Una batalla personal.
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Centro de Gravedad

“Tidal”, la marejada feminista de Fiona Apple

La artista neoyorquina escribió la mayoría de las canciones de su álbum de debut con 14 años. Con 18, lo publicó. Sus letras inteligentes y sus melodías introspectivas ofrecieron una respuesta proporcional, entre otros temas, al todavía vigente y omnipresente machismo. La canción “Criminal” le valió un Grammy a la mejor interpretación vocal femenina de rock aunque, como ya ha demostrado, ¿para qué quiere ella un premio de una industria mainstream y cosificadora que no la representa? Desgranamos algunos detalles de un trabajo que se convirtió en hito, por derecho propio, en la década de los noventa. Hoy se cumplen 30 años de su publicación.

Uno de los aspectos más frustrantes en una relación entre dos personas sucede cuando una parte convierte a la otra en algo invisible o ininteligible. O peor: en la mezcla perfecta de ambas cosas. Si a esta situación le sumamos que las interacciones comunicativas se vuelven un desastre de proporciones bíblicas, la tormenta perfecta se materializa en una realidad insostenible. “Tidal” (Clean Slate-WORK-Columbia, 1996), el disco de debut de Fiona Apple (Nueva York, 1977), es uno de los trabajos que mejor han escenificado el deseo, la incomprensión, la culpa, la rabia, el abuso, la frustración o las expectativas en las relaciones de pareja y en una sociedad machista. Con tan solo 18 años, y con más muescas en el revólver que muchos seres humanos de mediana edad, Apple reunía un repertorio de canciones en el que no dejaba títere con cabeza ni lugar a la confusión gracias a que su punto de vista contestatario se expresó con elegancia sobre unas líneas de piano mastodónticas y una lírica lúcida e intimidante.

Un año antes de que “Tidal” irrumpiera en el mercado discográfico, en 1995, Alanis Morissette hizo lo propio con “Jagged Little Pill”, PJ Harvey con “To Bring You My Love” y No Doubt con “Tragic Kingdom”. Ya en 1996, el panorama musical anglosajón tenía como protagonistas a Tori Amos con “Boys For Pele”, a Cat Power y su “Myra Lee” o a Sheryl Crow con su segundo disco homónimo. También a las Spice Girls con su debut, “Spice”, a Everything But The Girl con “Walking Wounded” o a Björk con su disco de remezclas “Telegram”.

En el ámbito del cine, en 1996 se estrenaron “Trainspotting” de Danny Boyle, “Romeo + Julieta” de Baz Luhrmann, “Scream” de Wes Craven y “Fargo” de los hermanos Coen. Tom Cruise hizo doblete de blockbusters gracias a su primera “Misión: imposible” dirigida por Brian De Palma y al drama deportivo “Jerry Maguire” que realizó Cameron Crowe. Además, 1996 fue el año de la fascinación por la vida extraterrestre de la mano de Michael Jordan y los Looney Tunes en “Space Jam”, de Tim Burton y su “Mars Attacks!” o del megataquillazo “Independence Day” dirigido por Roland Emmerich. En cuanto al panorama literario, cabe destacar títulos publicados en 1996, como “La broma infinita”, de David Foster Wallace, o “Juego de tronos”, de George R. R. Martin. Un dato más: fue el año de la reelección de Bill Clinton como presidente de los Estados Unidos.

Sentido y sensibilidad de las frases lapidarias que terminan en empujones

I tell you how I feel but you don’t care / I say tell me the truth, but you don’t dare” (“Te digo lo que siento pero no te importa / Yo digo, dime la verdad, pero no te atreves”). Con estos dos versos comienza “Sleep To Dream”, la primera canción de las diez que integran “Tidal”. El repertorio lo completaban “Sullen Girl”, “Shadowboxer”, “Criminal”, “Slow Like Honey”, “The First Taste”, “Never Is A Promise”, “The Child Is Gone”, “Pale September” y “Carrion”. Todas ellas son composiciones en las que se articulan situaciones reales vividas por Apple, en las que quedaba muy bien reflejado el juego de la manipulación y el sometimiento ejercido por la figura masculina ante la insurrección y la decepción escenificada en la figura femenina. Para la periodista y escritora Lucía Lijtmaer, que conoció las canciones de la artista neoyorquina en 1999 por recomendación de una amiga irlandesa, las letras de Apple tienen una importancia “impresionante” y son el reflejo de “una furia elegante”.

