Blixa Bargeld, institución teutona. Foto: Óscar García
Blixa Bargeld, institución teutona. Foto: Óscar García

Festival

Primavera Sound (5 de junio /1): camino a la estratosfera

El tramo vespertino de la segunda jornada de Primavera Sound en el Parc del Fòrum volvió a demostrar que la música popular sigue teniendo un componente mágico capaz de activar resortes emocionales profundos partiendo de planteamientos muy distintos pero siempre complementarios. La altura de los conciertos que pudimos disfrutar en la tarde de ayer quedó muy cerca de las capas altas de la atmósfera, y resulta complicado destacar un plantel en el que confluyen Annahstasia, Einstürzende Neubauten, Ethel Cain, Somos La Herencia, Texas Is The Reason o Slowdive. Nivelazo.

Annahstasia

Dice la leyenda que, durante el Pitchfork Festival 2025, gran parte del público del concierto de Annahstasia acabó llorando a moco tendido. Y no es de extrañar. La artista angelina hechizó a un Auditori Rockdelux lleno a rebosar ¡a las cuatro y media de la tarde! por diferentes vías. Para empezar, con una puesta en escena íntima basada en la extracción: cinco personas, cuatro sillas, múltiples instrumentos, las luces justas y una pantalla con un vídeo en loop de flores y libélulas. Y oscuridad, claro. Una oscuridad cálida y envolvente que amplificaba las otras dos vías de Annahstasia: una voz de una fascinante androginia que impacta por su capacidad de transitar de la carnalidad nocturna del R&B al folk descarnado y soleado; y, sobre todo, un espacio musical mágico fronterizo entre el folk de cristal de los setenta y las nuevas narrativas folkies femeninas como la de Kara Jackson, por poner un ejemplo. ¿Lágrimas? Las hubo. Vamos que si las hubo. Raül de Tena

Annahstasia, sentimiento folk. Foto: Marina Tomàs
Annahstasia, sentimiento folk. Foto: Marina Tomàs

.bd.

Abriendo la segunda jornada de festival en el escenario Schwarzkopf, el quinteto madrileño .bd. funcionó como una máquina bien engrasada, desplegando su math rock para el abundante público que los acompañó a tempranas horas de la tarde. El grueso de su show mostró temas inéditos y algunos pocos de su único EP, “Economato textil” (2025), como “Ahora sí” o “Cien y ciento”, en los que exhibieron su esencia math con elementos jazz provenientes de la sección rítmica o el saxo, que agregó síncopas inesperadas y otorgando dinamismo a los temas. La banda también es rica en interludios instrumentales e improvisaciones que destacaron en la quinta canción, un spoken word improvisado de su exbajista, que intervino como invitado. Al final presentaron su nuevo corte, “Canción de Lucas”, donde parecen coger un camino más próximo al indie rock. Daniel P. Garcia

.bd., bien engrasados. Foto: Rosario López
.bd., bien engrasados. Foto: Rosario López

Buscabulla

La espera ha sido del todo excesiva. Resulta difícil de comprender que esta banda, con más de diez años de trayectoria, no hubiera actuado antes ya no solo en la Ciudad Condal, sino en el resto de España y de Europa, como la propia Raquel Berrios se ocupó de subrayar. El synthpop tropical del dúo puertorriqueño está más influido por las brisas caribeñas de su zona geográfica que por la de esos años de residencia en Nueva York, donde empezó la relación artística y sentimental entre Berrios y Luis del Valle. Si la primera aporta la voz magnética y el savoir faire escénico, Del Valle corresponde con instrumentación latin pop a través de su guitarra eléctrica y secuenciadores, y a veces recurriendo a la acústica. Su sonido en directo no resulta tan sinuoso ni seductor como lo es cuando se escucha con auriculares en la tranquilidad de casa. Tampoco la proyección sugestiva resulta igual. Pero se gana esa cadera de Raquel que causó estragos entre los presentes en el escenario Cupra, en temas como “Ta que tiembla”, mientras que los bajos voluptuosos de “Camino” ayudaron a adherirse del todo a su irresistible ritmo latino. La organización no les permitió finalizar el recorrido previsto al haber empezado el set con un poco más de diez minutos de retraso. Algo que generó cierta decepción en todos. Sin mantener el entusiasmo en lo más alto, su pase estuvo cabrón. Marc Muñoz

