La canción “Criminal” –salió en formato sencillo el 2 de junio de 1997– resultó ser un acontecimiento absoluto: “I’ve been a bad, bad girl” (“He sido una chica mala, mala”, canta en él Apple). Escuchado este tema con la distancia del tiempo y sin la urgencia de asimilar un mensaje contemporáneo, se puede concluir que dicha confesión es la madriguera de un soliloquio en el que la culpabilidad, la redención y la tentación forman un supuesto triángulo amoroso en términos de conducta. Haber castigado a alguien que no se lo merecía provoca remordimientos, y Apple no tuvo inconveniente en mostrar su herida. Un hecho que la columnista Carmen Torreblanca –quien casualmente ha nacido el mismo día y el mismo año que Fiona Apple, el 13 de septiembre de 1977– no duda en destacar: “Fiona pertenece a esa generación de mujeres jóvenes enfadadas y, para ese momento, creo que fue revolucionario hablar de algo tan íntimo. Fiona no es una mujer frágil, pero no tuvo reparo en mostrar su fragilidad”. Precisamente de esa supuesta apariencia de vulnerabilidad es de lo que se valió Mark Romanek –director de publicidad estadounidense bastante reclamado en aquella década en los Estados Unidos: realizó clips para Nine Inch Nails, Madonna, David Bowie, Eels, Weezer o Lenny Kravitz– para armar un vídeo en el que iluminan a Apple como si fuera un animal encontrado en plena noche en una oscura carretera secundaria, mientras la dirección de vestuario parecía un spot de ropa interior al estilo de American Apparel. O, lo que es lo mismo: una cosificación barata y burda para una artista que merecía más.
Como no solo a base de entrevistas o actuaciones se hace promoción, alzarse con un premio también representa un hito en términos de relaciones públicas. Que un galardón contribuya o no a reforzar o monetizar la carrera de un artista está por ver. Sea cual sea la respuesta, es algo que a Apple le ha venido dando igual. Le dio igual cuando ganó en 1997 el premio Billboard al mejor vídeo de artista novel por “Criminal” y el premio MTV al mejor artista novel por “Sleep To Dream”. Laura de Diego, teclista del grupo madrileño Alcalá Norte y seguidora de Apple desde la adolescencia, recuerda que “lo primero que escuché de ella fue la versión que hizo con Johnny Cash de ‘Father And Son’, de Cat Stevens” y que a partir de ese momento, comenzó la obsesión: “En la era del Ozempic y los neuromoduladores, por desgracia todavía faltan muchas Fionas cagándose en todo en galas de la MTV. Que nos dejen vivir y envejecer en paz aún es un privilegio en disputa”.

La gran presión que se insufla a cualquier disco de debut es como una de esas novatadas que se hacen en los colegios mayores o las hermandades: puedes someterte a ellas o puedes tratar de escaparte. Pero lo realmente decisivo es cuánto pueden llegar a importar y si, verdaderamente, son un ritual de paso para sentirse aceptado cuando se soportan de modo estoico. Con “Tidal”, Fiona Apple redefinió el concepto de disco de debut porque no se la notaba ni sometida al marketing de una discográfica potente, ni desesperada por ser validada públicamente, ni tan enfadada como para ser repetitivamente hostil. Apple, simplemente, fue ella misma; contó quién era, cómo describía la vida que había vivido hasta la fecha y cómo interpretaba vocal e instrumentalmente.
Se agradece que Andrew Slater, productor del LP, demuestre que entiende que el concepto de identidad de las canciones se nutre de dos elementos: de quién las escribe y del lugar en que suceden las historias. Por eso, los diez temas que integran el álbum parecen estar concebidos para ser tocados en clubes de jazz o escenarios con luz íntima en lugar de grandes localizaciones, programas de televisión o galas de cadenas de música con una escaleta encorsetada y un guion repleto de chistes malos y sexistas. En ellos, el rango vocal de la neoyorquina se despliega entre el pop, el jazz y, a veces, hasta flirtea con lo lírico. Maneja la sensualidad gracias al uso del aire adecuado cuando susurra en los tonos medios y cuando se deja llevar en los tonos graves. Su virtuosismo al piano consiste en que –en un ejercicio de contención– no asoma más de la cuenta, aunque esta redactora echa de menos más presencia de dicho instrumento.
Los noventa –años en que la grasa del grunge estaba por todas partes y los riffs de guitarra le golpeaban la mandíbula a cualquiera que no supiera esquivarlos– por suerte trajeron a esta artista y su primer gran alijo de canciones. Más allá de “Criminal”, focus track que ocupaba el número cuatro en el listado de canciones del disco, destacan “Shadowboxer” –la tercera– y “Slow Like Honey” –la quinta–. Esta terna representa el universo estilístico del disco en cuanto a temática y estética, además de ser punta de lanza de la que era incipiente carrera de una artista que ya por aquel entonces estaba en peligro de extinción. Lo que nos enseñó Fiona Apple con “Tidal” es que se puede ser una loba esteparia que mira a los ojos del desastre con calma, determinación y una media sonrisa perfectamente dibujada. ∎