Morrissey no se apaga. Foto: Jaime Oriz
Morrissey no se apaga. Foto: Jaime Oriz

Concierto

Morrissey, entre el suelo y el cielo

Tras su rocambolesco regate al público que lo esperaba en Valencia el pasado jueves, rizando el rizo en su insuperable historial de cancelaciones, el de Mánchester reveló su mejor cara en la noche del sábado 14 de marzo con un notable concierto en Zaragoza. Hoy, si nada lo impide a última hora, actuará en Sevilla.

Solo unos segundos del concierto de Morrissey en la sala Mozart del Auditorio Princesa Leonor de Zaragoza, ante 1500 personas que habían agotado el papel en minutos y con meses de antelación, bastaron para escenificar su peor y su mejor versión, en una noche de sábado en la que (por suerte) predominó la segunda: volvió al escenario tras unos segundos de incertidumbre –cualquier ausencia con él, por mínima que sea, ya se traduce en inquietud– tras el final de una bonita “The Monsters Of Pig Alley” –lo mejor de su desvaído y plano nuevo disco, “Make-Up Is A Lie” (2026)– y nos aclaró, en una especie de broma absurda a la que nadie alcanzó a atisbar la menor gracia, que había tenido que ausentarse para atender la llamada de móvil de “un periodista local” que, indignado ante el poco caso que Mozz le estaba haciendo, tuvo a bien llamarlo “bastardo”; justo a continuación interpreta (por vez primera en mucho tiempo) un sentido y mesurado rescate de la sublime “Half A Person” de The Smiths, sin histrionismos y señalando con su dedo la pantalla con una imagen fija de los New York Dolls mientras entona aquello de “that’s the story of my life”, y todo lo anterior se nos olvida como por ensalmo.

Porque cuanto más conecta el de Mánchester con su pasado, más sentido cobra todo. Cuando se regodea en su papel de ajado outsider resentido con el mundo es cuando su personaje está más cerca de comérselo: ocurre cuando arremete contra las grandes discográficas que lo ignoran; contra quienes –dice– tratan de reescribir su historia y la de The Smiths, cuando menta las listas de éxitos españolas –cayó la enésima ironía– o cuando se queja de una contaminación acústica –en Valencia– que, de verdad, no era para tanto ni siquiera para quienes viven en la misma plaza, aunque la decisión de su management de ubicarlo en pleno centro de la ciudad con las Fallas a punto de ignición no fue precisamente la más atinada. Me decía el propio Morrissey en la entrevista que tuvo el (gran) detalle de concederme para mi último libro, hace un par de años, que su intención es morir sobre el escenario, al más puro estilo “de Charles Aznavour”. Pero ojo: el francés apenas registró tres o cuatro cancelaciones en sus cerca de 80 años de carrera y murió en activo a los 94.

Más que solvente. Foto: Jaime Oriz
Más que solvente. Foto: Jaime Oriz

No contento con tratar de seguir la máxima wildeana de hacer que su vida parezca una obra de arte, quien se considera a sí mismo la víctima número uno de la cultura de la cancelación nos quiere hacer creer que es posible hacer también un arte de la otra cancelación, la suya propia: la que deja a muchos de sus fans compuestos y sin bolo. Él ya se cancela solo: una de cada tres veces. Aunque eso le reporte un eco mediático que ya nadie esperaba –lo de su catatonia en Valencia generó titulares en ‘Rolling Stone’, ‘The Guardian’, ‘NME’, ‘Pitchfork’ y decenas de cabeceras del mundo–, el precio a pagar no es pequeño: convertirse en un interminable meme. Queda, cómo no, el día después. Los conciertos que sí ofrece. Ese 20, 30 o 40 por ciento, dependiendo de la época. Y el de Zaragoza fue de los que no se olvidan. Al menos uno de los dos o tres mejores entre los seis que yo he visto. Incluso uno de los más notables de entre los últimos que han catado su directo más de cincuenta veces a lo largo de su vida –como el amigo Luis Le Nuit, fan fatal a quien ya me encuentro a las puertas del recinto un par de horas antes del bolo– y han disfrutado en mucho tiempo. Debieron sentarle bien los tres días de descanso, desde luego. También influyó uno de sus mejores repertorios de las últimas semanas, para qué negarlo.

Cuarenta minutos antes de su irrupción en escena, se despliega el carrusel de imágenes de su mitología particular. Como siempre. Canciones de Ramones, Gene Pitney, Sham 69, David Bowie, Barbara Lynn, Judy Garland e incluso de unos Kid Creole And The Coconuts por quienes nunca pensé que pudiera mostrar alguna simpatía. Aún nos puede sorprender con ese tipo de cosas, no solo con su rosario de excusas. Abre con una expeditiva “Billy Budd”. Buen material de fogueo. “I Just Want To See The Boy Happy” prolonga la enérgica apertura. Se le nota con ganas. “Suedehead” genera el primer karaoke de la noche: más que justificado. Es una lectura correcta, no mucho más. Hasta que llegan dos de las canciones de su nuevo trabajo que acomete casi enlazadas, y lo que a priori podría ser una excusa para consultar el móvil, charlar con el vecino, tomar la barra del bar al asalto o aliviar la vejiga (en realidad nadie se mueve de su localidad en toda la noche; de hecho, nadie permanece sentado ni siquiera en la primera canción) se convierte en una relativa sorpresa: tanto “Notre-Dame” como “Make-Up Is A Lie” salen reforzadas del directo, mucho menos planas que en los surcos del disco. Con un plus de robustez.

