Se quedó y triunfó. Foto: Liberto Peiró
Se quedó y triunfó. Foto: Liberto Peiró

Concierto

Quevedo, fin de fiesta en Valencia

El músico canario cerró el pasado sábado, 25 de octubre (en el Roig Arena de Valencia ante 18.000 personas), la manga española de la gira “Buenas Noches Tour” en un show de más de dos horas, plagado de hits, con colaboraciones de Yung Beef y Xiyo & Fernandezz.

Conforme me acerco caminando al Roig Arena –inaugurado hace poco más de un mes– voy divisando más y más camisetas de fútbol de color amarillo. ¿Son aficionados del Villarreal, que juega dentro de un rato en Mestalla ante el Valencia? No, son fans de Quevedo, embutidos en elásticas de la Unión Deportiva Las Palmas. Algunos hasta llevan la bandera tricolor de Canarias. Se celebra el concierto aplazado desde el 2 de octubre por indisposición del artista. Al acceder al recinto, la joven que nos da acceso nos pregunta, con retintín, lo mismo que a todos los grupos de chavales que nos precedían en la cola: “¿Algún menor de edad?”. Nos reímos, claro. Porque no voy con mi hija, que tiene 15 años, sino con mi mujer. Hay muchísimos menores de edad, y todos deben llevar una pulsera de color morado. Cuando tomamos asiento (es un decir: toda la gente que tiene butaca se tira el bolo entero de pie), a 20 minutos del inicio del show, vemos a decenas de asistentes (la mayoría son chicas) subir a la carrera hasta una esquina de la grada para fotografiarse con alguien. “¿Quién es?”, preguntamos. “Es Pablo Vera”, nos dicen. Mientras escribo esto, googleo para enterarme de que es un influencer de Las Palmas cuyo último gran logro fue subir al escenario a cantar “Wanda” con Quevedo en su ciudad hace cinco meses, “a cambio de un millón de ‘likes’”, según se escucha a Quevedo pedirle en el audio que el tiktoker comparte. El sábado, tomando notas del concierto como un idiota en mi teléfono móvil, no me siento extraño porque lo raro sería encontrar a alguien que no tenga el móvil en su mano. Bob Dylan aquí colapsaría.

Una pareja de amigos de unos 20 años que aguardan en la fila de delante nos pregunta, extrañados, si nos gusta Quevedo. Llevo treinta años acudiendo a toda clase de conciertos y no es algo que me haya preguntado nunca un desconocido, aunque sí he de confesar que en un concierto de Rauw Alejandro en Valencia una chica se me acercó para preguntarme “¿llevas farli?” (ya se sabe, si no eres el padre de algún fan, debes ser el camello oficial del local, según un razonamiento lógico que yo hasta ese momento desconocía). Miro a mi alrededor y lo entiendo: apenas hay nadie, absolutamente nadie, que tenga menos de 40 años y no esté acompañando a sus hijos o sobrinos. Quizá si mi propia sobrina, que es fan, no hubiera declinado venir conmigo, nadie me habría hecho la pregunta. La de si soy fan, claro. No la de si llevo farli.

Buenas noches y buena suerte. Foto: Liberto Peiró
Buenas noches y buena suerte. Foto: Liberto Peiró

También es verdad que las dos anteriores ocasiones en que vi a Quevedo fue en el marco de un festival, donde –entre el público – hay un poco de todo. Fue en el Big Sound valenciano de 2022, en cuyo cartel su nombre lucía por debajo de Nathy Peluso, Juancho Marqués o Walls (ese mismo fin de semana se publicaba su BZRP Music Session, la del sempiterno “Quédate”: aún no había tiempo para que se hubiera expandido la onda del bombazo) y en el mismo festival luego en 2024, aquel bolo del que guarda un amargo recuerdo porque, según dijo, se vio obligado a actuar por contrato pese a que ya había anunciado previamente su necesidad personal de darse un parón anual. El Big Sound se apuntó un tanto: su único gran show del año. Pero Quevedo luego rajó de ellos porque entendió que no habían respetado su estado de ánimo y recalcó el derecho a volver a hacerlo. No me extraña que el sábado dijera en el Roig Arena que, pese a lo mucho que había gozado en anteriores visitas a la ciudad, esta sería una noche especial.

