Uma Thurman, símbolo, en el primer volumen de “Kill Bill”.
Uma Thurman, símbolo, en el primer volumen de “Kill Bill”.

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“Kill Bill. The Whole Bloody Affair”: Quentin desencadenado

Hoy llega a las salas de cine, en copias de 35 o 70 milímetros según las ciudades, la versión que Quentin Tarantino siempre quiso estrenar de su monumental mezcla de géneros de acción. “Kill Bill. The Whole Bloody Affair” une los dos volúmenes de “Kill Bill”, le da entidad como un único relato capitular, expande una escena y suprime algunos detalles para mejorar el conjunto.

En el desenlace de “Malditos bastardos” (Quentin Tarantino, 2009), Brad Pitt admitía que la esvástica que acababa de grabar en la frente del personaje de Christoph Waltz era, probablemente, su “obra maestra”. Era difícil no leer esa última frase de diálogo del filme como una declaración metatextual por parte de Quentin Tarantino, quien en aquel momento pudo haber pensado que esa película sobre un grupo de cazadores de nazis y sobre la joven judía que inicia un camino de venganza que acaba con el propio Hitler iba a ser su obra maestra definitiva. Dos décadas después del estreno de “Kill Bill. Volumen 1” (2003) y de “Kill Bill. Volumen 2” (2004), sentimos tener que disentir con Tarantino: su auténtica obra maestra, o al menos la más pura y radical expresión de la sensibilidad tarantinesca hasta el momento –aunque “Érase una vez en… Hollywood” (2019) le sigue de cerca–, continúa siendo esta saga de venganza femenina protagonizada por La Novia, un personaje más grande que la vida, instantáneamente icónico, al que insufla vida una monumental (en todos los sentidos) Uma Thurman.

No es una sorpresa para nadie que Tarantino concibió “Kill Bill” como una sola película, un grandioso espectáculo de más de cuatro horas en el que el director de Tennessee exhibía su obsesión poliamorosa y bulímica por diversos estilos, géneros y subgéneros cinematográficos, desde el spaghetti wéstern a las películas de yakuzas, pasando por los filmes de artes marciales de los Shaw Brothers, el anime o la blaxploitation, entre muchos otros. Tampoco es ninguna novedad que fue Harvey Weinstein, el todopoderoso productor actualmente en prisión por abusar de multitud de mujeres durante años, quien propuso a Tarantino dividir la película en dos ante la negativa del director a renunciar a ninguna escena, para llegar a un montaje viable para su estreno en cines. Esta solución de compromiso pudo afectar a la recepción crítica de la película que, sobre todo en Estados Unidos, fue mixta, lo que provocó que, pese a su éxito en taquilla y al estatus que ganó como inmediato fenómeno de culto, ambas entregas fueran ninguneadas por la academia hollywoodiense: ninguna de las dos películas fue nominada en los Óscar, mientras que en los Globos de Oro solo Uma Thurman y David Carradine consiguieron nominaciones. La decisión de estrenar dos películas en vez de mutilar la obra original es sintomática, también, de la estrecha relación que Tarantino y Weinstein tuvieron durante años, tal y como admitió el cineasta en medio de las acusaciones al productor durante el #MeToo. El apodo con el que se conocía entonces al capo de Miramax, Harvey “Scissorhands”, demuestra su salvaje intervencionismo en las películas producidas por su compañía, en muchas ocasiones en contra de la voluntad de los directores. Que la fantasía grandilocuente y excesiva de Tarantino –su “carta de amor sangrienta a las películas”, como la llamó Manohla Dargis– fuera cercenada en dos pero evitara una mutilación aún mayor por parte de las tijeras de Harvey prueba el contradictorio lugar que Tarantino ocupaba dentro de la compañía de los hermanos Weinstein.

Uma Thurman y Quentin Tarantino durante la grabación de “Kill Bill. Volumen 1” (2003).
Uma Thurman y Quentin Tarantino durante la grabación de “Kill Bill. Volumen 1” (2003).