Interpretando “Sullen Girl” en Ámsterdam (14 de mayo de 1996), antes de la salida de “Tidal”.
Los temas que atraviesan las canciones de “Tidal” son acontecimientos particulares que logran adquirir una dimensión general porque no son demandas aisladas, sino el señalamiento de comportamientos tóxicos y universales. Como bien escribió Simone Weil en “El poder de la palabra” (1960), las maneras de proceder hostiles y tramposas, cuya voluntad es la dominación, llevan la firma de “todos aquellos cuyas buenas intenciones pavimentan el suelo del infierno”.

Más piano y jazz que guitarras con sabor a rock’n’roll

Fiona Apple se abrió paso en el panorama anglosajón –especialmente en Estados Unidos, aunque también llegó a Reino Unido– sin la impronta dominante en el pop y el rock, porque situó al jazz en el centro de su obra. Había estudiado piano desde niña y se fijó en artistas como Billie Holiday. En “Tidal” no hay melodías pegajosas, tampoco guitarrazos o los clásicos clichés rockeros vocales en el que se arrastran o rasgan los versos. Lo que hace Apple es usar su voz a pleno rendimiento, con una cólera que carece de género musical, mientras utiliza el aire de una manera muy particular, especialmente en los tonos más graves, como sucede en “Slow Like Honey”.

Fiona Apple, en 1996: impresionante furia elegante. Foto: Mark Baker (Getty Images)
Fiona Apple, en 1996: impresionante furia elegante. Foto: Mark Baker (Getty Images)
Son características que la cantante y compositora Anni B Sweet –que solo tenía 9 años cuando el álbum se publicó– ha tenido muy presente desde que se cruzó con su música siendo ella muy joven: Como mujer compositora, me resulta especialmente inspirador que nunca haya suavizado su discurso para resultar más complaciente o más comercial. Ha defendido una voz propia incluso cuando eso implicaba ir contra la industria o contra las expectativas que había sobre ella”.

Andrew Slater o cómo producir con la finezza de una sastrería

“Tidal” fue producido por Andrew Slater, figura multidisciplinar en el panorama musical estadounidense que, además de ejercer como músico y productor –también para The Wallflowers, de quien fue mánager, y en el superventas “On How Life Is”, de Macy Gray (1999)–, fue periodista en la revista ‘Rolling Stone’, presidente de Capitol Records y dirigió el documental “Echo In The Canyon” (2018). Haciendo un ejercicio de alucinación para ponerse en la piel de un tipo como Slater, en su manera de proceder se atisba que trata cada canción como si fuera una tela y cada verso de la historia representa cada uno de los hilos que componen el tejido. Para sacarle todo el partido posible, hay que decidir qué tipo de corte y confección se realizará para ensalzar la propia creación y que esta resulte un traje a medida para la voz y la instrumentación. Y esto es, precisamente, lo que parece hacer Slater en “Tidal”: dialogar con el material para ensalzarlo y que su impronta esté sin que a él se le vea. Para muestra, los arreglos conceptuales de vibráfono –los grabó Jon Brion, otro todoterreno de la música estadounidense de las tres últimas décadas–, que ejercen como actor secundario en la mayoría de las canciones del álbum.

Confesiones a flor de piel. Foto: Nathaniel GoldBerg
Confesiones a flor de piel. Foto: Nathaniel GoldBerg