Raquel Berrios: Buscabulla en clave latin pop. Foto: Rosario López
Raquel Berrios: Buscabulla en clave latin pop. Foto: Rosario López

Einstürzende Neubauten

Son dos. Se sientan delante de mí. Deben tener unos cincuenta largos. Puede que ya en la sesentena. De la cabeza a los pies visten de negro. “Yo les he visto todas las veces que han venido al Primavera Sound”, le dice el que parece experto en Einstürzende Neubauten al que parece novato. “Son como Rammstein en un desguace de coches leyendo a Nietzsche. Lo vas a flipar”. Bueno, es una manera de decirlo. Y entonces ha empezado a sonar “Ten Grand Goldie”, el tema incluido en “Alles In Allem” (2020), álbum pandémico con el que los alemanes reaparecieron tras doce años de silencio, que ya presentaron en el Primavera Sound 2022. Esta vez han retornado a Barcelona con la excusa mostrarnos otro álbum, “Rampen (apm: alien pop music)” (2024), aunque este salió hace dos años. Dicen que es un disco de música pop hecho por y para marcianos. Que se sienten tan alienados de esta sociedad contemporánea que fantasean, irónicos, que en una galaxia muy muy lejana son tan famosos como The Beatles lo son en la Tierra. ¿Quién no querría vivir en un planeta así? Actúan en el Auditori Rockdelux. Ver un concierto aquí siempre es un lujazo. Ver aquí una propuesta como la de Einstürzende Neubauten, un lujazo elevado a la máxima potencia. El amigo novato ni parpadea. Está entre hipnotizado y asustado con el destilar de un repertorio en el que los alemanes, padrinos de aquello que se denominó música industrial, deconstruyen temas de sus álbumes más cercanos en la línea temporal. Puede que 1980, cuando se formaron, ya quede excesivamente lejos. Y de aquel Berlín dividido en dos, vanguardia de todas las vanguardias, ya solo queda el currywurst. Y hoy en día cuesta encontrar un buen currywurst en Alexanderplatz. La gentrificación y el sistema se han zampado el resto, incluso aquellas discotecas de techno a las que más que a bailar ibas a probar fortuna, a ver si el segurata filofacha de turno te dejaba entrar. Incorruptibles, fieles a su visión, a sus preceptos y al vestir bohemiamente elegante… En Berlín lo único que realmente no ha cambiado en el último medio siglo de historia ha sido el colectivo timoneado por Blixa Bargeld, ese tipo cuya mirada –inquisitiva e intimidatoria, aunque amagando un algo indescifrable de tristeza– puede enterrar al más duro del lugar. Orquesta disonante, un bolo de los Neubauten siempre es reto para el intelecto y estímulo sensorial. Ayer por la tarde volvió a ser así. “Sí, lo he flipado”, dijo el novato aún anclado a su butaca. No hay duda, lo ha flipado. El sabiondo sonrió complacido. Se levantan y se van: “¿A qué hora tocan The Cure?”. Oriol Rodríguez

Einstürzende Neubauten, de verdadero lujo. Foto: Óscar García
Einstürzende Neubauten, de verdadero lujo. Foto: Óscar García

Ethel Cain

Ethel Cain apareció en el escenario Estrella Damm rodeada de hierba, humo y postes de madera, y el Fòrum adquirió la forma de una carretera secundaria perdida en algún rincón del sur profundo. La estadounidense abrió con “American Teenager”, la canción que presentó al mundo el universo de “Preacher’s Daughter” (2022), una obra semiautobiográfica que convive con el terror religioso, el gótico y su propia mitología. El concierto fue avanzando como un ritual; su voz frágil magnetizó al público y quizá fue la primera actuación del fin de semana capaz de sumir al Fòrum en un silencio absoluto y mantener inmóviles a miles de espectadores. Uno de los momentos más celebrados llegó con “Ptolemaea”, que sus seguidores saben que rara vez aparece en sus directos. Con “A House In Nebraska”, Cain cerró una actuación que convirtió el festival en un territorio de fe, pérdida y trascendencia. Durante unos segundos, cuando sonó la última nota, nadie pareció tener prisa por volver a la realidad. Laia Marsal

