Película

Pizza Movies

Carlo Padial

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En “Pizza Movies” (2026), presentada en sección oficial en el pasado Festival de Málaga, se reconoce al instante el estilo inconfundible del cineasta y escritor barcelonés Carlo Padial. Y, sin embargo, también se revela enseguida una melancolía humanista y un infinito amor hacia sus personajes que, tal vez, no eran tan evidentes en “Mi loco Erasmus” (2012), “Taller Capuchoc” (2014) o “Algo muy gordo” (2017). Los protagonistas de estas películas eran artistas (cineastas, escritores, como el propio Padial) luchando una batalla de antemano perdida: la de conseguir crear algo duradero en un entorno progresivamente más hostil, precario y extraño. Desde sus creaciones en YouTube con Dídac Alcaraz, “Go, Ibiza, Go!”, a su último libro, “Contenido” (Blackie Books, 2023), o el pódcast que actualmente dirige y presenta, ‘Media Offline’, el arma secreta de Padial es un sentido del humor muy personal, excéntrico e incómodo (Jordi Costa lo definió en su día como “posthumor”) con el que parece intentar comprender el absurdo mundo que lo rodea, poniendo el foco, sobre todo, en un ámbito muy específico: el de los profesionales que intentan abrirse camino, obcecada e ilusamente, en el ruinoso ámbito de la cultura y la creación artística.

“Pizza Movies” se inicia con una escena fantástica que, enseguida, plantea el tono de la película, así como la peculiar dinámica entre sus dos personajes centrales. Alan (Berto Romero, quien ya protagonizó la divertidísima comedia sobre el mundo del cine “Algo muy gordo”) está lavándose los dientes en el baño de su casa y musitando para sí mismo, ante el espejo, “va a ir bien”. De repente, Thais (Judit Martín, cómica superlativa que tiene aquí su primer rol protagonista en una película), su mujer, lo interrumpe y le pregunta, con tono ansioso, si puede ayudarle a decidir qué ropa ponerse. Cuando se queda solo, Alan vuelve a hablar entre dientes para afirmar, esta vez, “no va a ir bien”. Alan presagia lo peor y no se equivoca: el matrimonio, que se quiere y que ha desarrollado una relación de complicidad evidente, está sometido a un estrés cuyo origen es múltiple. En primer lugar, el agotamiento creativo de él, cansado de trabajar en una agencia de publicidad que no le aporta nada: también la precariedad laboral de ella, crítica de cine y periodista cultural cada vez más desencantada hacia una profesión en caída libre. En segundo lugar, un padre dependiente (Josep Seguí) que cree que es el verdadero autor de toda la obra pictórica de Dalí y un hijo adolescente, Hermes, en un periplo interminable por centros psicológicos y terapias diversas, lo que da lugar a una escena absolutamente hilarante (y reconocible para muchas familias) que tiene como estrella invitada a Bruna Cusí (la película está llena de cameos memorables, desde Joaquín Reyes o Raúl Arévalo hasta un divertidísimo Javier Botet como pizzaiolo con ínfulas artísticas).

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Es fácil reconocerse en las neurosis y angustias de la pareja: Padial y sus coguionistas –la crítica de cine y escritora Desirée de Fez (pareja en la vida real del cineasta) y Carlos de Diego (colaborador habitual de Padial)– consiguen radiografiar a la perfección, desde una visión juguetona, excéntrica y un tanto absurda, el agotamiento de toda una generación a la que se le prometió que el esfuerzo conllevaría el ascenso económico y social y que ahora vive entre la precariedad, la ansiedad y el burnout. Por eso cuando Thais –entre deadlines imposibles de cumplir, películas mexicanas interminables e incomprensibles y festivales que no cumplen sus compromisos económicos (mítica la escena en el cine Girona y la supuesta confusión entre euros y minutos)– se imagina a sí misma feliz cocinando pizzas en su propio restaurante, todas las que nos dedicamos en cierta medida a esto de la crítica cultural entendemos la sensación al instante porque ¿quien, en este sector maltratado, no ha soñado alguna vez con dejarlo todo y ser bibliotecaria, jardinera o, por qué no, pizzera? La premisa del filme es por tanto algo absurda y, a la vez, completamente realista: Thais y Alan no pueden más y deciden –¿por qué no?, ¿acaso no es más desquiciado seguir escribiendo críticas a veinte euros la pieza?– montar una pizzería. Pero no una cualquiera, sino una con temática cinematográfica. Los repartidores serán, claro está, críticos de cine, porque necesitan dinero, tienen tiempo libre y necesitan hacer un poco de ejercicio, argumentos difíciles de refutar. Y el uniforme será (obvio) la ropa que llevaba Mookie, el repartidor de pizzas que encarnaba Spike Lee en “Haz lo que debas” (1989).

Si la primera parte del filme se centra en las desventuras de la pareja –un segmento que funciona especialmente bien y que se beneficia de la química entre dos cómicos de gran nivel: Romero y Martín parecen hechos para estar juntos en pantalla– y la segunda en la creación y organización del restaurante Pizza Movies –una parte que contiene ecos de una heist movie–, la tercera se centra en el juicio al que tienen que enfrentarse Thais y Alan cuando son demandados por un recalcitrante creyente en la propiedad intelectual, el también cómico Miguel Noguera, habitual en los filmes de Padial. Como toda película de juicios, “Pizza Movies” tiene en su desenlace un alegato final que, si no es épico, es extrañamente conmovedor. Tras explicar sintéticamente el declive pos gran recesión de las profesiones creativas en general y de la crítica de cine y del propio cine en particular, Thais afirma: “Y en ese magma depresivo y fétido, aparece una idea. Tal vez un delirio. Quizás un grito desesperado. Pero una idea, al fin y al cabo. Y esa idea tiene un nombre: Pizza Movies”. Padial se revela así como un cineasta que parece creer que la práctica artística, la propia creación cinematográfica, el hecho de hacer una película, esa misma que estamos viendo, puede ser una tabla de salvación ante un presente depresivo y fétido, un modo de revivir unos “sueños de porvenir” que creíamos olvidados. Es un giro humanista y ligeramente optimista en una filmografía que se inició con una de las más oscuras e inquietantes indagaciones en las profundidades del delirio humano, “Mi loco Erasmus”. Será interesante seguir de cerca cómo evoluciona este cambio de rumbo. ∎

El amor es revolucionario; las pizzas, también.
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