“Criminal”: el superhit

La canción “Criminal” –salió en formato sencillo el 2 de junio de 1997– resultó ser un acontecimiento absoluto: “I’ve been a bad, bad girl” (“He sido una chica mala, mala”, canta en él Apple). Escuchado este tema con la distancia del tiempo y sin la urgencia de asimilar un mensaje contemporáneo, se puede concluir que dicha confesión es la madriguera de un soliloquio en el que la culpabilidad, la redención y la tentación forman un supuesto triángulo amoroso en términos de conducta. Haber castigado a alguien que no se lo merecía provoca remordimientos, y Apple no tuvo inconveniente en mostrar su herida. Un hecho que la columnista Carmen Torreblanca –quien casualmente ha nacido el mismo día y el mismo año que Fiona Apple, el 13 de septiembre de 1977– no duda en destacar: “Fiona pertenece a esa generación de mujeres jóvenes enfadadas y, para ese momento, creo que fue revolucionario hablar de algo tan íntimo. Fiona no es una mujer frágil, pero no tuvo reparo en mostrar su fragilidad”. Precisamente de esa supuesta apariencia de vulnerabilidad es de lo que se valió Mark Romanek –director de publicidad estadounidense bastante reclamado en aquella década en los Estados Unidos: realizó clips para Nine Inch Nails, Madonna, David Bowie, Eels, Weezer o Lenny Kravitz– para armar un vídeo en el que iluminan a Apple como si fuera un animal encontrado en plena noche en una oscura carretera secundaria, mientras la dirección de vestuario parecía un spot de ropa interior al estilo de American Apparel. O, lo que es lo mismo: una cosificación barata y burda para una artista que merecía más.

“Criminal”, vídeo dirigido por Mark Romanek.

La promoción y sus circunstancias: hablar, cantar y tocar para revalidar la existencia artística

Que la promoción suele ser una de las partes que más pereza y rechazo genera a los artistas es conocido por los departamentos de marketing de las discográficas y los medios de comunicación. Pero si además se tiene que soportar el paternalismo y la actitud babosa del entrevistador, la cosa se pone turbia y bochornosa. Así sucedió en la entrevista que le hizo Howard Stern a Apple cuando esta tenía 19 años. Fue el 14 de abril de 1997. Aquella sesión consistía en la típica entrevista al estilo Stern: de proximidad, buscando la confidencia tras el engatusamiento que sucede a la alabanza, con algunos chistes espolvoreados en momentos que están entre lo táctico y lo desafortunado. Apple aguanta el tipo ojiplática, con un saber estar estoico, y es todo lo amable que puede mientras mantiene la compostura. En esta entrevista delirante y sonrojante, Stern se la come con la mirada –y eso que lleva gafas– y pronuncia frases como: “¿Qué llevas puesto a tus sesiones de terapia?”, “solo hay blancos en tu banda, es guay tener a un negro o dos en el grupo”, “¿tu madre también está buena?” o “puedo hacer trucos que no creerías, puedo sacar un conejo de la vagina de una chica”.

En 1997, con su coraza protectora. Foto: Joe McNally (Getty Images)
En 1997, con su coraza protectora. Foto: Joe McNally (Getty Images)
Este comportamiento de Stern es violento y colonizador. Busca instruir a Apple en una especie de doctrina mediática de sometimiento que casa con la idea que recoge Judith Butler en su libro “La fuerza de la no violencia. La ética en lo político” (2020). A continuación, un extracto de la hipótesis de Butler: “(...) el colonizador depende del colonizado, pues cuando el colonizado rechaza seguir subordinado, el colonizador ve amenazada la continuidad del poder colonial (...)”.

¿Para qué sirven los premios?

Como no solo a base de entrevistas o actuaciones se hace promoción, alzarse con un premio también representa un hito en términos de relaciones públicas. Que un galardón contribuya o no a reforzar o monetizar la carrera de un artista está por ver. Sea cual sea la respuesta, es algo que a Apple le ha venido dando igual. Le dio igual cuando ganó en 1997 el premio Billboard al mejor vídeo de artista novel por “Criminal” y el premio MTV al mejor artista novel por “Sleep To Dream”. Laura de Diego, teclista del grupo madrileño Alcalá Norte y seguidora de Apple desde la adolescencia, recuerda que “lo primero que escuché de ella fue la versión que hizo con Johnny Cash de ‘Father And Son’, de Cat Stevens” y que a partir de ese momento, comenzó la obsesión: “En la era del Ozempic y los neuromoduladores, por desgracia todavía faltan muchas Fionas cagándose en todo en galas de la MTV. Que nos dejen vivir y envejecer en paz aún es un privilegio en disputa”.

