s posible que nunca podamos remontarnos del todo a los principios de la música, pero sí a la primera canción escrita. La canción más antigua de la cual se tiene registro fue compuesta en el siglo XII a.C. Se trata de un himno de culto dedicado a Nikkal, diosa de los huertos y esposa del dios de la Luna, un canto hurrita procedente de Ugarit (Siria) que habla de ofrecimientos, sacrificios, buenas cosechas y fertilidad. (La podéis escuchar aquí).
Siempre tiene que haber una primera canción. Sin ir tan lejos, la canción más antigua de “mi historia” tendrá ya unos veinte años. Me acuerdo de aquel día, de mi escritorio de niña y del PC de torre ocupando la mitad de la superficie de la mesa. Me descargué un programa de edición de audio gratuito, el Adobe Audition, grabé una secuencia de acordes con una guitarra española destartalada e improvisé encima una melodía en inglés inventado usando el micrófono del ordenador. Bauticé el tema con el nombre de “Ocean” porque algo así parecía balbucear aquella letra sin sentido y porque el ritmo de la canción me recordaba un poco al oleaje del mar. Todavía hoy soy capaz de canturrear para mis adentros aquella melodía: la primera.
Tras esa canción iniciática ha habido muchas más. Rápidamente abandoné el inglés inventado para aventurarme con el de verdad, luego con el francés y más tarde con el castellano y el catalán: mis dos lenguas nativas. El descubrimiento de la grabación multipista fue para mí un gran aliciente, ya que me permitía registrarlo todo por separado (muy útil cuando no sabes tocar y cantar a la vez) y explorar con la voz el infinito universo de las armonías vocales. Al no disponer de instrumentos, trataba de emular vocalmente todos aquellos arreglos que se me ocurrían, aspirando a crear atmósferas corales oníricas como las de mis entonces idolatradas Juana Molina, Björk o las hermanas CocoRosie.
En aquel momento, hacer una canción con cara y ojos no era prioritario para mí, disfrutaba de crear mis pequeños escondites sonoros sin preocuparme demasiado por el resultado final. El objetivo era evocar un espacio íntimo en el que descubrirme como creadora, o en el que simplemente poder ser yo, un poco más libre de los condicionamientos sociales, máscaras y límites que nos impone la interacción con el mundo. En aquel proceso de autoexploración, llegué a grabar estornudos como efectos de sonido, teclas de ordenador haciendo ritmos, percusiones hechas con mecheros… Usaba lo que fuera que tuviera a mano para producir humildemente los ambientes de aquellos primeros esbozos de canciones, la mayoría de ellos sin siquiera estribillo, que conformaron el inicio de un camino lleno de pruebas y errores y quizá algún acierto fortuito de vez en cuando.
A día de hoy no sé cómo se enseña a escribir canciones porque nunca he seguido ningún método. La primera vez que me contrataron como profesora me puse histérica. La mayoría de alumnos y alumnas, casi todos procedentes del conservatorio o similar, sabían mucho más que yo. No sentía que tuviera conocimientos suficientes para mi cometido. Aun así, como persona autoexigente que soy (a veces), preparé las clases con meses de antelación y traté de aplacar el síndrome del impostor llevando cada frase que pensaba decir anotada en un precario power point.
Como no sabía muy bien por dónde empezar, me puse a explorar otros cursos con la intención de copiar sus índices o lo que fuera que me ayudara a salir airosa. En el proceso me encontré con un montón de libros que presentaban métodos estructurados de composición musical, cuyos capítulos iban encabezados con frases como: “Aprende a escribir letras que atrapen”. Pero ¿qué es lo que verdaderamente atrapa de una letra? ¿Hay una fórmula para eso?
Confieso que la mayoría de veces que he escrito una letra no he sabido de qué iba hasta horas después de haberla empezado. Cada canción es hija de su padre y de su madre: a veces sale primero la letra, otras la melodía… Para mí escribir siempre ha sido un proceso mucho más ligado a la intuición que a la razón. Tampoco creo que sea necesario tener un hábito, como tantas veces se defiende con la famosa frase de Picasso: “Que la inspiración te llegue trabajando”. Jorge Drexler contaba en una entrevista de promoción de su último álbum, “Tinta y tiempo” (2022), que solo se sienta a componer cuando se dispone a hacer un disco, mientras que Nick Cave considera que la empresa más importante de su día es sentarse en su escritorio y agarrar el bolígrafo para estar preparado, por si alguna canción le llega en forma de susurro.
