El primer capítulo de la serie creada por Chris Van Dusen, puesta de largo de la factoría Shondaland (la compañía creada por Shonda Rhimes para producir “Anatomía de Grey” en 2005 ) para Netflix, sirve para ponernos en situación: aquí lo importante es el chismorreo. Una escritora anónima, con el seudónimo de Lady Whistledown y la voz de Julie Andrews, nos introduce en la alta sociedad británica de principios del XIX contando las interioridades de la temporada de verano en la que las señoritas casaderas exhiben sus encantos para encontrar un marido. Hay una chica monísima, Daphne Bridgerton (Phoebe Dynevor), y un duque negro que es un galán pendenciero con traumas irremediables, Simon (Regé-Jean Page). Ambos se encuentran, se atraen y urden una tramilla para jugar al despiste, pero mientras tanto van a bailes de gala pomposos y llenos de bilis, se echan miraditas fogosas y terminan por enamoriscarse.
Por el camino encontramos doncellas mancilladas, señoritos trotones, damas horteras, niñas detectives (y feministas), círculos bohemios viciosos y reinas negras, porque aquí el elemento inclusivo racial parece ser importante. Pero lo verdaderamente jugoso es la forma totalmente adictiva y desvergonzada con la que se compone el abanico de tramas y el despendole descarado que se erige victorioso frente a la hipócrita moral puritana.
En “Los Bridgerton” somos todos voyeurs morbosos en busca de satisfacer nuestros más bajos instintos. ¿“Downton Abbey” meets “Gossip Girl”, como se ha dicho? Puede, aunque también podría ser “Cincuenta sombras de Grey” y “María Antonieta” o “Sálvame Deluxe” y la telenovela “Topacio”. “Los Bridgerton” puede ser lo que tú quieras que sea. De ahí su triunfo, de ahí su versatilidad para enganchar a simpatizantes y escépticos. ∎