El corazón roto de Ethel Cain. Foto: Sergio Albert
El corazón roto de Ethel Cain. Foto: Sergio Albert

Juicy BAE

Con frases como “te juro que este culo está bendecido” está dicho todo. Pertenece a la canción “Epitafio” de Akriila, en la que participa Juicy BAE y que esta interpretó en su actuación. Una canción mucho más interesante de lo que podría parecer en un principio, casi un relato novelado a lo Rubén Blades... pero con mucho más picante. Perteneciente a la generación de Lia Kali, Bad Gyal, Queralt Lahoz o Judeline, está sevillana tiene un poco de todas ellas: un cocido a base de trap, R&B y rap fundamentalmente. Con un sugerente sofá rojo redondo y acompañada por un baterista y un guitarrista con querencia pinkfloydiana, Juicy BAE dio forma a un recital de sonidos urbanos con chulería y sexo a destajo en temas como “IDGaF”, "CTRL" (puro sexo, pérdida de control y Auto-Tune moderado) o “69”, que presentó diciendo: “y ahora, para terminar, vamos a hacer algo nasty, que sé que os gusta”. Lo sabe y lo aprovecha. Luis Lles

Juice BAE: nasty girl. Foto: Òscar Giralt
Juice BAE: nasty girl. Foto: Òscar Giralt

Las Petunias

Hay veces que, en un concierto, el ingrediente final que completa una buena pócima hechicera lo pone el público. Y eso es algo que no se puede controlar: ocurre o no ocurre. En la actuación de Las Petunias en el escenario Port, alguien de las primeras filas sacó una pistola de pompas de jabón y completó el ambiente de magia blanca que las madrileñas construyeron con elementos medievalistas como sus maquillajes de teatrales caras blancas, sus estandartes heráldicos y la banderola con el nombre de la banda en letras góticas. Su tres voces a una, con la furia popular de Fuenteovejuna, avanzaron con la energía arrolladora y aplastante de un punk-pop que hizo bailar democráticamente tanto a las juventudes del meollo central como a los maduritos que disfrutamos gozones en la periferia. La metáfora demográfica que define el relevo generacional en el festival. Raül de Tena

Las Petunias: teatro punk-pop del bueno. Foto: Òscar Giralt
Las Petunias: teatro punk-pop del bueno. Foto: Òscar Giralt

mark william lewis

El Auditori Rockdelux acogió en su segunda jornada al imponente mark william lewis y su banda de tres músicos, siempre muy cercanos a él, como un pequeño grupo de amigos arropando al que celebra un aniversario. Lewis posee una voz de tenor única, más impactante incluso cuando habla que cuando canta, y que brilló especialmente en los temas más desnudos de su repertorio. Su concierto fue de menos a más: un poco tímido al principio, luego creciendo a cada tema, con un tramo final en el que destacó “Tomorrow Is Perfect”, recitada casi con la única compañía de una percusión de jazz-pop perfectamente medida. Al inicio uno pensaba que cincuenta minutos se harían largos y monótonos, pero a los treinta quería que siguiera tocando cuarenta más. Ganas, pues, de volver a verle en un espacio reducido y con todo el tiempo del mundo por delante. Carles Novellas

mark william lewis, de menos a más. Foto: Óscar García
mark william lewis, de menos a más. Foto: Óscar García

