Adquiero sin dudarlo, tras unas horas de
streaming, el álbum de debut de
David Lynch. Lo avala una hermética y regocijante obra cinematográfica, la fascinante singularidad personal que lo ha hecho incomparable icono cultural; también anteriores incursiones musicales: su estrecha colaboración con Angelo Badalamenti, el álbum con el pianista polaco Marek Zebrowski –“Polish Night Music” (2008)– o el proyecto “Dark Night Of The Soul” (2010) junto a Danger Mouse y Mark Linkous. Poco riesgo entrañaba, pues, la compra de
“Crazy Clown Time” (2011), cuyo título prometía la extrañeza paranoica y poético paroxismo que definen a este señor de suaves maneras y voz aflautada, inefable encarnación de la raíz psicótica del aparentemente anodino norteamericano medio. Alguien lo definió una vez como
“un James Stewart llegado del espacio exterior”, y lo sigue pareciendo en la madurez. Un creador todavía hambriento, nada melancólico, pese a sus arrugas y la amable serenidad que desprende.
A su edad, David Keith Lynch (Missoula, Montana, 1946) podría estar disfrutando una relajada jubilación, pero ha preferido el salto al vacío de una aventura discográfica. No sé ni me importa qué pensarán críticos y público sobre estas tomas atmosféricas, tenebrosas pese a su candor, magnéticas e insidiosas como cualquier escena de sus películas. No voy a juzgar estas secuencias de somnoliento blues futurista –el cineasta pulsando una saturada guitarra y artificios electrónicos, su ingeniero de sonido Dean Hurley a la batería– que recuerdan a ratos los flirteos tecno de Neil Young, la inquietante inocencia de un músico siempre al margen como Jad Fair y, obviamente, el pesadillesco universo alucinado entre “Cabeza borradora” (1977) e “Inland Empire” (2006). Solo diré que concilian pasado y presente con desparpajo; confieso que me tienen cautivado. Finalizada la audición, vuelvo obsesivo al inicio –“Pinky’s Dream”, cantada por Karen O, imaginario
hit en el salón rojo de “Twin Peaks”– y otra vez desfilan misteriosas “I Know”, “Noah’s Ark”, “Strange And Unproductive Thinking”, “These Are My Friends” y demás insondables trances. Tan compulsiva repetición no logra disipar lo que me atrajo de “Crazy Clown Time” antes siquiera de escucharlo: la capacidad de Lynch para sobreponerse a la edad y a las decepciones de una creatividad que pierde músculo, efectuando un inesperado giro para desvelarnos que no ha perdido un ápice de curiosidad ni atracción por el riesgo.