Cada año me ocurre igual: escribo el último Haciendo Scroll de la temporada en pleno verano, agobiado por la ola de calor de turno, tirando de la escasa fuerza mental que me queda tras un año de cumplir con mi fecha de entrega semanal y con unas ganas inenarrables de pasarme (como mínimo) un mes sin necesidad de estar pendiente de qué carajo está ocurriendo en redes sociales… Adjunto mi último texto, le doy al botoncito de “enviar” y respiro con profundidad y alivio ante la promesa de una tregua.
Pero tan solo unos días después algo cae en mi radar que me obliga a pensar “ojalá tener scroll esta semana para disertar largo y tendido sobre esta gilipollez que me está dando la vida”… En este agosto del año 2026, varios han sido los momentos en que me he visto atravesado por este pensamiento intrusivo. Y, como mientras escribo este texto las redes sociales todavía se están desperezando, me he dicho a mí mismo: ¿por qué no permitirme el lujo de hacer una especie de recapitulación de dos de los momentos destacados de las vacaciones? En serio, ¿por qué no?
Para empezar, las vacaciones son ese momento en el que todo el mundo está disperso y, por mucho que la peña escuche “farmear aura” por aquí o “caída de los influencers” por allá, la cantidad de atención real que dedica a estos fenómenos es menos que cero. Así que no está de más recapitular y analizar en qué han consistido estos virales. Pero, sobre todo, lo que ocurre es que me muero de ganas de bichear sobre estas dos cositas porque, la verdad, son infinitamente más interesantes que cualquier noticia que haya saltado en los últimos días.
Empiezo por lo que me queda más cerca en el tiempo, que es algo de lo que seguro que ya has escuchado hablar: las batallas de farmear aura. El pasado fin de semana estuve en una fiesta de cumpleaños –de gente de mi edad, ya en la mitad de la cuarentena– y obvio que el concepto de “farmear aura” salió a colación de la forma en que suelen salir este tipo de movidas virales: unos preguntan que de qué coño va la cosa, otros intentan responder y al final resulta que nadie tiene claro cómo definir con palabras algo que parece escapar a los límites de la comprensión humana. Porque en verdad nos encontramos ante algo así como una extensión de aquel six seven con el que la generación Z intentó poner a prueba durante un tiempo a las generaciones precedentes. Hasta que se le vio el cartón.
No me escondo: yo mismo, en medio de mis vacaciones y mi (semi)desconexión, no supe cómo explicar este viral que, de repente, había empezado a saltar desde las redes sociales a los medios generalistas. No pasa nada. Con la vuelta al cole, me puse las pilas y descubrí que, según Diccet, parada obligada para cualquiera que quiera saber más sobre el lingo internetil, el “farmeo de aura” es el “hecho de aumentar el aura o carisma una persona por medio de acciones o gestos, ya sea en general o específicamente en batallas o combates dedicadas a ello”. Pero lo cierto es que, como siempre ocurre con este tipo de fenómenos virales que se expanden a la velocidad del rayo en un proceso de mutación constante, esta definición tan básica se ha acabado disgregando y complicando.
Así que vamos por partes. Para entender qué es lo de “farmear aura” es necesario entender primero qué es “farmear” y qué es “aura”, por separado. Porque puede que los menos jugones no sepan a qué se refieren estas dos palabras. Por un lado, lo de “farmear” hace referencia a una práctica muy común en cierto tipo de videojuegos: la recolecta de recursos que te permiten ganar experiencia, algo muy habitual en los farming simulators, es decir, los simuladores de granjas, que son la cosa más adictiva del mundo. Por otro lado, el “aura” es el conjunto de rasgos de un personaje que definen su presencia, tal y como el carisma, la seguridad o la originalidad, todos ellos habitualmente medibles en los juegos tipo RPG.
Ahora viene cuando lo sumamos todo: el “farmeo de aura” son las acciones llevadas a cabo por personas reales con la intención de ganar reputación o subir puntos. Entre estas acciones constan las muestras de carisma, seguridad y presencia realizadas de forma effortless, “sin esfuerzo”. Dicho de otra forma: fardar lo más grande sin que se note que te estás esforzando. Algo que, por extraño que parezca, puede rastrearse hasta un origen muy concreto: el momento en que Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio de 11 años, se hizo viral con este vídeo del año 2025 en el que bailaba de forma despreocupada sobre la proa de una barquichuela que competía en las carreras de Pacu Jalur.
