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Firma invitada / Escalera de incendios

La pistola de Reck

Friedrich Reck escribió un diario desde mayo de 1936 hasta poco antes de morir en 1945 en el campo de concentración de Dachau. “Me asfixia verme prisionero de una horda de monos perversos”. Reck se lamentaba de no haber utilizado su arma cuando pudo para haber asesinado a Hitler, con quien coincidió en varias ocasiones. Quizá hubiese cambiado la historia. ¿Cómo actuar cuando el fascismo es una realidad? ¿Qué hacer en 2026 contra el nuevo orden mundial impuesto por Trump y sus secuaces? ¿Cómo transformar el odio en algo útil, el abatimiento en esperanza?, se pregunta Laura Barrachina en esta columna de opinión.

E

ntre 1920 y 1932, el escritor alemán Friedrich Reck coincidió en varias ocasiones con Adolf Hitler, un hombre que, aunque entonces no podía sospechar lo que acabaría haciendo, a Reck sí le produjo desprecio. Era extraño, nervioso, le pareció una caricatura. En alguno de aquellos últimos encuentros, con el país alborotado, y por lo que pudiera sucederle, Reck solía ir armado. Lo explicó en el diario que escribió desde mayo de 1936 hasta poco antes de morir en 1945 en el campo de concentración de Dachau, un testimonio que la editorial Minúscula publicó en el año 2009 bajo el título de “Diario de un desesperado”.

En él, Reck se lamenta de no haber utilizado su arma cuando pudo, reflexiona sobre lo que quizá podría haber evitado si él hubiera asesinado a Hitler. Cuando Reck pudo matar a Hitler en realidad no podía imaginar lo que aquel hombre nervioso y paródico era realmente capaz de hacer, a dónde sería capaz de conducir a un país y a los millones y millones de personas que ordenaría asesinar, él mismo entre ellas. Sin embargo, pongamos que Reck hubiera tenido un ataque de lucidez, una visión y arrojo, ¿cómo podría haber convencido a un juez de que sí, era un asesino, pero a la vez, un salvador? ¿Cómo saber que esta vez sí debemos hacer caso a esas personas, a las que nos advierten sobre el mal que se cierne sobre nosotros? Es imposible, lo sabemos. Es más, ¿quién sabe si el asesinato de un aún inocente Hitler no generaría un mal mayor? Son solo juegos mentales, pero uno entiende la desesperación de Reck en Dachau, que al menos para él ese monstruo desaparecía y con él tantísimo dolor y millones de muertes.

Son preguntas para Kant, pero que también se las hace el protagonista de la novela de Javier Marías “Tomás Nevinson” (2021) y que por lo tanto nos hacemos sus lectores. He terminado la novela estos días mientras en Estados Unidos su Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) arrestaba a niños, los utilizaba como cebo para rendir una emboscada a sus padres y mataba a un hombre y una mujer desarmados por entorpecer detenciones de personas por su color de piel o por su acento, es decir, por defender los derechos humanos. Durante los últimos años me he indignado cada vez que alguien pronunciaba la palabra fascismo ante ciertos comportamientos de la derecha, utilizar la hipérbole abarata el verdadero fascismo. Sin embargo, cuando vi a Liam Conejo, de 5 años, en manos del ICE, la palabra estaba ahí: fascismo. La busqué –una vez más– en el diccionario y recordé que el fascismo implica violencia, racismo, supremacismo, nacionalismo, militarismo, culto al líder, falta de libertad, de opinión, de pensamiento, de obra. Me di de bruces contra una pared que apareció de la nada en mi salón. ¿Dónde había estado mientras la construían? ¿Me había negado la nueva llegada del fascismo como se la negaron tantos ciudadanos a comienzos del siglo XX? ¿Cómo se para el fascismo cuando ya está en marcha?

Todo son preguntas y una intuición horrible: quizá haya que asumir la inevitabilidad de algunas circunstancias, la no infalibilidad de la humanidad. Confiamos en las personas equivocadas, en la bondad de los demás que luego no lo es tanto, en soluciones que resultan erráticas, en el sentido común que luego no se aplica, en la valentía de los demás que siempre termina en nuestra comodidad o cobardía. Casi todos contribuimos de alguna manera al desastre, por acción u omisión.

En 1941, Friedrich Reck escribió en su “Diario de un desesperado”: “Desde hace más de 42 meses pienso odio, me acuesto con odio, sueño odio para despertar con odio: me asfixia verme prisionero de una horda de monos perversos”. No puedo imaginar pensar en otra cosa en la Europa de 1941 y hay días que tampoco en la de 2026. Añado a la colección de preguntas otra: ¿cómo transformar ese odio en algo útil, el abatimiento en esperanza?, ¿cómo conseguir esa alquimia? ∎

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