NewDad

La comparecencia de los de Galway fue la primera de la tarde de una jornada que por suerte ya no estaría pasada por agua. Con dos álbumes y dos EPs en su haber, esta joven banda afrontó abrir el día de The Cure –una de sus grandes influencias– en el mismo escenario que luego pisaron Robert Smith, Simon Gallup y compañía. Si en los auriculares canciones como “Heavyweight” seducen por su continuidad sedosa y la voz dream pop de Julie Dawson, en directo –o quizá en un escenario tan grande como el Estrella Damm– se desinflan. Tuvimos cincuenta minutos de pop-rock inofensivo, con estrofas de teclados mullidos, coros con guitarras reminiscentes del nu metal de MTV sección Linkin Park y un montón de bajos à la New Order-The Cure. Eso sí, levantaron algo de bailoteo con una versión del “Heads Will Roll” de los Yeah Yeah Yeahs. Quien esto escribe teme que se empieza a notar cada vez más el impacto de la IA y Suno en las composiciones de los grupos de rock jóvenes. Ricard Martín

La seda dream pop de Julie Dawson y NewDad. Foto: Marina Tomàs
La seda dream pop de Julie Dawson y NewDad. Foto: Marina Tomàs

Pavvla

A plena luz de la tarde y con el sol cayendo sobre el Fòrum, Pavvla protagonizó uno de los regresos más emotivos de la jornada del viernes. Desde las cinco y cuarto en el escenario Cupra, Paula Jornet volvió al Primavera Sound siete años después de su última actuación en el festival para recuperar las canciones de “secretly hoping you catch me looking” (2018), el disco que marcó el punto culminante de su primera etapa artística. En un formato elegante, acompañada por teclados y bases electrónicas, sonaron “Young”, “This Is Not A Movie”, “Planets And Stars”, “Guns”, “Sometimes” o “Dance Alone”. El concierto transmitió la sensación de una artista retomando una conversación que había quedado parada en el tiempo y generó un rencuentro necesario con una cantante que sigue teniendo una voz propia dentro del indie catalán. Pero el momento más significativo llegó con “Somebody To Everybody”, una canción nueva que confirmó que este regreso no responde únicamente a la nostalgia, sino al inicio de su nueva etapa creativa. Laia Marsal

El rencuentro con Pavvla. Foto: Óscar García
El rencuentro con Pavvla. Foto: Óscar García

Ralphie Choo

No vino precisamente solo Ralphie Choo para su concierto en prime time en el escenario Cupra: hasta siete músicos le acompañaban, dando forma a su pop emo, multiforme y volátil sin sonar en ningún momento abigarrado ni excesivamente barroco. Consciente –seguramente– del privilegio del momento, aún hizo subir a más gente a su lado: primero fue mori, para interpretar “WCID?”, uno de los highlights de su repertorio; y luego, para algarabía general, el simpar rusowsky, interpretando su hit “Baby Romeo”, que sonó a gloria en pleno cambio del día hacía la noche. Por lo demás, el concierto fue fiel reflejo de lo que es también su debut “SUPERNOVA” (2023): una burbuja fresca y sorprendente de música que aparece, te abraza un instante y luego se va, sin que apenas te hayas dado cuenta. Como una estrella fugaz. Carles Novellas

La puesta de largo de Ralphie Choo. Foto: Òscar Giralt
La puesta de largo de Ralphie Choo. Foto: Òscar Giralt

Rilo Kiley

Hay regresos que huelen a todo por la pasta. Y esto no tiene nada de malo si la mandanga que se lleva al escenario es voluntariosa y esquiva los aires funcionariales o el ridículo (recordad a los Karaoke Pistols). El regreso de Rilo Kiley al Primavera Sound tuvo su magia. Tras más de tres lustros de separación, la banda californiana demostró haber vuelto a las tablas con ganas de gustar. Jenny Lewis, magnética y con una voz sin mácula, nos llevó de paseo nostálgico por una discografía de pop y rock de lo más apañado, de rica variedad estilística: desde el pulso bailable de “The Moneymaker” hasta el soft-rock ascensoril pero de calité de “Dreamworld”, con muchas gotas de azúcar guitarrero power pop y algún pellizco de mala leche alt-rock. Las guitarras crujientes de Blake Sennett brillaron en “Spectacular Views”, mientras que baladas como “I Never” emocionaron a un público de fans fatales. El final con “Portions For Foxes” desató la euforia y nos recordó que, visto lo visto, quizá nos equivocamos juzgando con dureza lo más mainstream de los dosmiles. Ricard Martín

