Descubierto cuando vagabundeaba cantando en el metro de París, favorito de Paul MCartney y de David Byrne, el londinense Benjamin Sainte-Clémentine es una de las últimas estrellas surgidas en el firmamento del soul más libre del siglo XXI, un músico inclasificable al que se ha comparado con Nina Simone o con Gregory Porter, que lo mismo confiesa su devoción por David Bowie que por Claude Debussy y Erik Satie, todos ellos revoloteando por el alma de “Nemesis”, una de las piedras preciosas de su discografía.
A Benjamin Clementine le gusta afirmar que le encanta la música de Arnold Schoenberg, creador del dodecafonismo, “sobre todo porque estaba loco de remate: la música que hizo es muy dura, entiendo que a la gente de aquella época les costase mucho entenderla. Pero yo es precisamente lo que busco en la música clásica, esa libertad creativa que me permita mezclar estilos e influencias”. En 2022, Clementine publicó su tercer álbum, titulado “And I Have Been”, con canciones conmovedoras como “Delighted”, de la que Ramon Súrio escribió en Rockdelux que “suena a delicia de cámara, con unos coros, de Flo Morrissey, angelicales y exquisitos”.
Casi cuatro años después reaparece con “Pizza Mind”, otra delicadeza a ritmo de vals donde el autor, cantante y actor juega con las palabras y la fonética (pizza mind: peace of mind) para explicar su universo personal, que de algún modo también lo acerca al imaginario de un Terry Callier, un Gil Scott-Heron o un Nick Cave. Griot y cronopio del siglo XXI, Clementine confesó en una entrevista que “las canciones son mis alas, es lo que uso para volar”.
Cabalgando su voz profunda de tenor sobre arpegios litúrgicos de un piano minimalista y juguetón, vuela libre en versos certeros acerca de la banalidad de una vida que apenas exige tu atención lo que dura un vídeo de TikTok: “Todo el mundo quiere su porción de paz / pero nadie quiere coger un trozo. / Se quedan ahí de pie, rodeando el resplandor del horno / con la esperanza de que el calor les haga sabios”. ∎