Quien ha visto a Kae Tempest en concierto sabe de la magnitud de sus directos, de la fuerza de su verbo, del flujo y peso de sus palabras. Tempest contiene poesía musical, ¿o su música encarna puro lirismo? ¿Qué fue antes? ¿poeta o cantante, con esa “corriente” (y descarga) verbal tan increíble?
Y es que no solo de música en directo vive Tempest; su creatividad y toda esa magia que proviene de sus fueros internos también pueden leerse. En castellano están editados tres poemarios: “Mantente firme” (2014; La Bella Varsovia, 2016), “Que se coman el caos” (2016; Arrebato, 2022) y el último “Divisible entre sí mismo y uno” (“Divisible By Itself And One”, 2023; Arrebato, 2024; edición bilingüe con traducción de Violeta Gil). Además cabe sumar la novela “Cuando la vida te da un martillo” (2016; Sexto Piso, 2017) y el ensayo “Conexión” (2020; Sexto Piso, 2021), este último una delicia de testimonio para entender la evolución de lx artista.
En su poesía Tempest conjuga lo cotidiano con cercanía, abordando temas capitales: el amor, la supervivencia, el aprendizaje, la precariedad, la conciencia social. En este último poemario aparece alguien tomando conciencia de identidad (hablando de orgullo, de disforia con las formas de identidad del lenguaje inclusivo), pero también sabiendo conjugar al otro, al amante, al prójimo. Su lirismo acude al verso libre, que le permite alcanzar esa combinación de vivencias reveladoras, caóticas, cuestionándose, y repleto de diversidad de simbolismos.
En “Que se coman el caos” exponía su conciencia social y su crítica a la deriva: “Creemos que estamos comprometidos / pero estamos apaciguados / Pegados a la pantalla para / no tener que ver cómo muere el planeta”. También apelaba a la llamada urgente: “¿Qué vamos a hacer para despertar? / Dormimos tan profundamente / Que no importa cuánto nos sacuda. / Si no podemos enfrentarnos, no podemos escapar”. Y luego lanzaba una declaración de principios, o de amor: “Grito a los que amo / para que despierten y amen más”.
En “Divisible entre sí mismo y uno” aparece su lado sociable, festivo (“Todo el grupo pone un poco para pastillas y sidra”), pero también habla de la identidad, del cuerpo, o de recordatorios para hacer de las cosas sencillas, los grandes logros, las imposibilidades que posibilitan (“Ahora no escribo / solo beso y tomo el desayuno”). Ese dejarse ser, permitirse ser. Pero también de soledades, de confesiones (“Mi soledad se alivió / con un cigarrillo lento”; “Me declaré / en la carretera de los pinos”). “Nuestras vidas penden de cosas concretas”, para rematar con “una llama viva que domina / una mecha que desaparece”, como si de eso se tratase la madurez, crecer o transitar.
Luego están los deseos que vuelan libres. “Que los poemas sean ventanas, no las vistas”, o las dudas, como en “me siento tan desquiciade como el mirlo viejo (…) picoteando la palabra equivocada”. Su poesía bebe vida, persigue su lugar, construye su identidad en la soledad del discurso interno o en la interacción con el otro, creando complicidades o distancias. Pero su palabra recapacita, y nos interpela en un diálogo provechoso con la vida. Poesía que conversa y prosigue su camino. Poesía que emana vida y que pretende seguir viviendo más allá del papel, más allá de los límites.∎