Como en la vieja canción de Roxy Music, al festival Sónar no le ha quedado otra opción que la de rehacerse y remodelarse. La retirada del veterano y muy loable triunvirato director fundador –Enric Palau, Ricard Robles, Sergio Caballero– y la imposibilidad de utilizar los pabellones feriales de Montjuïc obligaban a una transformación que levantaba suspicacias. La decisión de concentrar el Sónar de Día y el de Noche en una única y prolongada sesión en los inhóspitos –y alejados de Barcelona– hangares de la feria Gran Via 2 de L’Hospitalet de Llobregat –donde desde hace años venía teniendo lugar el Sónar de Noche– hacía pensar que ya nada iba a ser lo mismo y que el festival podría acabar convertido en un nuevo espacio reservado únicamente para clubbers, sin ese poso vanguardista y experimental que tuvo desde sus inicios. A todo ello hay que añadir el mal regusto dejado por su aireada conexión con el fondo de inversión KKR, que convirtió la edición de 2025 en la más polémica de su historia. Hubo agoreros que pronosticaban poco menos que una catástrofe.
Pero... ni tan mal. En realidad, la feria Gran Via 2 está a tan solo tres paradas de metro de Plaza España. La remodelación de espacios para dar cabida a los escenarios del Sónar de Día ha sido pertinente y ha habido más zonas de relax y césped artificial. Por otro lado, la programación ha sido continuista con respecto a los últimos años. Lo que, por un lado, se agradece, pero por otro lado hace pensar que quizá habría sido el momento ideal para darle un meneo a una fórmula que lleva años sin cambios perceptibles. Lo que sí se ha echado de menos –al menos algunos sí lo hemos hecho– es el escenario Complex, que permitía poder disfrutar de propuestas más arriesgadas. Por el contrario, ha sido una feliz idea trasladar el apartado Sónar+D a la bellísima Llotja de Mar, junto al puerto.
Por lo demás, las declaraciones a diversos medios del nuevo director del festival, François Jozic, posicionándose claramente en contra del genocidio del pueblo palestino, más allá de que pueda tratarse o no de una estrategia comercial o de una contradicción, han servido en gran medida para recuperar a un público indeciso ante las posibles implicaciones sionistas del festival. De hecho, más de 150.000 personas, según los datos facilitados por la organización, han respondido este año a su llamada, una cifra solo un poco más baja que la del año pasado. En definitiva, es tiempo de transformación. Pero hay algo que permanece: llega el solsticio de verano, llegan las hogueras de San Juan... y llega el Sónar. Luis Lles
En el SonarPark hay un par de guiris cincuentones. Tienen pinta de ganarse bien la vida. O son expats o han venido a Barna a pasar unos días de sol, paella y electrónica. Por el rojizo de su piel, seguramente lo segundo. Hablan entre ellos. No los oigo, pero se les entiende. Están gratamente sorprendidos con la sesión de Fukcnormal. Yo sigo bailando solo. También baila sola. No sabe bailar, pero se mueve. Va de eso. Se acerca, me dice que es de Róterdam. Que ha venido en furgoneta con los colegas. Que si tengo unas rayitas para meternos. No. Pero no un no seco, un no de lo siento. Pilla una colilla del suelo. Lío un cigarro y se lo doy. Fuck system, fuck homophobia, fuck Israel, fuck normal y así hasta el infinito en la pantalla detrás de una Paola que le da al house durillo. Empieza arriba, pero va perdiendo fuelle. Cuando acaba, los guiris cincuentones ya hace rato que se han ido. Lo que han montado en el SonarCar con “STOOR”, el proyecto de Speedy J, mola. Cada día del festi se hará acompañar de diferentes coleguillas haciendo ruido en círculo. Hoy se han unido Colin Benders, Nadia Struiwigh, Reeko y .VRIL. Me quedaría más, pero tengo que irme. Empieza The Hacker.
