Libro

Juan Tallón

Mil cosasAnagrama, 2025

Atended a esta advertencia: estar vivo no es lo mismo que estar operativo. Juan Tallón (Vilardevós, 1975) nos pone delante un espejo titulado “Mil cosas” (2025) y lo que se refleja en él no invita precisamente al orgullo. Es, más bien, un retrato de nuestra propia capitulación: el acto de aceptar, sin presentar demasiada batalla, una vida que no termina de convencernos. Tras levantar el monumento narrativo de “Obra maestra” (2022) y jugar a dinamitar la identidad en “El mejor del mundo” (2024), el autor gallego cambia de escala.

La novela se concentra en la última jornada previa a las vacaciones de Travis y Anne, nombres de celuloide que resultan perfectamente válidos en cualquier gran metrópoli occidental. Tallón los deja avanzar por pura inercia, como esos peces que bajan por el río porque no tienen fuerzas para nadar contra la corriente, atrapados en un océano de asfalto, horarios y climatización deficiente donde el reposo es un lujo prohibido. Es un día cualquiera: de trabajo, de recados, de correos sin contestar y de esa sensación persistente de que siempre se llega tarde a lo importante.

En este sentido, la obra de Byung-Chul Han, especialmente en “La sociedad del cansancio” (2010), formuló hace más de una década el diagnóstico de una época marcada por la autoexigencia y el agotamiento permanente. Aquí se recoge ese mismo malestar como materia narrativa: un solo día basta para mostrar cómo la vida contemporánea se fragmenta en tareas, interrupciones y urgencias que no dejan espacio para la pausa. Donde Han analiza el sistema, Tallón lo encarna en lo cotidiano, en la acumulación de obligaciones pequeñas que, sumadas, producen una fatiga profunda y casi invisible. No es fortuita en sus páginas la mención a Tao Lin, quien explora la tentación de desertar del sistema. Pero aquí no hay escapatoria posible. Nos sitúa en el lado de quien sigue dentro, produciendo y gestionando aunque el cuerpo y la cabeza vayan por detrás. Si “Momo” (Michael Ende 1973) creía que el tiempo podía recuperarse, “Mil cosas” parte de la sospecha de que ya lo hemos entregado casi todo.

Resulta especialmente revelador que, en una novela atravesada por la acumulación, Tallón introduzca contrapuntos de “unidad”. Por un lado, la referencia a “El brazo de Pollak” (Hans von Trotha, 2021; Periférica, 2024), una narración construida alrededor de un solo objeto, un resto material que magnetiza toda la atención. Por otro, la icónica escena de “La octava mujer de Barba Azul” (Ernst Lubitsch, 1938), cuando el personaje de Gary Cooper se niega a adquirir un pijama completo si solo va a usar una de sus partes. Vemos aquí cómo un único objeto absorbe una energía desmedida y gobierna la situación: es la concentración extrema frente al caos del exceso.

Tallón maneja todo esto con un humor seco, pegado a lo cotidiano, que provoca una sonrisa incómoda seguida de un “yo he estado ahí”. Y cuando decide que ya hemos corrido bastante, suelta al final un latigazo a mano abierta que te congela la sonrisa. Se ve venir, o algunos intuirán al menos que algo va a torcerse, pero eso no le quita eficacia. Quizá se eche en falta, de vez en cuando, un poco más de tierra bajo las uñas frente a una atmósfera que a ratos se siente demasiado pulcra, demasiado cosmopolita. Incluso habrá quien opine que la brevedad de estos fogonazos narrativos le impide echar raíces en la trama, dejando el impacto emocional en un territorio tibio. Pero seamos honestos: si tenéis 150 páginas de tiempo, “Mil cosas” es inteligente, ácida e incómodamente reconocible. Tan real como el sudor que nos recorre la espalda mientras tachamos tareas que no se acaban nunca. ∎

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