Hace pocas semanas coincidí con la poeta y novelista Eva Baltasar en la librería Tipos Infames de Madrid. Ella leía sus poemas y yo cantaba. Antes de empezar estuvimos poniéndonos al día y me comentó que también alternaba su trabajo de escritora con la docencia. Ambas coincidimos en subrayar la gran dosis de perfomance que tiene para nosotras el asumir el rol de profesora: “La única forma de creérmelo pasa por afrontar cada clase como una actuación”, decía ella. No queda otra, se trata de un juego simbólico en el que, como tantas veces hicimos en la infancia, un niño se convierte en maestro y da clase a los demás.
Dicho y hecho, el primer día de clase me puse el disfraz de profesora y entré en el aula con toda la confianza de la que fui capaz. Sabía que para mantener mi rol de autoridad intacto ante aquellos posadolescentes debía aparentar seguridad. Lo primero que pedí a mis alumnos fue que se presentaran uno a uno y me dijeran cuál era su motivación a la hora de escribir: la gran mayoría dijo que quería hacer canciones que les satisficieran artísticamente pero que al mismo tiempo fueran vendibles, ya que no había que perder de vista el hecho de que “de algo hay que comer”. Reconozco que a veces me impacta ver cómo gente tan joven aborda la música con un objetivo mercantil tan claro. Supongo que yo vengo del lado opuesto: la ingenuidad absoluta. Creo que es necesario tener en cuenta que la música es o puede ser una profesión y que es importante sacar rendimiento a tu talento, pero ¿empezar por ahí?, ¿dónde quedan las ganas de explorar, arriesgar o probar cosas nuevas si tenemos todo el tiempo presente el conseguir escuchas?
Ahora hay muchas más universidades privadas de música que cuando yo era “joven” (ejem...). En todas ellas se encargan de enseñarte a sobrevivir con la música, te informan sobre cuál es la forma de ganar dinero con tu trabajo, cómo hacerse un hueco en la industria, la importancia de tener al día las redes sociales, etc. En parte lo entiendo porque si no se vendiera esa idea, seguramente no se apuntaría nadie, teniendo en cuenta el coste de las matrículas y el poco valor que se le da a cualquier cosa que no tenga un propósito práctico en nuestra sociedad. Eso sí, me parecería más honesto dejar claro a los alumnos antes de empezar que más vale que se enamoren de su vocación, porque lo más probable es que muchos de ellos no logren vivir de ella.
Mi experiencia como alumna de música dejó siempre mucho que desear. En mi etapa universitaria me apunté a una escuela de jazz. Me enseñaban a imitar a la perfección los solos vocales de Ella Fitzgerald y a improvisar sobre progresiones de acordes imposibles. Por aquel entonces ya había debutado como cantautora con “Ocean” y, sin querer, había empezado a imprimir cierta identidad a mi forma de cantar. El segundo año de formación, un profesor me dijo que tal vez fuese incompatible desarrollar un personaje artístico con los estudios musicales, en los que debiera permanecer más neutral. En otras palabras, me invitaba amablemente a elegir: o seguir estudiando o seguir con el camino creativo. Me decanté por lo segundo.
Las palabras de un docente pueden llegar a condicionarnos mucho. Quizá si aquel profesor no me hubiese puesto en esa encrucijada, ahora tendría más recursos musicales de los que tengo. Por ello me da tanto respeto ponerme en el rol de educadora. Soy de las que piensa que cualquier oficio artístico se aprende a base de experiencia y ganas. Escribir tiene que ser un proceso totalmente libre; si lo instruyes pierde la gracia. La gracia única que cada uno pueda tener para inventar una nueva forma de hacer canciones. Por este motivo, tratando de ser lo menos intrusiva posible en sus procesos creativos, en la segunda clase me pasé por el forro mi power point y decidí que las sesiones iban a ser prácticas y que el principal objetivo sería el de acabar lo empezado. Eso sí me parece importante: si no acabamos una canción, permanecerá para siempre en nuestra imaginación y no podremos dejarla atrás y aprender de ella. ¿Cuántos músicos hay que no acaban sus obras porque nunca están a la altura de sus expectativas?
Si no cerramos, si nos quedamos con la incógnita de lo que podría haber sido, no podemos tomar conciencia de en qué punto estamos, no podemos avanzar. De la misma forma que la historia de la canción no hubiese podido evolucionar sin aquellos primeros cantos hurritas escritos sobre tablillas de arcilla hace tres mil cuatrocientos años. Por eso, insisto: siempre tiene que haber una primera canción. ∎