Hay que ver a The Hacker. Nunca defrauda The Hacker. Hoy tampoco. Eminencia del electroclash, hace que me pierda entre la neblina de sonido del bestie de Miss Kittin. Ese cruce en el que se une el pop sintetizado y el post-punk de resonancias a Joy Division y Depeche Mode con el techno de Detroit. Acaba en el Hall con “Los niños del parque” de Liaisons Dangereuses. Va sobrado. Por favor, insisto, que alguien apague la calefacción. Exhausto, salgo y me siento a fumar un piti. Vienen. Por el acento son andaluces. Me preguntan si tengo pastis. Tengo sed. Necesito beber algo antes de ir a gastar zapatilla en SonarPark con Boys Noize. Bum-bum-bum. Y el alemán de origen iraní levanta el brazo. La peña silba. La peña grita. La peña baila. Los hay que saben bailar. Los hay que no saben bailar. Va de eso. Bum-bum-bum. Technopunk. Bum-bum-bum. House ácido con flirteos con el hip-hop. Bum-bum-bum. La sesión del día. Bum-bum-bum. Me dice que es francés, pero me habla en inglés. Inglés con tremendo acento francés. Me explica que viene de una ciudad del suroeste que no logró entender. Que vio a Boys Noize en su ciudad y que ha venido al Sónar solo para verlo a él. Bueno a él y a Charlotte de Witte y a Amelie Lens. Que si tengo drogas. Oriol Rodríguez
La ausencia de Goldie fue cubierta finalmente por otro histórico del jungle y el drum’n’bass, Doc Scott, que realizó su sesión en el nuevo escenario SonarLab x Rinse. Junto a Medic MC rescató el auténtico sonido old skool, pero lo acompañó con ciertos glitches y disrupciones que lo acercaron al siglo XXI. Lo de la belga Charlotte de Witte ha sido meteórico. En poco tiempo se ha aupado al podio de los DJs más relevantes del techno. Una posición por la que se pelea junto con Amelie Lens, la otra gran amazona del estilo. Hay que decir que su inclemente hard techno casa muy bien con ciertas tradiciones españolas como las charangas de las fiestas o los tambores del Bajo Aragón. En SonarClub, ritmos al galope, cara de éxtasis de Santa Teresa, mensajes en pantalla que anuncian “Control” o “Resistance” para, de subidón en subidón, llegar a un final épico con “Music Is The Answer” de Vini Vici. Para terminar nuestra jornada asistimos en el Lab al set del dúo Icemorph, que empezó muy bien, a ritmo de bhangra bass y originales breaks, aunque derivó finalmente en una sesión de house más previsible. Luis Lles
De la furgoneta de los Mossos que hay justo al lado de los accesos de entrada al Sónar suena “La morocha”. La pareja de polis que fusil en mano está en la calle, controlando quién va y quien viene, se pone a bailar. Tímidamente, pero baila. ¿A qué festival deben ir los Mossos? Segundo día de Sónar. Nada más pisar el Village me encuentro a un colega del pueblo. Me ofrece setas. Ya estamos. Me dice que son del año pasado. Me dice que no sufra. Me dice que él se ha tomado dos y no le han hecho nada. Que si quiero también tiene magdalenas de maría. Le digo que paso. Y voy pasando. Afri K marca los primeros compases de la tarde. Hace sol, mucho sol. Ella se lleva la mano a la frente para hacerse sombra y poder ver los controles. En el Park actúa GlorySixVain. Viene de Santa Coloma de Gramenet, al otro lado de la ciudad. Él y las diez personas más que le están mirando. Hay una pareja que baila. Bailan entregados. Entregadísimos. Por el entusiasmo y la edad deben ser los padres. Hay padres que van a ver a sus hijos jugar al fútbol pensando que tienen un Messi. Hay padres que van a ver a sus hijos al Sónar pensando que tienen un Rojuu. GlorySixVain va de eso: trap y bedroom pop. Entre tema y tema ella fuma cigarrillos finos. Ahora todo el mundo fuma cigarrillos finos. Hacia el final, cuando acaba una de las canciones, ella grita: “¡Te quiero, te quiero, te quiero”. Madre no hay más que una.
