En la historia de la novela negra, hay tres nombres que sobresalen a la hora de describir a los perdedores de la sociedad, a esa gente que nunca espera nada bueno a la vuelta de la esquina y a lo máximo que puede aspirar es a aceptar su destino y rendirse. Estamos hablando, cómo no, de Horace McCoy, Jim Thompson y David Goodis. El primero es el gran creador de ambientes degradantes y cómo la atmósfera acaba por atrapar y destruir a estos energúmenos. El segundo habla de los efectos psicóticos del perdedor, es decir, cómo destruye su visión de la moral y el honor y la realidad en pleno. Y el tercero de ellos es el que más indaga en la psicología conductista del perdedor, aquella carga o complejo que lo atrapa para siempre en su propia miseria.
De
David Goodis (1917-1967) conocíamos, entre otras,
“Senda tenebrosa” (1946), cuya adaptación cinematográfica protagonizó Bogart. También sabíamos de
“Disparad al pianista” (1956), la más kafkiana de todas las novelas negras. Y ahora, Sajalín recupera
“La luna en el arroyo” (“The Moon In The Gutter”, 1953; traducción de Diego de los Santos), el mejor ejemplo para adentrarse en los clásicos de la literatura sobre perdedores. En ella, Goodis nos presenta a William Kerrigan, un estibador incapaz de creer ni por un minuto que hay una salida a su miseria.
El argumento es sencillo. Kerrigan vive en la parte más baja de Filadelfia, cerca de los muelles, donde trabaja. Vive obsesionado con descubrir al hombre que abusó de su hermana hasta el punto de que esta acabó por suicidarse en un callejón de mala muerte. Quiere saber quién fue, quiere ponerle cara, pero en ciertas partes de la ciudad los crímenes nunca tienen rostro, solo estragos. En sus peregrinaciones por locales pestilentes, borrachos de vocación y mujeres de mala vida se topará con una mujer irreal, hermosa, rica y enamorada que podría ser su escapatoria del laberinto donde se ha encerrado a sí mismo. ¿Aprovechará esta oportunidad? ¿Merece oportunidad alguna? ¿Existe el destino? Y si existe, ¿puede que no sea uno terrible?
Goodis fue un hombre sin suerte y fue un escritor sin suerte y un auténtico estudiante de las vidas llenas de infortunios. Escribe sin otorgar un minuto de paz a su protagonista, cuyos complejos de inferioridad lo aplastan hasta reducirlo al absurdo. Si pensamos en un ambiente húmedo, industrial, portuario similar a la novela, podríamos relacionarla con “La ley del silencio” (Elia Kazan, 1954). Kerrigan sería, en este caso, un Marlon Brando sin la posibilidad de reprochar su suerte o mala suerte a nadie, ni a su hermano, ni a la mafia, ni a la sociedad en pleno. Es un personaje que acepta que las cosas son como son y que es imposible luchar contra esta certeza.
Por el camino, Kerrigan nos presentará a su familia, a su padre, su madrastra, su hermano drogadicto, su hermanastra, con la que tiene un tórrido affaire, y veremos hasta qué punto lleva en la sangre su podredumbre y vileza. La novela es abyecta, pero lírica, no hasta el punto de “Última salida para Brooklyn” (1964), de Hubert Selby Jr., que canoniza y redime a todos sus personajes por la belleza del perdedor. No, aquí no hay belleza, aquí no hay lealtad, aquí no hay nada de redención, aquí solo hay castigo y obscenidad. Y por ello es una novela más realista que cualquiera de Selby y de cualquier retórico estafador que quiera embellecer la mugre y la vergüenza.
La novela se lee en un suspiro siempre sufriendo en silencio por el destino de este Kerrigan que, haga lo que haga, parece condenado a una vida de desconcierto y degradación sin fin. Los amantes de la novela negra tienen en sus manos una de esas joyas olvidadas de la literatura de género que de tanto en tanto se recuperan casi por azar y que merecen una lectura sin prejuicios, pero sobre todo sin esperanza, porque no todas las buenas historias tienen que acabar bien. Ni siquiera acabar en absoluto. ∎