del mismo nombre (en la que un joven la adopta como mascota sin saber que atraería a una colonia de roedores asesinos).
Su hiperbólica vida da para todo un capítulo del “Libro Guinness de los récords”, entre ellos el de ser uno de los escasísimos componentes de una banda mítica cuyo éxito planetario multiplicó luego en solitario. Se suele hablar de “Off The Wall” (1979) como el inicio de su carrera y abandono de los Jacksons, cuando en la Motown editó paralelamente discos como solista durante toda la primera mitad de los ochenta: tras “Off The Wall” grabó junto a ellos “Triumph” (1980) y, tras “Thriller” (1982), el todavía más triunfalista –aunque con menos hits– “Victory” (1984).
Parece que eso de los títulos desafiantes al borde del abismo va en los genes. También Michael tituló su último disco “Invincible” (2001) justo cuando más vulnerable era. Se dice que rechazó el material que encumbraría a Justin Timberlake. ¿Falta de olfato? No nos engañemos. Creer que los discos se valoran solo por su contenido es una ingenuidad. Si cualquiera de las elogiadas canciones de Justin las hubiera grabado Michael Jackson o Prince en ese mismo momento, ni el público ni la crítica las habría tratado igual.
El tiempo pondrá en su sitio las pocas pero estupendas grabaciones de sus tres últimos lustros cuesta abajo. Como lo hizo con el Elvis de Las Vegas, en su momento vilipendiado. A menudo también se ha atribuido todo el mérito creativo de sus tres mejores discos al productor Quincy Jones, cuando su aportación no fue más que la de un George Martin con los Beatles (y a ellos nadie les regateó méritos).
Si por algo se recordará la bizarra película “El mago” (Sidney Lumet, 1978) es porque unió los destinos de Michael y Quincy. Era un remake de “El mago de Oz” con Diana Ross haciendo de Judy Garland crecidita y Jacko de espantapájaros. Sin duda, 1978 fue un año de revisiones musicales imposibles. También se estrenó la desastrosa “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, dirigida por Michael Schultz. Aún es un misterio cómo alguien convenció para encarnar a los Beatles nada menos que a los Bee Gees en su mejor momento junto a un Peter Frampton que, dos años antes, había publicado el disco más vendido de toda la historia hasta que, curiosamente, “Thriller” lo destronó por los siglos de los siglos. Amén. ∎
Por Luis Lles

El mejor resumen posible de la primera etapa del joven Michael y sus hermanos es esta recopilación sin desperdicio, que muestra en su plenitud al niño más brillante de la historia de la música pop. “I Want You Back”, “ABC”, “I’ll Be There”, “Mama’s Pearl”, “Never Can Say Goodbye”, “The Love You Save”… Una irrebatible colección de perlas talladas en el más dulce soul-pop jamás escuchado. Deliciosas golosinas.

Aunque no todo el álbum está a la misma altura, únicamente por dos himnos discotequeros de la categoría de “Shake Your Body (Down To The Ground)” y “Blame It On The Boogie” este trabajo redime el escaso crédito que a la discografía de The Jacksons le suelen conceder los fans. Tras los discos realizados bajo la tutela de Gamble & Huff, este es el primer álbum producido por los propios Jacksons.

El encuentro con Quincy Jones deparó una obra tan madura como vibrante e innovadora. Su combinación de rock, soul, pop, funk y disco en proporciones casi perfectas dio lugar a canciones memorables como “Rock With You” y “Don’t Stop ‘Til You Get Enough”. Paradójicamente, Michael lo vio como un fracaso (¡solo seis millones de copias vendidas!) y coincidió con una de las peores etapas de su vida

El disco más vendido de la historia: más de cien millones de copias en todo el mundo. Solo por incluir “Billie Jean”, una de las mejores canciones jamás escritas, ya merece estar en esta lista. Pero es que además también acoge en su seno perlas como “Wanna Be Startin’ Somethin’”, “Beat It”, “Thriller” y “Human Nature”. El año pasado se publicó una edición especial 25 aniversario con mezclas adicionales.

Muy lejos todavía de convertirse en el juguete roto que llegó a ser, Michael realiza otra jugada maestra al editar el tercer disco de la trilogía con Quincy. Lamento ser menos ortodoxo, pero además de incluir piezas sublimes como “The Way You Make Me Feel”, “Smooth Criminal”, “Man In The Mirror” y “Bad”, el disco recoge deliciosas baladas azucaradas como “I Just Can’t Stop Loving You” y “Liberian Girl”. ∎