Cómic

Charles Burns

Laberintos. Edición OmnibusReservoir Books, 2025

La primera vez que los lectores españoles tuvimos contacto con el personal grafismo del norteamericano Charles Burns (Filadelfia, 1955) fue en las páginas de la revista ‘El Víbora’ a principios de los años ochenta del pasado siglo. Su universo es una simbiosis perfecta entre las perturbadoras historias que cuenta y la obsesiva pincelada con que acaba sus dibujos. Con el cambio de milenio, y tras un puñado de desasosegantes historias cortas, sorprendió a todos con su obra maestra, “Agujero negro” (1995-2005; La Cúpula, 1999-2008), donde empleaba las grotescas mutaciones creadas por una epidemia como oscura metáfora de los cambios físicos y emocionales que conlleva la adolescencia.

Aunque las turbias atmósferas creadas por Burns se suelen emparentar con las de cineastas como su compatriota David Lynch o el canadiense David Cronenberg, hay que señalar el cine de serie B o los cómics de terror de los cincuenta como otras de sus claras fuentes de inspiración temática. Sus ambientes encuentran la perfecta puesta en escena gracias a un milimétrico y contrastado trazo de pincel en blanco y negro puro, que el autor mantuvo en casi todos sus cómics hasta la publicación de “Tóxico” (2010; Reservoir Books, 2011), volumen que abría la trilogía recopilada en “Vista final” (2016; Reservoir Books, 2018). Un trabajo inusualmente a color donde se decidió por un acertado cromatismo plano, sin degradados ni texturas, dejando el peso del volumen en la modulación de las líneas de tinta.

Su más reciente obra, “Laberintos. Edición Omnibus” (2024; Reservoir Books, 2025, traducción de Carlos Mayor), originalmente publicada como trilogía (2019-2023; en España, 2022-2024; ver aquí y aquí), parece contener algunos tintes autobiográficos: el protagonista es el joven Brian Milner, un chico tímido, sujeto a medicación, de madre alcohólica y aficionado al dibujo y al cine, que se reúne en el campo con un grupo de amigos para rodar una película casera de terror en formato de 8mm. Entre ellos está Laurie, coprotagonista de la historia, una chica pelirroja por la que Brian se siente fascinado pero con la que es incapaz de comunicarse con naturalidad. En un momento ella, que va a hacer el papel principal del cortometraje, le pregunta de qué va la película, a lo que Brian responde: “Va de toda la mierda retorcida que tengo en la cabeza”. Burns intercala en la narración los pensamientos de ambos, cambiando el punto de vista, para sugerir cómo la subjetividad crea, y deforma, nuestro mundo.

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Mientras Brian malinterpreta las intenciones de Laurie, ella se deja llevar y actúa contrariando sus propios pensamientos, mucho más racionales que los de Brian. El autor juega a mostrar el lado oscuro del sueño americano incluso en las relaciones de pareja, muy alejadas del ideal de amor romántico. El extrañamiento a lo Burns se infiltra en la cotidianidad de la vida de los personajes por medio de inquietantes escenas de ensueño e imágenes simbólicas, salidas de la mente de Brian, que evocan otro de los elementos más sustanciales de “Laberintos”, el sexo, implícito en toda la obra.

La cinefilia está manifiestamente presente en tres películas de las que Burns dibuja algunas escenas. Brian invita a Laurie al cine para ver “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Don Siegel, 1956), y la imagina saliendo desnuda de una de las vainas extraterrestres que replican a los seres humanos mientras duermen, elemento que traslada a su filme de aficionado. La segunda es “La última película” (Peter Bogdanovich, 1971), que establece un paralelismo incómodo entre la relación de sus protagonistas y la de Brian con Laurie. La tercera y última es “El último hombre sobre la Tierra” (Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, 1964), primera y más fiel adaptación de la novela de Richard Matheson “Soy leyenda” (1954), en la que el protagonista, un reflejo de Brian interpretado por Vincent Price, se refugia en su casa porque todos sus amigos, fallecidos y revividos por un extraño virus, vienen a buscarlo cada noche para que se una a ellos.

El título en inglés de la obra, “Final Cut”, nos remite al derecho al montaje final tan reivindicado por los directores de cine, y es seguramente una de las claves del relato. Brian, medicado o no, pero siempre absorto, no acepta la realidad y encuentra su único consuelo en el mundo de la imaginación, de sus dibujos y las películas. Un lugar solitario, un agujero negro, donde muchos adolescentes se refugian ante la dificultad de socializar. ∎

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