Me escapo al Hall a ver a… Ani In The Hall. Esas cosas que no sabes si son una broma del programador o una simple casualidad. La barcelonesa es como un hada salida de una novela de Tolkien cantando canciones de Tarta Relena o Maria Arnal. Una de las gratas sorpresas de la jornada. Baby Pantera, en el Park, inicia su sesión con una mezcla pasadísima de pitch del “Bizarre Love Triangle” de New Order. Es viernes. Son las siete de la tarde. La gente ya ha salido del curro y se ha duchado. Todo el mundo está guapo bailando en un SonarPark que, ahora sí, empieza a llenarse. El tipo de los controles, Baby Pantera, es Antón Cardalda Monsonís –hijo de Teo Cardalda y María Monsonís, integrantes de Cómplices; él también de Golpes Bajos– y se había hecho una reputación produciendo a lo bueno y mejor del trap estatal. Tras la mesa, trance y techno entre los 125 y 150 BPM. De camino al Village veo a Pataditas. No hay festi digno en Barcelona si no viene Pataditas. Si lo veis bailar sabréis que es él. No sé quién está pinchando, pero… acabar sesión con “Celebration” de Supermini & Frankie Romano es roja directa, ¿no?
No muy lejos de mí está Jordi Bianciotto tomando apuntes para su crónica para ‘El Periódico’. Le sugiero que se lo vaya a preguntar a él. Espero que Jordi acepte la broma. El guiri lo mira. Se va en dirección contraria. No puede decaer. Busco refugio en SonarLab x Rinse en la sesión de Nia Archives. Elección acertada. La DJ y productora británica me administra sin miramientos una inyección revigorizante, por vía intravenosa, de jungle, drum’n’bass y breakbeat. Esto empieza a parecerse a una convención de imitadores de Locomía. Todo el mundo va con abanico. El único que no lleva paipay es el holograma creado por IA a imagen y semejanza de Reinier Zonneveld con que el holandés se marca en el Hall una sesión a medias. “R2” es el nombre de un espectáculo en el que, rodeado de sus sintetizadores analógicos, este decano del hard techno nos hace vislumbrar el futuro jugueteando con su yo artificialmente inteligente. Es impresionante. También da miedo. Oriol Rodríguez
Con el paso/peso de los días, la instalación Organysmo, ubicada próxima al SonarCar, acabó convertida en un chill out para la gente cansada del ajetreo de los distintos escenarios del festival. Y precisamente, el SonarCar ofreció uno de los highlights de esta edición. Durante los tres días de Sónar, el holandés Speedy J (Jochem Paap) invitó a distintos productores a formar parte de la experiencia inmersiva y colaborativa “STOOR”. Todos los músicos, reunidos en torno a un tótem donde se proyectaban imágenes, y con el público rodeándoles, generaban música en directo en tiempo real, en un proceso similar al de la improvisación en el free jazz. Algo que se podría definir como impro-techno y que durante los tres días del festival devolvió el sentido de comunidad a la música electrónica, como en sus primeros tiempos. Creadores haciendo música en común ante un público hipnotizado durante más de cinco horas. Y precisamente, los invitados del último día fueron todos ellos excepcionales: Luke Slater, (Phase), Dasha Rush y Mathew Jonson. Ahí es nada. Cinco creadores llevando a público desde los paisajes más envolventes y evocadores hasta la trepidación máxima. Un must.
Lo de ROLROLROL en el Hall fue como llevar el jazz fusión al terreno electrónico, un poco en la línea de Squarepusher o Thundercat. El dúo holandés, formado por Niels Broo y el más conocido Jameszoo, resultó más interesante en su faceta experimental y destacó sobre todo su utilización de los visuales, siguiendo la estética neogeo con referencias a sus compatriotas de De Stijl. El escenario SonarLab x Rinse, que el día anterior había apostado por el drum’n’bass habitual de esta emisora británica, en esta jornada viró hacia el puro techno, como quedó probado con el granítico set de techno tribal y superacelerado de la americana de origen ghanés Akua. En cuanto a Namasenda, ya no es que lo de salir a cantar sin músicos, sin escenografía ni coreografía empiece a ser una plaga, es que parecía mismamente que esta artista sueca, en el Hall, estaba haciendo un playback total, incluida la voz. En una onda similar a la de Shygirl, posee, sin embargo, excelentes canciones que combinan el hyperpop de PC Music, el R&B y el vaporwave, como “Alright”, “Clermont Twins”, “Romeo Must Die”, “Heaven”, “Donuts” o “Ultrabomb”, que “interpretó” en su actuación. Pero vaya, es imposible no pensar que se ha esforzado más bien poco.
