Película

La grazia

Paolo Sorrentino

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“Año uno” (1974) de Roberto Rossellini recupera la figura de Alcide De Gasperi, el líder de Democracia Cristiana que encabezó ocho gobiernos seguidos en la Italia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Desde el planteamiento didáctico típico de esa etapa de su filmografía, Rossellini presenta al político mediante sus discursos y conversaciones con colegas y contrincantes, subrayando su voluntad de ofrecer un modelo de unidad política en un país en proceso de sanar sus heridas tras años de fascismo y conflicto bélico.

Resulta inevitable pensar en este filme poco conocido de Rossellini ante “La grazia” (2025; se estrena hoy), la nueva incursión de Paolo Sorrentino en los retratos de hombres en el poder. Aunque reincida en su fascinación por este tipo de figuras masculinas, ficticias o históricas como Maradona, el papa o Berlusconi, el Mariano De Santis de esta película difiere del Giulio Andreotti de “Il divo” (2008), aunque comparten militancia en Democracia Cristiana, pero también del Jep Gambardella de “La gran belleza” (2013), otro filme con que conecta, no solo por el protagonismo de Toni Servillo.

Es verdad que aquí nos encontramos de nuevo con un hombre maduro sumido en una cierta melancolía ante el presente que lo rodea, y un tanto obsesionado por el recuerdo de su esposa fallecida. Pero en “La grazia”, Sorrentino aparca el desencanto, el cinismo y el aire grotesco que predominaba en sus panorámicas por la Italia contemporánea para recrear un modelo de político democristiano que parece inconcebible en el escenario actual. El hombre íntegro y meditativo que consagra sus últimos meses en el gobierno a sopesar dos dilemas morales: la aprobación de la ley de eutanasia, que a priori atenta contra sus principios católicos, y la concesión de un indulto –la gracia del título– a una persona acusada de asesinar a su cónyuge. En este último caso, debe decidirse entre dos candidatos: una mujer maltratada que apuñaló al marido o un hombre que acabó con la vida de su esposa afectada de alzhéimer.

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La estructura de “La grazia” coincide con la mayoría de filmes anteriores de Sorrentino. El retrato de De Santis se lleva a cabo a partir del modelo felliniano en que se combinan los procesos de introspección del protagonista con los vínculos con su entorno, todo puntuado con ocasionales fugas oníricas u humorísticas –el tropiezo del embajador portugués– o detalles cuasi surreales con efectos trascendentes: el astronauta en la estación orbital. Pero, lejos de situarse por encima de una sociedad a la que desprecia, aquí el protagonista interactúa con su entorno con el fin de ejercer lo mejor posible su función como representante público. Así, aunque se considere un hombre cobarde e inamovible en sus principios –lo apodan “cimiento armado“–, De Santis decide en esta su última etapa mostrarse dispuesto a escuchar y dudar –la gracia sería también la belleza de la duda– para tomar sus últimas decisiones.

Sorrentino no solo construye un personaje meditabundo y reflexivo. También insiste en la naturaleza “aburrida“, de hombre gris, de De Santis. Aunque la definición no sea exacta, el protagonista se despliega como un personaje más humano, menos arquetípico, que otros habitantes de la filmografía del italiano. A lo que contribuye también la espléndida interpretación de Servillo, más atenta al matiz y a la empatía que al gesto exhibicionista y virtuoso. Aunque el personaje de ficción se alinea en Democracia Cristiana, la película no lo sitúa tanto en el debate político como en el ético. Todo el filme parece defender una Italia en la que prevalecen los principios sólidos pero no dogmáticos y las lealtades por encima de las discrepancias. El tono más sobrio, comedido y empático que conlleva esta perspectiva sin duda le sienta bien a Paolo Sorrentino. ∎

Dilema moral.
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