Más de dos décadas después del estreno, llega a España “Kill Bill. The Whole Bloody Affair” (2004-2025; se estrena hoy) con una duración oficial de 260 minutos que incluye 15 de intermedio y que es algo más que las dos películas originales juntas. Tarantino ha llevado a cabo modificaciones que, en algunos casos, pueden parecer epidérmicas, pero que resultan esenciales para subrayar aún más el aspecto hiperestilizado y explosivo del filme. El extenso combate entre La Novia/Beatrix Kiddo/Black Mamba (Thurman) con la catana de Hattori Hanzo (interpretado por una leyenda de las artes marciales japonesas, Sonny Chiba) en mano y los 88 Maníacos de O-Ren Ishii (Lucy Liu), que tuvo que estrenarse en 2003 como una larga secuencia en blanco y negro para evitar la calificación NC-17 (solo para adultos), aparece ahora íntegramente en glorioso y muy sangriento color (con algunos planos en blanco y negro). Otras modificaciones incrementan el trasfondo narrativo y emocional de algunos personajes: la famosa secuencia de anime del volumen 1, que algunos críticos vieron en su día como una digresión innecesaria y otros como una muestra brillante de la naturaleza sampleadora y profundamente intertextual de la estética tarantinesca, se muestra ahora en una versión bastante más extensa y violenta –ocho minutos más–, lo que dota a su protagonista, O-Ren Ishii, de un pasado aún más traumático, vinculado con la pérdida y con el abuso, lo que la conecta con el misterioso personaje femenino central.

O-Ren Ishii y La Novia en “Kill Bill. Volumen 1”.
O-Ren Ishii y La Novia en “Kill Bill. Volumen 1”.
El cambio más significativo tiene que ver, precisamente, con el trayecto recorrido por este personaje, un ángel de venganza rubio enfundado en un chándal amarillo cuyo éxito en la cultura popular (y en las tiendas de disfraces) de los últimos veinte años es solo comparable al que tuvo el corte de pelo y la camisa blanca que, de nuevo, Thurman llevaba en la primera película que hizo con Tarantino, “Pulp Fiction” (1994). En “Kill Bill. The Whole Bloody Affair”, la supresión de la sorprendente revelación al final del volumen 1 provoca que el tenso desenlace –la confrontación definitiva entre Thurman y su examante y mentor Bill (David Carradine, a medio camino entre personaje de wéstern crepuscular y gurú creepy de una secta sexual)– despliegue una poderosa fuerza emocional. Pese a que se sigue manteniendo la muy godardiana división en capítulos, el visionado conjunto de ambas películas revela un proyecto unitario en el que los cambios de tono, estilo y género no son caprichosos, sino que corresponden en gran medida al viaje interior hecho por Beatrix a lo largo del filme.

Bill (David Carradine) y La Novia en “Kill Bill. Volumen 2” (2004).
Bill (David Carradine) y La Novia en “Kill Bill. Volumen 2” (2004).
Ese trayecto personal de la protagonista puede glosarse en dos planos cenitales, y en cierto modo antitéticos, que la muestran tumbada en el suelo: el inicial, en el que cubierta de sangre e impotente escucha el monólogo de Bill antes de recibir un balazo que la deja en coma; y el del final, en el que de espaldas sobre los azulejos de un cuarto de baño llora y ríe al mismo tiempo, liberada al fin de la pesada carga de la venganza. Es un viaje que va del icono imperturbable –el de la mujer vengativa y silenciosa, una versión femenina de los personajes de Clint Eastwood o de los de Alain Delon para Jean-Pierre Melville– a una mujer real, auténtica. Una progresiva complejidad emocional que va desvelándose conforme el filme avanza y en el que tanto la interpretación como la aportación creativa de Thurman –que está acreditada como coautora de la idea original junto a Tarantino– juegan un rol fundamental. Es difícil no pensar ahora, 20 años después, en “Kill Bill” como una obra hecha en clave sobre una era en la que abundaban los hombres que, como Bill (o Weinstein), llevaban a cabo todo tipo de violencias sobre los cuerpos de las mujeres y sobre una de las supervivientes de estas violencias, que tomó su propio camino de venganza y de sanación. Thurman, que nunca estuvo cómoda en su rol de musa y que durante el #MeToo habló públicamente sobre el intento de agresión sexual que sufrió por parte de Weinstein y sobre las prácticas peligrosas que Tarantino le forzó a llevar a cabo durante el rodaje –el director le pidió disculpas y la actriz ha participado ahora en esta versión del filme, poniendo la voz en un nuevo cortometraje animado–, se ha revelado en la vida real como una superheroína de carne y hueso. Cuidado con ella, que puede que aún guarde en el armario la catana afilada de Hattori Hanzo. ∎

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