Un año después, tenemos a media España suspendida ante la incredulidad que están provocando las batallas de farmear aura en ciudades como Madrid, Barcelona, Donostia, Zaragoza, Oviedo o Valencia. La cosa va tal que así: la chavalada se junta en lugares públicos y se enfrentan en combates uno contra uno para ver quién farmea más aura a base de bailecitos del “Fortnite” y de series de anime. Y, de vez en cuando, una vieja se cuela en la quedada para marcarse unos movimientos motomami… o para destrozar a los más jóvenes demostrando aquello de que “la que tuvo, retuvo”.
Evidentemente, desde el minuto cero en el que estas batallas de farmear aura cayeron en el ojo público, todo el mundo se precipitó a opinar al respecto. Porque ya se sabe que vivimos en un país de opinólogos profesionales que han vuelto a tomarse esta nueva moda entre los gen Z como aquello de los therians: es decir, como una excusa para recalcar lo jodidísima y acabadísima que está la nueva generación. Su principal argumento es el de siempre: que contemplar este espectáculo da bastante vergüenza ajena. Y puede que sí. Pero también puede que no.
Todo depende de los ojos de quien mira… ¿Da esto más vergüenza ajena que toda una generación que creció pensando que fumar te convertía en alguien carismático? ¿Dan estas quedadas masivas más vergüenza ajena que muchas de las celebraciones tradicionales de las fiestas veraniegas de la gran mayoría de pueblos de nuestra geografía? ¿Dan todos estos bailecitos más vergüenza ajena que toda una generación que creció imitando los gestos de Son Goku? Aquí es cuando nos asaltan las dudas, ¿verdad?
Así que no resulta para nada extraño que, además de toda aquella gente a la que todo esto se la pela a dos tiempos –“Farmear aura está muy bien, pero yo prefiero farmear curasanes de chocolate”, dicen en Bluesky– abunden las voces que defiendan todo esto desde el cachondeo puro. O desde verdades como puños como esta: “Farmear aura es lo que hace tu cuñado en Facebook, pero al revés”. Porque, al final de todo, si te lo paras a pensar, el farmeo de aura “es como un duelo voguing con movimientos anime”. De nuevo, algo que en la comunidad LGTBIQ+ ya hicimos antes… y, lo siento, también mejor.
En redes sociales ya hay quien ha encontrado el Santo Grial de este fenómeno, que no sería otro que “la máquina de farmear AURA” (que, en verdad, hace justo lo contrario a conferir aura). Pero lo que abunda, en verdad, es la búsqueda de personas y personajes que farmearon aura mucho antes de que este concepto existiera, desde Rosalía en sus conciertos hasta la mítica vendedora de la bufanda mágica, pasando por la bailarina estelar de los Juegos Olímpicos de París 2024 y mi favorita absoluta: ELLA. Te pilla Nomi Malone en una batalla de farmear aura y te revienta, chaval.
En resumidas cuentas, nunca está de más recuperar las sabias palabras de El Fary cuando dijo aquello de “Deja a los chavalotes. Déjalos que caminen como ellos camelen. Si los chavales camelan pegarle un poquito a la lejía o camelan pegarle un poquito a la mandanga, pues déjalos”. Porque puede que este usuario de Bluesky tenga razón cuando afirma que “No creo que a la tendencia ‘farmear aura’ le quede más de 2-3 semanas de vida una vez los boomers han asimilado el concepto y procedan a su destrucción por sobreúso de la expresión” (de hecho, que el fenómeno haya llegado hasta mi sección ya es un poco certificado boomer). Pero, al final, todo se reduce a lo que decía El Fary: dejad que los chavalotes camelen.
La caída de los influencers, por su parte, es algo que ocurrió hace ya algunas semanas. Dos semanas, para ser exactos. Lo que viene siendo una eternidad en términos virales. Pero si he querido traerla hasta esta sección es precisamente por la esperanza de que se haga realidad… Aunque sea difícil determinar si hay posibilidades al respecto o no.