El retorno de Jenny Lewis y Rilo Kiley. Foto: Sharon López
El retorno de Jenny Lewis y Rilo Kiley. Foto: Sharon López

Slowdive

El shoegaze de Slowdive envolvió a los asistentes al escenario Revolut con una capa hipnótica. La conjugación de música y visuales abstractas fue clave para crear esa atmósfera etérea que caracteriza a la banda, transformando el concierto en una liturgia musical con un hilo conductor introspectivo. Desde el inicio predominaron las guitarras distorsionadas, las texturas sonoras y las perfectas armonías vocales como en “Shanty”, “Catch The Breeze” y “Crazy For You”, que dejaron a sus fans extáticos, en estado de trance. Más dream pop en “Sugar For The Pill”, se dejaron llevar por un rock de guitarras animado y con visos britpop en “Souvlaki Space Station”. Evolucionaron luego hacia la electrónica en “Slomo” para despedirse, finalmente, con su clásico “When The Sun Hits”. Daniel P. García

Rachel Goswell: Slowdive en su nube shoegaze. Foto: Marina Tomàs
Rachel Goswell: Slowdive en su nube shoegaze. Foto: Marina Tomàs

Somos La Herencia

El darkwave que exhalan los discos de Somos La Herencia se matizó en vivo hasta mutar en una especie post-punk incómodo, coqueteando con el post-rock, cuestión que dejaron clara desde el inicio del show con el tema “Nuevo idioma”, en el escenario Occident. Desde allí bombardearon a los espectadores con ruidos y disonancias provenientes del muro de sonido que a veces creaban las guitarras y otras pasaban por el sintetizador y el Moog con que jugaban el bajista y el vocalista, llegando a su clímax en “Una flor”. Toda esa tensión y repetición con que cortaron los temas hicieron más profunda la atmósfera oscura y desasosegada que la banda propone. Esta experimentación se repitió también en “Ignorante al fin”, pero varió hacia un sonido más industrial y hardcore en canciones como “Müntzer”, “Jora” y “Pesar”. Daniel P. García

Aquí hay post-punk: Somos La Herencia. Foto: Rosario López
Aquí hay post-punk: Somos La Herencia. Foto: Rosario López

Texas Is The Reason

“Algunas tratan sobre triunfos, otras sobre fracasos, pero todas estas canciones, que se remontan a hace treinta años, comparten un mismo origen: todas salen del corazón”, afirmó el cantante y guitarrista Garrett Klahn en uno de sus parlamentos durante el concierto de Texas Is The Reason. Se trata de una descripción fehaciente del tajante y mágico recital que ofreció el cuarteto estadounidense: un regreso a un post-hardcore emotivo, a unos sentimientos puros, a una juventud perdida. Desde luego jugó a su favor la exquisita mezcla de sonido del Schwarzkopf, que fue capaz de capturar las punzantes y preciosistas melodías guitarreras de temas como “Nickel Wound” o la rareza “Blue Boy”, uno de los momentos más tiernos y agridulces del bolo. Pero en última instancia fue la sincera entrega del grupo –las gesticulaciones faciales y corporales de Klahn, la constante energía escénica de Scott Winegard al bajo– lo que hizo de la actuación algo especial. Y los asistentes respondieron con recíproca pasión: ya fuera frente a canciones de tempo acelerado –“If It’s Here When We Get Back It’s Ours”, que abrió el set, y “Back And To The Left”, que lo cerró– o ante sentimentales valses a fuego lento como “There’s No Way I Can Talk Myself Out Of This One Tonight” y “A Jack With One Eye”, el público conformó un amasijo de pogos, brazos haciendo olas en la grungera “Every Little Girl’s Dream”, palmadas, estribillos vociferados e incluso crowdsurfing. Todos volvimos al 1996 de estas canciones, ya fuera este vivido o imaginario. Xavier Gaillard

Emoción post-hardcore: Texas Is The Reason. Foto: Marina Tomàs
Emoción post-hardcore: Texas Is The Reason. Foto: Marina Tomàs
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