El recuerdo de una actuación del gran Gino Paoli en Barcelona le permitió a Nando Cruz, versión Freestyle, reflexionar sobre el poder de sugestión de las canciones eternas y sus excelsas melodías. Como, por ejemplo, “Il cielo in una stanza” y sus estrofas para el recuerdo: “Suona un’armonica, mi sembra un órgano che vibra per te e per me”.
Hay que hacer un verdadero esfuerzo de concentración sensorial para apartar mentalmente esos molestos arreglos y dirigir el oído al corazón de aquellas inmortales melodías. Porque inmortales serán si pueden sobrevivir a tan asesinas circunstancias. Y en cuanto llega “Il cielo in una stanza”, algo pasa. Algo en esa canción resume, en sí mismo, el sentido de la música.
Gino Paoli explica a su amada con un canturreo tenue que cuando está junto a ella las paredes de la habitación se transforman en arboledas infinitas y el techo se abre de par en par, descubriendo el inmenso del cielo. La letra, incluso en italiano, es de una cursilería infinita. Pero cuando las paredes y el techo han desaparecido, Paoli eleva la voz y, enamorado y eufórico, canta: “Suona un’armonica, mi sembra un órgano che vibra per te e per me”.
No hace falta buscar el disco o bajarte un mp3 para percibir el efecto de ese verso (también cursi, sí) redimensionado por una entonación y unos arreglos de cuerda que catapultan el tema miles de quilómetros más allá de la habitación. Estudios neurológicos aseguran que si imaginas una canción, se activan las mismas zonas del cerebro que se activarían oyéndola de verdad. Solo imaginándola, sin siquiera murmullarla, puedes percibir el impacto (moderado, claro) de una de las melodías más excelsas nunca compuestas.
Si es así, la canción ha rebasado todos los protocolos de infiltración en la sociedad. Estamos advertidos, sabemos el cómo y el cuándo, pero el chaparrón melódico nos sobrecogerá, queramos o no. Y eso es, de hecho, lo que perseguimos cuando escuchamos una canción. Ese rapto inevitable que nos devolverá siempre a la eterna pregunta: ¿qué tiene esa canción?
En un concierto buscamos, quizá de forma poco consciente, revivir esa sensación: amplificada, en otro entorno, en comunidad… Y en riguroso directo. Queremos que aquel espejismo sonoro se manifieste ante nuestros ojos. Para muchos primará el factor nostálgico, pero lo que deseamos, en definitiva, es que las paredes del auditorio se abran en infinitas arboledas y el techo desaparezca dejándonos ver el inmenso azul. Y que, aunque suene esa trompeta de jazz, nosotros oigamos el órgano “che vibra per te e per me”.
Ni Paoli ni su banda están ya por esta labor. Pero en un concierto no siempre escuchas lo que suena, sino lo que quieres oír. Tú puedes percibir “Il cielo in una stanza” como el cosquilleo en el pie, aunque la pluma aún no te haya rozado. Es pura sugestión. Oyes la canción y la saboreas a tu manera. Oyes lo que nadie oye. O lo oyes con otra intensidad. La tuya. En tu cabeza. Tú mismo interpretas esa canción. Eres Gino Paoli en 1961. ∎