Al fin y al cabo, lo que se ha dado en llamar bajo este nombre tan ostentoso –“la caída de los influencers”, al nivel de la caída del Imperio Romano– es básicamente una tendencia que viene de lejos y se extiende hacia el futuro, por mucho que durante unos días todos los ojos parecieran posarse sobre ella con la esperanza de un cambio rupturista y dramático. No ocurrió, evidentemente. Pero que algo no ocurra de la noche a la mañana no significa que no pueda ocurrir por pura acción de erosión. Poquito a poco. Mira tú la gota malaya.
El detonante de la susodicha caída fue la concentración en el tiempo de todo un conjunto de deslices por parte de ciertos influencers que hicieron que muchos de sus seguidores abrieran los ojos ante la realidad de a quién estaban siguiendo. Ahí está El Xokas perdiendo un contrato con Burger King por múltiples motivos (las habituales xokadas), pero sobre todo por jactarse en un directo de que “he ganado más en una promo de Burger King que tus padres en veinte años trabajando”. Ahí está un tal Carliyo El Nervio que tuvo el cuajo de asegurar que el eclipse era un montaje del Gobierno para que no se hablara de su gestión política. Ahí está una tal Fabiana Sevillano que se quejó de tener tan solo un mes de vacaciones cuando la gente normal tiene tres meses… La lista es larga y, no lo voy a negar, no tengo ni repajolera idea de quién es toda esta gentuza. Paquita Salas style, siempre.
Tampoco es que me importe mucho quiénes son. Porque lo que importa de verdad es que toda esta concatenación de deslices hizo que las redes sociales se dejaran embargar por la emoción del “todos los influencers deben arder”. Todos. Que no quede ni uno. Claro que también fue gracioso porque, de repente, hubo un momento en el que estaban los “influencers opinando sobre lo malos que son otros influencers como si no fueran influencers”. Como siempre, “influencers son los demás”. Algo que se puede resumir en este bluit que es una broma interna para jugones, lo siento: “Lo de los influencers hablando de ‘la caída de los influencers’ como si la cosa no fuese con ellos es una trama que ni la saga Kingdom Hearts se atrevió a tanto”. Aunque también hubo negacionistas a los que no se les escapó que darle bola a este tema significaba seguir hablando de los puñeteros influencers. Porque, al final del día, resulta que tampoco es que el contenido de esta gente tuviera menos corazoncitos. Así que a lo mejor era el momento de preguntar: “Esa caída de los influencers, ¿está aquí con nosotros?”.
Lo que me obliga a volver a lo que dije más arriba: puede que sí que esté con nosotros, aunque no de la forma drástica en la que todos desearíamos. Los datos son los que son, tal y como analizó Jorge Richter para ‘El Confidencial’: la 28ª edición del estudio Navegantes en la Red de la AIMC (Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación) certifica que la credibilidad y el poder de influencia de los influencers está cayendo sin prisa pero sin pausa precisamente porque los seguidores han calado la falta de honestidad de un contenido altísimamente patrocinado. ¿Quieres más datos? Pues dale amor infinito a quien sea que haya creado esta página web que se dedica a monitorizar la caída de los influencers en vivo y en directo. Puedes comprobar cuántos seguidores han perdido determinados perfiles en las últimas 24 horas, la última semana o el último mes. Y ni que decir tiene que chapotear en estas estadísticas es lo más placentero que puedes hacer para salvarte de la ansiedad de principios de septiembre, con su vuelta al curro y tal.
Si no, pues nada, siempre nos quedarán los memes y los gifs y los vídeos cachondos que se chotean de una caída de los influencers que en algunos casos ha sido literal. Tan literal como esta burrada de Ignatius Farray. En mi caso, no puedo parar con los vídeos del rollo “primer influencer en descubrir el salario mínimo” o “los influencers viendo que se les acaba el chollo y que la jornada laboral son 8h”. Mis favoritos, eso sí, son los del rollo “Pov: vas a mercadona en 2031”. Y también cualquier cosa que haga Adrián Melero, claro. Aunque, si tenemos que quedarnos con una única imagen que resuma esta presunta caída, por favor que sea esta ilustración que se apropia de un mantra que no repetimos lo suficiente: “Stop making stupid people famous” (“Dejad de hacer famosa a la gente estúpida”). ∎