Las normas del juego son claras. Dos giradiscos, un magnetófono de bobina abierta y un mixer. En la cabina de la sala Apolo, virtuoso de los platos que todo el mundo conoce, rápido y orgánico en el manejo de efectos y transiciones, pero antes de subir al escenario se proyecta una breve pieza documental. Cuando Jeff Mills aparece en pantalla, la gente grita. Se impacienta por verlo pinchar. El maestro habla de sus inicios en Chicago, Nueva York y la escena clubbing underground de los noventa, de su vocación experimental con discos de acetato y cubierta de cobre –que según él ofrecían un sonido más robusto que el vinilo– o de su imperiosa necesidad de “hacer explotar el sonido”, que daría como resultado un tema tan contundente como “i9”.
En otra declaración, el artista de música psicodélica DJ Nobu confiesa el impacto que supuso descubrir a Mills en Tokio en 1996. Habla de él como “un extraterrestre”. Antes de terminar la proyección, un aviso queda flotando en el aire. Dada la particularidad de la sesión que estamos a punto de presenciar, Mills advierte que no se trata de una mezcla continua, sino de secciones separadas de música en vivo y registradas en formato analógico. Toda una declaración de intenciones frente a la comodidad de las nuevas tecnologías y la hegemonía que impera en los circuitos de gran consumo.
El cumpleaños está a punto de empezar. Las luces se apagan antes de la medianoche. Los gritos vuelven a dominar el ambiente. Una sombra aparece en el escenario, detrás de la mesa de mezclas. El bombo empieza a sonar con fuerza. Silbidos y brazos en alto. El primer clásico no tarda en llegar. Iluminado por luces intermitentes que parecen relámpagos en mitad de la oscuridad, Mills invoca el espíritu enérgico de “Get On Up”, una canción reescrita en clave schranz por Chris Liebing que nos trae recuerdos de la etapa showman de DJ Rush en el Berlín de los primeros dos mil con su famoso peinado de cubos metálicos. La popular “The Bells” –quizá su tema más conocido– tampoco se hace esperar, ni los samples de orquesta de su coetáneo Derrick May en aquel himno rave de abstracción futurista llamado “Strings Of Life”. La fiesta ya está en marcha.
Naturalmente, a lo largo de la sesión, Mills acude a su extenso repertorio cambiando de disco y ajustando sonidos con la habilidad quirúrgica de un pianista virtuoso. Vestido con una elegante chaqueta oscura de satén y la mirada fija en el centro de mando, saca a relucir las flamantes “Growth” de la escudería Axis Records y “Life Cycle” con su aroma germánico del sello Tresor, dos signos de una era marcada por la furia conceptual y el estilo primitivo. Quizá por esto a continuación encaja tan bien la autoría de Joey Beltram y su pesadillesca “Mentasm” –¡un tema precursor del gabber belga!– y el momentazo ghetto-tech de DJ Funk con “Run (U. K.)”, que nos trajo ecos del famoso house de Chicago.
Y así, saltando en el tiempo hacia delante y hacia atrás como si tripulara una nave intergaláctica, ese cirujano de rostro felino y dedos de brujo ha ido construyendo una sesión de aliento expresionista que –sumando fuerzas con la potencia escénica de Nørbak– no funciona tanto como ejercicio de simetría respecto al live original, sino como una revisión juguetona de los grandes temas que han dejado huella en la historia del techno. El abanico comprende desde finales de los ochenta hasta la actualidad. Para muestra, ahí queda la vibrante “What To Do” de Thomas Bangalter –que sonó durante la danza furiosa de “Climax” (Gaspar Noé, 2018)– o la más reciente “Chroma Light” de Robert Hood, otro pionero del sonido de Detroit y cofundador junto a Mills del colectivo Underground Resistance.
Angel Molina, el segundo día, confirmó su valía como pionero electrónico barcelonés. Se encargó del set central con la precisión y contundencia que siempre lo han caracterizado. Su techno implacable y texturizado mantuvo la tensión en todo momento y provocó prolongados aplausos durante la llegada de Mills para el cierre. Ahora bien, justo es reconocer el contexto de este evento. Las dos sesiones celebradas en Barcelona por Jeff Mills no dejan de ser un trozo más del pastel de cumpleaños, una pieza del puzle, otra parada en el calendario de un tour que lleva a Mills por distintos templos que todavía rinden culto a la electrónica agresiva, como el parisino Fvtvr, el neoyorquino Knockdown Center o el Smartbar de Chicago. Por otra parte, restando un poco de entusiasmo, lo visto y escuchado en la sala Apolo no dista tanto de la exhibición que el maestro ha desplegado en anteriores ocasiones como el Sónar o la sala The Loft. Más vanguardista, en cambio, resulta su faceta como artista interdisciplinar que ha llevado el techno más allá de sus límites y se ha atrevido con incursiones en la orquesta sinfónica y el cine. Estamos hablando de joyas como “Blue Potential” junto a la Filarmónica de Montpellier o la reescritura sonora de clásicos de la ciencia ficción como “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927) y “Viaje alucinante” (Richard Fleischer, 1966).
En cualquier caso, el plato está servido y la ración es generosa. La clave de lo que hace Mills en la escena club radica en algo primario y es la buena sintonía que establece con el público a través de su pasión y sabiduría por crear una atmósfera absorbente. Se nota cuando se lo pasa bien detrás de los platos, y nosotros con él. Da igual cuántas veces lo hemos escuchado de pie durante horas y la cama nos espera con el oído todavía retumbando. Su mayor virtud permanece intacta y no es otra que la de entregarse al noble arte de pinchar transformando la pista de baile en un viaje cósmico altamente estimulante. ∎