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Firma invitada / El sombrero de hélice (≠ Las elipsis de mis discos durante 20 años ≠)

Episodio 13: El Guadalquivir en Sevilla y el Schuylkill en Pensilvania

Las memorias noveladas de Remate llegan a su capítulo 13, número considerado de mala suerte por, generalmente, cuestiones religiosas o mitológicas. Intuimos que Remate no cree en Dios más allá de lo indispensable (de hecho, no cree: ni es religioso ni mitológico; nos lo confirma vía WhatsApp, que conste). Sí sospechamos que cree mucho en sí mismo, un poco a lo John Lennon (a quien no odia, según nos confirma: “Me encanta”, asegura WhatsApp mediante). Sea como fuere, Remate es un personaje-músico que se ha empeñado en escribir su propia historia a través del recuerdo de aventuras y hazañas que, más verdad que mentira, o las dos cosas a la vez, desde Rockdelux publicamos gustosos desde 2022 porque (1) queremos y (2) porque nos gusta que el artista de culto Fernando Martínez de la Serna, así se llama nuestro hombre, se sienta libre para expresarse sin restricciones ni inhibiciones. En esta ocasión: más vale parecer aburrido... que decir chorradas (conclusión).

Bolo”. “Showcase”. “P.A”. (del inglés public address system). “Timbal base”. “1, 2, 3”. Ese bucle robótico. Cuando entras en una frutería, carnicería... si solo hay una persona, no hace falta pedir la vez. Ese automatismo es el mismo que el de los conciertos cuando llegas a la prueba de sonido. La mayoría de las veces la gente empieza a hablar de términos que suenan a experto, pero que son evidentes o de youtuber, cuando no soporíferos. Hablan de la reverberación natural del sitio, si es demasiada o imposible. Hay unos camareros que pasan completamente de ti, ni levantan la mirada de los hielos y los vasos. Hacen bien, bastante tienen. El dueño de la sala lleva gafas de sol aunque yo no consigo ni ver el pedal de afinación en el suelo, probablemente pise algún cable y provoque un cortocircuito antes de que logre afinar la guitarra.

A veces todo ese entorno clásico de una gira me recuerda a esos ingenieros de sonido que no apartan la mirada del ordenador: las ondas de la música aquí son diferentes. Y qué más da. Apaga la pantalla y escucha la música, su gráfico a mí no me importa, salvo que tenga forma de nubes lenticulares. La seudotecnificación lingüística en la música es característica de gente que realmente no tiene ni idea de música. Son términos que dan igual y que se pueden sustituir por miles de palabras y expresiones. ¿Se escucha bien?, por ejemplo. Y ya. Solo una vez en una sala, concretamente en el Fun Club de Sevilla, el dueño (no me acuerdo del nombre pero era un hombre genial) me dijo cuánto se había emocionado con mi concierto. Sin ningún tecnicismo. Yo solo interpretando canciones fundamentalmente de mi disco “Nelson es perfecto” (2014). El público era escaso aunque insigne (me suele pasar lo segundo; en alguna época también lo primero), Marina Gallardo en primer plano. Recuerdo que hacía frío y ella llegó con el pelo (larguísimo y casi afro) empapado, como si se acabara de zambullir en el Guadalquivir como los que se bañan en el río helado, el Schuylkill, en Pensilvania.

A mí se me da muy bien estar de gira. Hay muchos que se vuelven un poco locos al cabo de los días. Enlazan malos hábitos alimenticios y etc., no duermen bien, pierden un poco el ancla. Yo me concentro, desayuno opíparamente, leo, hablo poco, miro por la ventana de la furgoneta. Pero no lo echo de menos. En la última gira que hice (conciertos de vez en cuando puedo hacer y me apetece de vez en cuando) eché muchísimo de menos a mi hijo (aún no habían nacido sus hermanos) y decidí que ya. Además soy infinitamente más como Haruki Murakami que como cualquier rockero: mi ideal es levantarme pronto (él a las cuatro de la mañana, yo a las seis y media) y acostarme también pronto (él a las nueve de la noche, para mí imposible con tres hijos). Él durante el día trabaja cinco o seis horas y hace ejercicio. La verdad es que es muy parecido a lo que yo intento. Me gustan los conciertos diurnos, y si es al aire libre mejor, aunque el sonido es siempre un problema. Y es evidente que, como dice mi madre, yo gano en las distancias cortas. No creo que haya dado mejores conciertos que esos en sitios pequeños, el Teatro del Arte en Madrid, Heliogàbal en Barcelona... Aunque a veces los grandes fueron divertidos: Primavera Sound 2005, FIB, varios Días de la Música...

Pero prefiero el formato pequeño. Una vez me enfadé un poco cuando hablaron de un disco mío (muy bien) a pesar de su corta duración. De hecho se lo dije al periodista: “¿Qué importa la duración de un disco o el tamaño del cuadro?”. No soporto cuando hablan de obra menor, normalmente además mis favoritas. Pero en ese caso el periodista lo había pensado como halago, y a mí me pilló con cierta susceptibilidad absurda. Pensé un poco en eso el otro día, con la sobreexposición mediática que a veces sucede con algunos artistas de repente. En algún momento tuve bastantes entrevistas concentradas en poco tiempo. Algunos grupos con los que compartía sellos discográficos se quejaban de favoritismo hacía mí. La verdad es que eran tan malos que entiendo su desazón. Si reviso algunas de esas entrevistas de entonces hay muchas veces que me veo diciendo chorradas, nada grave pero chorradas. La experiencia sin duda ayuda a no cometer esos errores: si uno hace entrevistas es parte del trabajo. Nadie mejor para eso que Ian McShane. En la promoción de “American Star” (2024) tuvo mil entrevistas y siempre decía prácticamente lo mismo. Podría parecer aburrido... mejor supuestamente aburrido (ni siquiera lo era) que decir chorradas. ∎

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