omo un gato andando sobre las teclas de un piano. Esa elegancia, esas patas mullidas, leves, ágiles. Así es la música de Erik Satie. Así sus “Gymnopédies”, sus “Gnossiennes”. Las escucho y veo las patas del gato sobre el piano, sus pasos ligeros. Y pienso que cuando acaricias a un gato no sabes si lo estás acariciando tú o es él o ella el que te acaricia a ti. Con la música de Satie ocurre lo mismo.
También me imagino a Erik Satie como un gran gato gris. Lo fue durante una década, de los casi treinta a los casi cuarenta, siempre vestido con un traje de terciopelo de ese color. Tenía siete trajes idénticos, que había comprado en la tienda La Belle Jardinière. Era Satie, en esos años, un gran gato gris que tocaba para otros gatos nocturnos en el muy gatuno cabaret parisino de Le Chat Noir. Un año antes de cumplir los cuarenta, cambiará de pelaje y se convertirá, como el nombre del cabaret parecía sugerirle, en un gato negro. Satie deja de ponerse los trajes de terciopelo gris y empieza a vestirse con un traje negro y a llevar un sombrero hongo, también negro. Y siempre, siempre, siempre, porque los gatos odian la lluvia, llevará un paraguas en la mano. Cuando muera, sus amigos encontrarán un centenar de paraguas en la pequeña habitación en la que vivía, en Arcueil. Algunos no los usó nunca.
Descubro estas y otras curiosidades en “Las mil caras de Erik Satie” (Sans Soleil, 2025), una biografía del músico escrita por el también ilustrador y pintor Pablo Gallo. Desde sus páginas nos miran, o esquivan nuestra mirada, retratos que Gallo ha realizado de las personas que fueron importantes en la vida del creador francés: el único amor que se le conoce, la pintora Suzanne Valadon, y que se frustró a los seis meses (¡ay, Satie, con lo promiscuos que son los verdaderos gatos!); y amigos músicos y artistas, como Debussy y Brancusi, Stravinski y Zuloaga, y los escritores Jean Cocteau y Tristan Tzara y Vicente Huidobro, entre otros.
Erik Satie acarició la música y a la vez rompió las normas. Sus composiciones fueron rechazadas por muchos, aunque otros las admiraron. Tras su muerte, su música quedó en el olvido y tardó décadas en ser reconocida. La música sostuvo su vida entera, la música y también sus amigos. Una vida que acabó pronto, un año antes de cumplir los sesenta, y que fue demasiado alcohólica y desafortunada. A pesar de todo, su pasión por la música y por componer resistió, aunque eso significó algunas amarguras. Escribió: “Así es como me aficioné a la misantropía; como cultivé la hipocondría y como fui el más melancólico de los humanos. Daba pena verme. Y todo esto me ha sucedido por culpa de la música. Ese arte me ha perjudicado más que beneficiado”. No sé si Satie creía esto de verdad. Me hubiera gustado preguntárselo. Porque, ¿quién era Satie sin la música y qué es la música sin Satie?
Hace unos meses tuve la suerte de conocer a Shelly, a María de la Concepción Gutiérrez Lobo, una cantante de rompe y rasga, pionera del soul y del heavy metal en España que formó parte del grupo Shelly y Nueva Generación, banda que publicó tres singles entre 1968 y 1969 en el sello Philips y apareció en la mítica película “Un, dos, tres, al escondite inglés” (1969) de Iván Zulueta. La conocí en un ciclo titulado “Chicas, chicas, chicas” en la Fundación Club 45, ese curioso museo y centro cultural que el músico Álex Cooper ha creado en Santa Colomba de Somoza, un pueblo de la Maragatería leonesa que no llega a los quinientos habitantes. Al contrario de lo que dejó escrito Satie, Shelly me dijo que lamentaba cada día que había pasado alejada de la música. Y fueron muchos días y muchos años, que acabaron sumando cuatro décadas.
La de Shelly es una de esas historias que tanto nos gustan sobre segundas oportunidades, de esas que nos animan a creer que no ha pasado el último tren, que siempre puede haber otro si nos atrevemos a hacer el equipaje que requiere. Shelly se atrevió, y ahora hace y deshace ese equipaje para los muchos viajes que precisan sus conciertos, tras volver a la música de la manera más inesperada. Fue gracias a un vídeo que se hizo viral en junio de 2025 y en el que salía en los pasillos de un hospital madrileño, al que había ido por una revisión de traumatología. Allí Shelly se encontró con Jonathan Colombo, Franco Bianco y Alberto Menes, músicos del grupo Columbus 3, que estaban animando a los pacientes con una de las actividades que realiza la asociación solidaria Música en Vena. Shelly les preguntó si podía cantar con ellos y ese día fue su renacer. Esos músicos son ahora su banda.
“Si esta oportunidad me hubiera llegado con ochenta, la hubiera aprovechado igual”, me dijo. Casi los tiene y ahí está. Shelly es una gata llena de energía que vuelve a caminar sobre los tejados de la música. Que sus maullidos se escuchen bien alto. ∎