Son las cinco y media de la mañana. Acabo de llegar a casa. Abro la nevera con el mismo ímpetu con el que Gaethje le partió la cara a Topuria. El trozo de tortilla que ha sobrado de este mediodía sabe a menú degustación de un tres estrellas. Me quito la pulsera. Ha acabado el Sónar 2026. Hace un rato Jorge me ha enviado un mensaje: “¿Vas a ver a The Prodigy y encima te pagan?”. Ponte tú a escribir ahora. En el bar de las pistas de pádel que hay frente a la Fira de Gran Via L’Hospitalet, lugar donde tomarte una caña a un precio más o menos razonable antes de entrar a zapatear, me explica una chica que es la tendencia. La moda de querer emular Berlín, donde todos los tipos danzan con el torso desnudo. Hoy hay mucha gente. Mucha más gente que ayer viernes. Infinitamente muchísima más gente que el jueves. Y muchos, muchísimos, no llevan camiseta, aunque esto no sea Berlín. Todos con cuerpos de gymbro mostrando unos pectorales hiperdesarrollados y unas barrigas tableteras a las que solo puedes aspirar si te aplicas los dos mil abdominales diarios que se marcaba José María Aznar. El que pueda hacerlas, que las haga.
Esta mañana el algoritmo ha querido que viera un corte de un debate en Televisión Española sobre macrofestivales. Gemma del Valle, de Subterfuge Records, se queja de que fue a ver a The Cure y la gente coreaba hasta las líneas de teclado. Que eso antes no pasaba. A mí no me molesta que la gente cante. No sé a qué festivales iba Gemma en los noventa en los que se guardaba silencio sepulcral para escuchar a los artistas: a los que iba yo, la gente, como ahora, también berreaba. Lo tolero incluso si desafinan. A mí lo que me molesta es que la gente vaya sin camiseta y me tenga que comer el sobaco sudado de un techno viking wannabe. Me acaba de pasar. En el Village. En la sesión de Colleen “Cosmo” Murphy, que, aunque lleva mil años pinchando, es la primera vez que visita el Sónar. Balearic para celebrar lo bonita que es la vida, aunque te estés sacando un pelo de una axila ajena de la boca. Me vuelvo a encontrar con el colega del pueblo que ayer me ofreció setas caducadas. Me dice que first line. Lo interpreto mal. No quiere doparse, quiere estar en la primera línea del Club para The Prodigy. Así que nos metemos delante de todo y, durante una hora larga, los graves nos remueven las entrañas y los recuerdos. Tremebundo conciertazo el que han oficiado Liam Howlett y Maxim Reality acompañados de un guitarrista y un batería que le han dado más cera y punkarrismo a la cosa. Culpables y responsables de que muchos de nosotros empezáramos a interesarnos por la electrónica, han venido a celebrar el 30º aniversario de su pelotazo “Firestarter”. Cualquier excusa es buena para volverse a reunir. Todo vale para actuar por primera vez en el Sónar. Bacanal rompepistas: desde “Voodoo People”, pieza que los erigió en estandarte mainstream de la cultura rave británica, a “Smack My Bitch Up” y “Breathe”. Entremedias, un “Firestarter” reformulado a modo de homenaje a Keith Flint. Se encienden las luces. Suena “Ghost Town” de The Specials para descomprimir. Hay un tipo llorando. Una chica mucho más joven lo abraza. “Esto era mi vida hace treinta años”, le dice él sollozando. Las tres horas entre The Prodigy y Modeselektor han pasado haciendo piruetas espacio-tiempo entre las sesiones de Two Shell, Lovefoxy y Yasmin. Two Shell, en el Hall, se han explayado con su rollo enigmático y su brebaje hiperactivo de garage, grime y UK rave. Lo de LOVEFOXY –SonarVillage– va de house de Chicago y Detroit pero con declinación de su Berlín natal. Yasmin, en el Hall, ha transitado por rarezas de funk, disco, soul y house, reivindicándose como unas de las integrantes más sugerentes de la familia Glitterbox actualmente.