Éxitos y mentiras. Foto: Jaime Oriz
Éxitos y mentiras. Foto: Jaime Oriz
Cobran razonable utilidad dentro de este repertorio. “A Rush And A Push And The Land Is Ours” no termina de irradiar el halo espectral que la hizo tan especial como apertura del audaz canto del cisne de su alianza con Johnny Marr: es el primer recuerdo a la banda (reina) madre, y no el más logrado. Pero para entonces ya hemos comprobado que la voz de Morrissey está en muy buena forma, cerca de cumplir 67 castañas. Quizá ya no llegue a las notas más altas, pero cumple con bastante solvencia. Y no ronronea. Tampoco acerca nunca el micro al público para que le supla. Eso no va con él. Y es de agradecer con un temario que lo pondría muy fácil.

“Irish Blood, English Heart” siempre suena como un cañón. El sábado no fue una excepción, con Oscar Wilde vigilándonos desde la pantalla trasera. Y nos recuerda lo notable que fue “You Are The Quarry” (2004), su comeback special particular (aquellas letras rojas a lo Elvis sobre el escenario del FIB de aquel año: pesadilla para muchos). Sobre todo, cuando lo comparamos con casi todo lo que vino después. “Now My Heart Is Full” supo a gloria bendita. Ni una objeción que ponerle en interpretación, sentimiento y ejecución. Muy mal hay que hacerlo para que el trémolo de “How Soon Is Now” naufrague, y aunque la banda que lleva en esta gira quizá no sea la mejor que ha tenido, cumple sobradamente (esta vez es Bruce Lee quien nos vigila). Una lucida y teatral “I’m Throwing My Arms Around Paris” da paso a “The Bullfighter Dies”: lo mejor que puede decirse es que se pasa rápido, casi en un soplo, tras explicarnos que difícilmente pueda entenderse fuera de España. Por mí, se la podría haber ahorrado tranquilamente. Aquí y fuera de aquí. Pero llegan las ya mencionadas “The Monsters Of Pig Alley” y “Half A Person”, aminorando el tempo para que la noche repunte gracias a la algarabía de una “The First Of The Gang To Die” que hacía tiempo no abordaba, y cualquiera de sus veleidades queda laminada en algún remoto pliegue de nuestra memoria. Es así. “Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me” sí resuena con la gravedad y el desbocado melodramatismo que requiere. Me suena de escándalo. De buena, obviamente. Y hasta “Jack The Ripper” emerge densa, corpórea, intrigante, muy afilada (perdón). Siendo como fue una cara B, es mejor que muchas de las que integran sus discos de los últimos veinte años.

El rey del melodrama. Foto: Jaime Oriz
El rey del melodrama. Foto: Jaime Oriz

Una larga introducción de piano a cargo de Camila Grey –no son habituales solos instrumentales tan dilatados en sus conciertos, salvo algunos de batería y ya hace años– da la bienvenida a la melancolía eterna de una imbatible “Everyday Is Like Sunday”. Enseña máxima de esas canciones tristes que tienen la virtud de ponernos contentos (especialmente cuando se cantan en comuna), en feliz definición de un Jorge Martí (La Habitación Roja) que me pregunta en ese momento por WhatsApp cómo discurre la noche, tras haberse quedado con un palmo de narices el jueves en Valencia. Hasta “World Peace Is None Of Your Business” cobra sentido como liviano entremés entre dos composiciones tan emblemáticas e intensas en su angst vital, porque en realidad anticipa el bis con una “There Is A Light That Never Goes Out” con la que cuesta reprimir la lágrima. No la malbarata ni una pizca. La encara con el porte y la entereza exigibles.

Morrissey reconoce, antes de despedirse, que ha disfrutado mucho de la noche (nunca se lo escuché antes) y que al día siguiente van a tener que recogerlo prácticamente con una pala. Uno a uno, los miembros de la banda nos saludan tras la presentación del jefe. Todos lo hacen en perfecto castellano: los tejanos Camila Grey y Jesse Tobias (guitarra), la italiana Carmen Vanderberg (también guitarra) y, cómo no, el bajista bogotano Juan Galeano. Tan solo el batería Matthew Ira Walker –de Chicago, ataviado con camiseta del álbum “Meat Is Murder”(1985) de The Smiths– lo hace en inglés. Suena “You’ll Never Walk Alone” en la voz de Judy Garland (en la de Gerry And The Pacemakers hubiera resonado demasiado liverpuliana) y enfilamos la salida. Y aunque me hubiera gustado una mísera mención a Valencia –seguramente no sería Morrissey, de haberla hecho– y en ocasiones comparto el lógico encabronamiento de quienes no escarmientan tras tanto bolo abortado a última hora, doy por más que buena la escapada a Zaragoza porque llegará el día en que ya no podremos disfrutar de este hombre, uno de los últimos bastiones de una forma de entender el pop que posiblemente se extinga cuando él ya no esté. Por mucho que pensemos que algunas luces no deberían apagarse nunca. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados