Estoy en una fiesta.
Un hombre se acerca y me susurra al oído:
Me preocupo por mi aspecto.
No voy arreglada.
Miro a mi alrededor:
la fiesta está llena de niños.
¿Cómo voy a saber quién es mi hijo?
El hombre solo me da una pista:
mi hijo lleva una cajita de caramelos vacía que yo debo rellenar.
Me pongo nerviosa.
Me acerco a la barra.
Pido una copa.
Pienso otra vez en mi ropa.
Mi hijo no querrá verme así.
Entonces siento un tirón en el abrigo.
Me doy la vuelta.
Un niño rubio, de ojos muy claros, me mira en silencio.
En su mano, una cajita de metal vacía, abierta de par en par.
Relleno la cajita con bombones diminutos de chocolate blanco.
Estocolmo, 29 de diciembre de 2014.
Hace unos días leí este sueño en voz alta en una casa de Madrid. No era un recital. No había escenario ni micrófono. Era más bien una merienda con amigos que no se conocían todavía.
El poeta y crítico literario Juan Marqués lleva algo más de dos años organizando encuentros en su casa de Legazpi: reuniones un tanto disparatadas pero alegres, donde un escritor, músico o poeta invita a su gente, y él invita a la suya, y durante un par de horas ocurre algo bastante improbable en una ciudad como Madrid: desconocidos que se escuchan. Sin entrada, sin promoción, sin
stories ni objetivo claro. Y con el añadido casi extraordinario de que a nadie se le ocurre siquiera hacer una foto. Como si todos entendieran, de algún modo, que no sería adecuado.
Juan organiza uno por cada estación del año y a mí me ha tocado la primavera. Han pasado por ahí poetas como Berta García Faet, Julia Viejo, Sebastián Taberna o Irene Solà. La idea es sencilla:
brownies, vino y gente que no se conoce demasiado compartiendo una tarde. Nadie cobra, paga ni presenta nada oficialmente. No pasa nada. Y ahí está la gracia.
Los encuentros funcionan como una especie de experimento social suave. Se junta gente que acaba de llegar a la ciudad, gente que está de paso, gente que todavía no ha encontrado su sitio en la capital o simplemente amigos de Juan, curiosos por ver quién pasará por ahí aquella tarde.
Conocí a Marqués hace años, cuando yo todavía vivía en Madrid, en una entrevista para
Las librerías recomiendan. Por aquel entonces yo estaba casi recién llegada a la ciudad y rápidamente pasé a ser una de las invitadas habituales a sus reuniones de petit comité.
En esta ocasión, Juan me pidió que llevara un poema. Le dije que no escribía poemas. Le ofrecí un sueño. El sueño estaba impreso en un díptico color vainilla, como si fuera un objeto. Algo entre una invitación y un recuerdo. Me hizo gracia verlo así, separado de mí, convertido en texto autónomo, porque durante mucho tiempo he tenido la sensación de que mis sueños no me pertenecen del todo.
Ese sueño era un descarte de
“Duermevela. Los sueños de Maria Rodés” (Alpha Decay, 2015), un libro que publiqué hace más de diez años a partir de un diario de sueños. Lo empecé sin ninguna intención literaria. Más bien como un ejercicio que me había recomendado mi terapeuta. En 2010 atravesaba una especie de bloqueo creativo. Sentía que siempre escribía sobre lo mismo, desde el mismo lugar, con las mismas herramientas. Probé con la escritura automática, pero enseguida me resultó impostada. En cambio, los sueños ya estaban ahí. Solo había que recordarlos.
Durante tres años los anoté cada mañana en un cuaderno negro que guardaba en la mesita de noche. Sin filtrar, sin decidir si eran buenos o malos. Como quien hace un entrenamiento. Con el tiempo entendí que recordar sueños es una técnica: cuanto más lo haces, mejor lo haces. Empiezas a retener escenas, diálogos, incluso sensaciones físicas. A veces te das cuenta de que estás soñando mientras sueñas y puedes decidir salir de ahí o seguir dentro e intentar que ocurra lo que deseas.
Pero lo interesante no era eso. Lo interesante, para mí, era volver a leerlos. El recuerdo del material onírico es muy fugaz: tienes que atraparlo rápido para que no se te escape. Es extraño leer algo que has escrito hace unas horas pero que no reconoces del todo. Como si alguien hubiera pasado por tu cabeza durante la noche y hubiera dejado una escena a medio construir. En realidad, lo que escribimos al despertar no es el sueño, sino su rastro: una reconstrucción llena de huecos que la mente despierta se encarga de completar.
Mientras dormimos, se cuela en forma de imágenes lo de siempre: miedo, deseo, culpa, amor... pero sin pasar por el filtro de la lógica. Es una especie de verdad sin argumento, una autobiografía deformada.
El mundo onírico empezó a filtrarse en mis canciones casi sin darme cuenta. En
“Sueño triangular” (2012), por ejemplo, muchas letras vienen directamente de ahí: personajes, escenas, situaciones que no se me habrían ocurrido de forma consciente. En una de ellas, mi voz crítica aparecía como una especie de monstruo incendiario que destruía la casa donde crecí, soplando ceniza en el aire. Al despertar, compuse un tema en el que lo invocaba de nuevo para dejarle claro que no conseguiría anularme. La canción se llama “Cae lo que fuego fue”.
La idea de publicar “Duermevela” apareció en un viaje a Berlín, a principios de 2014. Fui a visitar la librería Bartleby & Co., un espacio pequeño y muy cuidado de literatura en español que funcionaba también como un centro gravitacional de artistas o escritores españoles que andaban medio descolocados en Berlín. Allí conocí a Ana Pareja, editora de Alpha Decay, y le dejé leer algunos de mis sueños. Me daba bastante pudor. No los veía como literatura, sino como material previo. Pero ella los leyó de otra manera. Me propuso convertirlos en un libro y a mí me pareció bonito acompañarlos con dibujos que había hecho a los 3 años y que mi madre todavía guardaba. De esta manera enlazaba el inconsciente infantil con el adulto.
Esa tarde en Madrid, en casa de Juan, estaba entre los invitados
Cristina Serrano, que había sido profesora mía de escritura años atrás. Cristina es autora del libro de relatos “Pequeña” (Autoeditado, 2024). Sus cuentos parten de cosas muy reales, de vínculos cotidianos y de situaciones que, en principio, podrían reconocerse fácilmente. Pero hay algo en la forma en que las cuenta que las lleva a otro lugar, como si la realidad se abriera un poco y dejara ver algo más extraño. Aparecen imágenes o situaciones que no son del todo literales, pero que hacen visible algo que normalmente pasa desapercibido: formas de maltrato sutiles o dinámicas que hemos normalizado sin darnos cuenta.
Recuerdo que, después de leer su libro, esa noche soñé algo bastante raro. Se lo conté, le gustó y me pidió incluirlo en el prólogo:
Estoy en China con mi primer novio.
Estamos los dos solos, hemos decidido volver a intentarlo.
Comemos en una especie de cine-restaurante.
Le observo masticar, lo hace muy despacio.
Mientras hablamos me parece notar cierto desprecio en su mirada.
No le interesa nada de lo que digo.
Cuando por fin veo claro que no me quiere,
aparecen murciélagos por todas partes.
Me agacho.
Me cubro el pelo para que no se enreden en él.
El camarero me grita:
- ¡No te agaches! ¡Ponte recta! ¡Permanece normal!
Al parecer, solo si finjo que no pasa nada
los murciélagos se irán y me dejarán en paz.
Hay algo en esa frase,
“permanece normal”, que me interesa especialmente. La idea de que lo extraño, lo incómodo, lo que no encaja, debe ser disimulado para que deje de existir. Pienso a menudo que escribir tiene algo que ver con lo contrario. Con no permanecer del todo normal. Con permitir que aparezcan los murciélagos y no apartar la mirada.
Y hablando de murciélagos, mi mente se va a una de las canciones del nuevo disco que mi amiga Nieves Lázaro ha sacado recientemente con su pareja Manuel Cabezalí, bajo el nombre de
Monstruo Laberinto. La canción se llama
“Alas con membranas” y dice así:
Dos murciélagos en su cueva
maquinando ultrasonidos de la madrugada.
Solo puedo imaginar
alas con membranas
un deseo que mi cuerpo arrastra
colgarnos del techo, vivir en blanco y negro,
un deseo que mi cuerpo canta.
La canción habla, según ellos mismos, de ese momento en el que cierras la puerta al mundo, pierdes la noción del tiempo, te metes en tu cueva y entregas todo tu ser a la creación. Le pregunto a Nieves por su proceso de escritura y me dice que trabaja mucho desde el subconsciente. También me cuenta que el nombre del proyecto es idea de su hijo, que a los 3 años dibujó un monstruo que a su vez era un laberinto (así lo cuenta Roi, que ahora tiene 7 años). La imagen me resulta muy cercana a un sueño: perderse dentro de algo que uno mismo ha creado y no saber muy bien por dónde salir. Me recuerda a ese otro monstruo que apareció antes, aunque no sabría decir si es el mismo.
Después de la merienda en Legazpi, algunos fuimos a ver el estreno del disco en la sala Villanos y nos dejamos absorber por esa mezcla hipnótica y oscura de synthpop y dream pop. En el escenario, Nieves y Cabezalí estaban acompañados por Juanma Padilla a la batería y Víctor Cabezuelo (Rufus T. Firefly) en teclados y voces.
Todo se construye en directo. No hay pistas pregrabadas: lo que ocurre está ocurriendo ahí, en tiempo real. A ratos es íntimo, casi recogido y a ratos se abre hacia algo más expansivo, más cercano a una pista de baile nocturna, como en “Alas con membranas”, donde la repetición acaba generando una especie de trance suave.
En las canciones de Monstruo Laberinto hay algo que intenta acercarse a una especie de banda sonora nocturna. Cabezalí lo explica así:
“¿Sabes esa música que aparece en los sueños y luego no sabes cómo era? Creo que lo que hago es perseguir eso, intentar que nuestras canciones suenen como esa música que no consigo recordar”.
Cuando le pregunto por la oscuridad en su sonido, me dice que no está ahí para asustar, sino para equilibrar la belleza de las canciones, para evitar que todo sea demasiado simple. Y mientras mis amigos brillan en la noche con su
“Negro fosforito” (Autoeditado, 2026), pienso que quizá eso es exactamente lo que ocurre cuando escribimos desde ese lugar. Que lo oscuro no es lo opuesto a lo bonito, sino lo que lo sostiene.
Nunca he sabido muy bien quién canta en mis canciones. A veces creo que soy yo, pero otras tengo la sensación de que simplemente presto la voz a algo que no controlo del todo. No es muy distinto de lo que pasa en los sueños: estás dentro de la escena, pero no terminas de decidir lo que ocurre.
Un niño en una fiesta, una cajita vacía, un camarero que te grita que permanezcas normal mientras caen murciélagos del techo.
Nada de eso ha ocurrido y, sin embargo, contiene algo reconocible. Escribir, para mí, tiene que ver con eso: con intentar acercarte a algo que no has decidido pensar. Por eso, cuando me pidieron un poema, llevé un sueño. Porque ahí hay algo más cercano a lo que hago cuando escribo canciones. No hay una historia ni una idea clara, sino una escena abierta que alguien (yo, o quien escuche) tiene que completar.