El discurso en 1997 en los MTV Video Music Awards.
En 1998, a Fiona Apple le siguió importando un bledo ganar el premio Grammy a la mejor interpretación vocal de rock femenina por “Criminal”. Igual que cuando la MTV reconoció el vídeo de dicha canción como el mejor del año.

Un reguero contestatario desde 1996

La extrema sofisticación y complejidad de Fiona Apple es reconocida y no siempre entendida, pero fundamentalmente necesaria. Podemos hablar de nombres propios de la música, de sonidos y de estilos de escritura que tienen matices de la neoyorquina, pero si en algo ha ejercido influencia es al hablar cara a cara de la salud mental y los pensamientos propios que no necesitan validación externa (especialmente masculina).

Con “Tidal”, la artista neoyorquina deconstruyó parte de ese discurso del desamor con desparpajo y sin victimismo, con frescura y profundidad. Tal y como apunta la periodista Marta Pallarés, especialista en Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) para festivales, “su legado no se mide tanto en quién suena como ella, sino en quién ha heredado su permiso para no ser complaciente, porque la influencia en música rara vez es una línea recta; es más bien una atmósfera o caldo de cultivo”. Jugando con el significado del título del disco, casi se podría decir que la autoridad de Fiona Apple seguirá provocando marejadas que inspiren a desplazar o romper los cánones estéticos establecidos, especialmente, en dique seco. ∎

A su aire

FIONA APPLE
“Tidal”
(Clean Slate-WORK-Columbia, 1996)

La gran presión que se insufla a cualquier disco de debut es como una de esas novatadas que se hacen en los colegios mayores o las hermandades: puedes someterte a ellas o puedes tratar de escaparte. Pero lo realmente decisivo es cuánto pueden llegar a importar y si, verdaderamente, son un ritual de paso para sentirse aceptado cuando se soportan de modo estoico. Con “Tidal”, Fiona Apple redefinió el concepto de disco de debut porque no se la notaba ni sometida al marketing de una discográfica potente, ni desesperada por ser validada públicamente, ni tan enfadada como para ser repetitivamente hostil. Apple, simplemente, fue ella misma; contó quién era, cómo describía la vida que había vivido hasta la fecha y cómo interpretaba vocal e instrumentalmente.

Se agradece que Andrew Slater, productor del LP, demuestre que entiende que el concepto de identidad de las canciones se nutre de dos elementos: de quién las escribe y del lugar en que suceden las historias. Por eso, los diez temas que integran el álbum parecen estar concebidos para ser tocados en clubes de jazz o escenarios con luz íntima en lugar de grandes localizaciones, programas de televisión o galas de cadenas de música con una escaleta encorsetada y un guion repleto de chistes malos y sexistas. En ellos, el rango vocal de la neoyorquina se despliega entre el pop, el jazz y, a veces, hasta flirtea con lo lírico. Maneja la sensualidad gracias al uso del aire adecuado cuando susurra en los tonos medios y cuando se deja llevar en los tonos graves. Su virtuosismo al piano consiste en que –en un ejercicio de contención– no asoma más de la cuenta, aunque esta redactora echa de menos más presencia de dicho instrumento.

Los noventa –años en que la grasa del grunge estaba por todas partes y los riffs de guitarra le golpeaban la mandíbula a cualquiera que no supiera esquivarlos– por suerte trajeron a esta artista y su primer gran alijo de canciones. Más allá de “Criminal”, focus track que ocupaba el número cuatro en el listado de canciones del disco, destacan “Shadowboxer” –la tercera– y “Slow Like Honey” –la quinta–. Esta terna representa el universo estilístico del disco en cuanto a temática y estética, además de ser punta de lanza de la que era incipiente carrera de una artista que ya por aquel entonces estaba en peligro de extinción. Lo que nos enseñó Fiona Apple con “Tidal” es que se puede ser una loba esteparia que mira a los ojos del desastre con calma, determinación y una media sonrisa perfectamente dibujada. ∎

María Ballesteros del Prado selecciona esta exclusiva playlist con temas relacionados con “Tidal”.

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