¿Por qué creamos? ¿Para quién? ¿En qué momento ese talento que algunos llevan dentro se convierte en una condena? ¿Qué ocurre con la pasión creadora en un mundo en el que el valor de todo lo que hacemos lo marca el éxito comercial, las posibilidades de venderle a otros una idea, una abstracción? Todas estas preguntas, y más, son las que se hace Mayte Gómez Molina (Madrid, 1993) –conocida en redes y en el entorno poético como Ingrata Bergman– en su primera, y brillante, novela.
En ella seguimos las peripecias de Anna, una pintora treintañera que, muchos años después de no terminar la carrera de Bellas Artes, y aún más de ganar un concurso infantil de dibujo que la convirtió en una yonqui de la aprobación ajena, recibe de pronto y casi por casualidad un encargo con el que cualquiera soñaría: una exposición individual en una de las galerías de arte más importantes del país. Esto, que para otros supondría una bendición, una especie de milagro, sume a Anna en una espiral de angustias e inseguridades que la lleva a cuestionar su existencia entera.
Un punto de partida así podría resultar en una novela ombliguista o pedante. En un ejercicio de aburrida autorreferencialidad: artistas hablando de artistas, una escritora (que viene, de hecho, del mundo del arte, y que se dedica a él como docente) que no mide la verdadera importancia o interés de su propia tarea, especialmente en un momento de convulsión política y social como el que ahora vivimos. Pero “La boca llena de trigo” no es nada de todo eso. Al contrario, resulta una lectura apasionante, lúcida, plagada de ideas e imágenes poderosas, profundamente humana.
Llevados por una prosa limpia y certera, que desprende aliento poético sin dejar de tocar el suelo, nos zambullimos en la realidad de Anna durante sus meses de dudas y bloqueo creativo. La acompañamos desde bien cerca en todo momento, conocemos a su familia, exploramos su pasado como estudiante, sus altibajos personales, su compleja relación con el acto creativo, y con la industria del arte. Su paralizante síndrome del impostor, sus breves momentos de paz e inspiración. Todo ello narrado desde una mirada que puede ser serena y tierna, pero también rabiosa cuando la ocasión lo requiere, y que construye escenas en las que se mezclan lo ridículo, lo injusto y lo bello. En sus poco más de doscientas páginas hay conciencia de clase, perspectiva de género, escapadas oníricas, episodios de costumbrismo cálido, y siempre una tremenda honestidad hacia lo que se está contando.
Es esta honestidad, el amor profundo por lo narrado, la que dota a la novela de carácter y personalidad. La que hace que nos interese cualquiera de las cosas que le pasan a Anna, y convierte su historia en un viaje hermoso e imperfecto, igual que lo es la vida de todos los personajes que rodean a la protagonista, y de todos sus lectores. La que hace que el name dropping más o menos constante de artistas plásticos que puebla las páginas no suene a impostura, aunque a veces resulte algo pesado. La que permite que ciertos pasajes, o algunas frases que en otras manos podrían resultar lugares comunes, se lean como si nunca nadie las hubiera escrito antes.
Un autor con voz propia es capaz de explicarnos cualquier cosa e interesarnos. De hacer del detalle más nimio una aventura. “La boca llena de trigo” consigue precisamente eso: describir lo milagroso de la vivencia cotidiana sin que en (casi) ningún momento nos resulte cursi, manido, empalagoso. Hablar de un mundo tan cerrado y autocomplaciente como es el de la industria cultural de una manera que permita que la vida en todo su esplendor y absurdo se cuele por las grietas a base de relámpagos de verdad. Todo esto nos da la medida del talento de Gómez Molina como novelista, y hace que deseemos desde ya una nueva entrega suya en formato largo. ∎