Tras un rato escuchando una batería de hits de Bad Bunny, Karol G, Alleh & Yorghaki o FloyyMenor, irrumpe Pedro Quevedo sobre el escenario rectangular de 360 grados, dispuesto justo en medio de la pista donde el Valencia Basket Club juega sus partidos (y por donde han pasado ya Joaquín Sabina o David Bisbal: no olvidemos que este recinto, a diferencia de la gran mayoría de enclaves similares de nuestro país, ha sido directamente construido como multiusos con la música como eje central, y no como un pabellón deportivo en el que albergar conciertos) a las 19:06 de la tarde: el horario es acorde con la audiencia. Familiar. Para todas las edades. Da tiempo a que cualquiera de nosotros cene en casa.

El pop electrónico de “KASSANDRA” pone sonido al marco: escenografía muy sobria porque sobra escenario por todas partes, ya que solo él y un eficiente cuerpo de ocho bailarines (que irrumpen luego al ritmo contagioso de “DURO”) lo pisan. Todos vestidos de negro, aunque luego Quevedo luciría camiseta blanca de tirantes y chaqueta gris sucesivamente. Y una steadycam siguiéndole de cerca a todas partes, claro. Con un marcaje digno de Pablo Maffeo sobre Leo Messi (iba a mencionar a Gentile y Maradona, pero igual si hay alguien menor de 30 años al otro lado de la pantalla me deja de leer, si es que no lo ha hecho ya). No hay más. Nada que objetar: así se las gasta también el gran Kendrick Lamar. Por ejemplo. Lo que ocurre es que la diferencia no la marcan el formato ni el número de músicos que cualquiera de nosotros pueda divisar sobre un escenario ni el hecho de que las voces de las colabos suenen enlatadas, sino las canciones que se nos dispensan. Y aunque las de Quevedo muestran una innegable pegada para las más de 18.000 personas que casi abarrotan el recinto (y creo que nadie paga 45 euros –entrada más barata– para disfrutar de un solo hit), tuve durante la mayor parte de la tarde la sensación de que en realidad tiene dos o tres canciones y media, a las que simplemente va añadiendo ligeras variaciones melódicas.

Maqueado pero informal. Foto: Liberto Peiró
Maqueado pero informal. Foto: Liberto Peiró

Porque hablamos de ritmo, primordialmente. El pop global de hoy en día será bailable o no será, basta con echar un vistazo al Top 50 de cualquiera de las últimas tropecientas semanas. La síncopa que mueve tus caderas es el gran factor diferencial. Y la plantilla rítmica del canario es la que es: reguetón a piñón fijo (no lo oculta: “¿Quién ha venido esta noche a escuchar reguetón?”, bramó un par de veces porque a la primera la respuesta fue tibia: ahí se mueven “POR ATRÁS”, “Playa del Inglés”, “WANDA” y tantas otras), reguetón cuando se mezcla con la cumbia y se acelera un poco más (“LOS DÍAS CONTADOS”: de lo mejor de la velada), algo –cada vez menos– de la cadencia del trap (“Piel de cordero”) y cierta vocación pop, como la que muestra –a lo Kanye West, quien siempre fue un artista pop que rapea– en “14 FEBREROS” y también en algunos otros cortes que en los que se explayó durante el último tramo (el que me resultó más interesante) de las dos horas y siete minutos de espectáculo: cosas como “NOEMÚ” o “GRAN VÍA” (con la voz de Aitana). Por eso su versión en clave de salsa de “QUÉ ASCO DE TODO”, de la que me comentaron que era inédita en directo, me supo a soplo de aire fresco, pese a que fue como un killer conversation en el nivel de excitación del público. Y eso que creo recordar haber oído “NUEVAYoL” de Bad Bunny sonando hora y media antes en el recinto. Los silencios entre canción y canción a veces son demasiado pronunciados en esta clase de shows.

El capítulo de las colaboraciones quedó cubierto con la aparición de Yung Beef en, cómo no, “LA 125”, y la vuelta del granadino al escenario junto a Xiyo & Fernandezz, la última promesa de su sello La Vendición, para interpretar “Ruina”, que ya grabaran los cuatro juntos este mismo año, y “Do You Remember”, del dúo jienense, de la que se me quedó grabada una frase (“me saca la lechita a borbotones”) que, resonando entre tanto preadolescente, me disuade por completo de profundizar (así, en general) en el apartado lírico de lo que ocurrió durante toda la noche. Y ya lo siento, que a lo mejor no es justo. “Columbia”, “BUENAS NOCHES” y el fin de fiesta ensamblando “MR. MOONDIAL” y “Quédate” (para entendernos) pusieron el punto y final a un show medido y de eficacia probada. El mejor de los tres que le he podido ver, aunque la amplitud de coloraciones sonoras que brinda no sea precisamente para tirar cohetes. ∎

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