Libro

Mónica Pérez Sobrino

Juegos infamesEspasa, 2026

Bienvenidos a pijolandia. Tirarse de cabeza al universo de Mónica Pérez Sobrino (Zaragoza, 1993) es chapotear en pan de oro. Que nadie espere callejones roñosos con yonquis despojados de sus curros en la cofradía de la tuerca y el tornillo. El carburador de Mónica es charmant, y así son sus novelas. En esta última belle boutade literaria llamada “Juegos infames”, Pérez Sobrino rellena los fuegos artificiales de la narrativa con Martinis, chóferes con nombre inglés, hoteles en la Gran Vía y adulterios de prensa rosa.

Paolita, la protagonista, es una escritora a la que la literatura le llega como una aparición mariana por medio de un zagal del que se encandila porque lee a Salinger. Da gusto saber que había chicas como la de “Juegos infames” que, de jóvenes, cuando leíamos a Salinger o Hemingway a la vista de todos, nos miraban. E incluso les gustábamos por ello. A mí nunca me pasó. O no me caté, que para el caso es lo mismo. Pero si lo pone Pérez Sobrino, alguna verdad habrá en ello.

Volviendo al magma de la historia, el volcán sobre el que se construye todo el mosaico de figuras de lava de la narración recae en la relación de Paola con Julio. Julio es un director de cine de los guais. De los que molan por el personaje más allá de sus películas. Un caballero santificado por unas entradas bastante guaperas. Es sexi y adinerado, y la prota cae perdidamente enamorada. Y digo “perdidamente” con todas las letras porque he ahí el punto de la novela: cómo, habida cuenta de los escarceos narcóticos y traginerviosos de Julio, Paola, la escritora de éxito, va pispándose del embolado en el que se ha visto inmersa.

Sin desvelar demasiado, para los lectores melómanos cabe decir que la banda sonora de “Juegos infames” es de lista de éxitos universal. Entre polvo y polvo, búsqueda de la inspiración creativa y actividades varias, los personajes de la novela escuchan a Chavela Vargas, Leonard Cohen, Nick Cave, Bach, Oscar Peterson o Sam Cooke, entre otros. También leen a gente de nivelazo, pero eso se lo dejo a ustedes para que lo descubran, a ver si ven similitudes. No desvelemos todo el misterio, que si no las cosas se quedan un tanto esbafadas, como dirían en mi tierra maña, que comparto con Pérez Sobrino.

Centrándome brevemente en el estilo, la novela está salpicada por ideas bendecidas con la esquiva sencillez de la verdad. Hay momentos y reflexiones bien atinadas que se prolongan la distancia justa y con las que Pérez Sobrino esparce ramalazos de genialidad. Como motas agrias de cinismo o erudición, con las que la hipertrofiada dulzura de ciertos pasajes y conversaciones acaba formando un tándem muy digno. Uno piensa en Alice Kellen y, de pronto, se encuentra con Marguerite Yourcenar. Todo ello, dicho sea también, con una cadencia a ritmo de metrónomo. La longitud de las frases y el calado de los párrafos filosofantes, clavados en el punto apropiado de la página, dotan la lectura de una agilidad que permite fundirse poderosos trozos de una sentada. Como quien le atiza sediento un tiento a la cerveza.

Sea como fuere, les chivaré algo que no viene en la contraportada o en la faja: lean el maldito libro hasta el final. Sí, porque las cosas, como los chistes, hay que dejar que se cuezan para ser bien digeridas. Y si ustedes, ansiosos tecnohipertrofiados, no cumplen con su debido cometido artístico de terminar el plato, se perderán el toque de gracia. La puntilla que dará sentido satisfactorio a todo. La espina química que, como los tacos en bricomanía, al clavarse se expande y endurece el muro de carga de la novela, convirtiendo “Juegos infames” en una obra compacta que, a más de uno, le hará darle una pensada a sus amores y recuerdos. No vaya a haber, ejem, algo de infame en ellos. ∎

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