Libro

Sara Barquinero

La chica más lista que conozcoLumen, 2026

A veces, la promesa de diseccionar el ego académico termina coqueteando peligrosamente con las dinámicas de un drama de instituto. Porque el ecosistema universitario da para mucho, pero mantener el equilibrio entre el tratado filosófico y la intensidad juvenil requiere una alquimia casi perfecta.

Tras el tsunami narrativo que supuso “Los Escorpiones” (Lumen, 2024), Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) regresa con “La chica más lista que conozco”. El storytelling de partida es tan clásico como infalible: Alicia abandona Valladolid para adentrarse en la selva de la Facultad de Filosofía de Madrid, huyendo a la desesperada de la etiqueta de provinciana y buscando un olimpo de intelectuales que le cambien la vida. Conviene detenerse en la certera advertencia que la autora nos lanza en los primeros compases: “En ausencia de capital cultural hereditario, el deseo de ser alguien deviene necesariamente en vergüenza”. Creerse la persona más inteligente de la sala es, paradójicamente, el pasaje más rápido hacia el más absoluto de los ridículos.

En su equipaje lleva una ingenuidad asfixiante y un arsenal de referentes literarios que no tardarán en estrellarse contra la jerarquía endogámica del campus. Allí, entre despachos que huelen a rancio corporativismo e insoportables cachorros del privilegio universitario, la novela capta a la perfección la esencia de sus clanes con pasajes literales tan mordaces como este: “Pensaron en ser aristotélicos, pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios (...) Nunca se les ocurrió estudiar en serio a una mujer. Tras mucho pensarlo, se decantaron por Sartre, un filósofo que era sencillo asociar con el vicio, el drama existencial, la literatura que se recita con teatralidad en un despacho cerrado”.

En este ecosistema, Alicia cae en la órbita de Juan Comala, un profesor carismático que le dobla la edad y que maneja la vulnerabilidad ajena con la precisión de un relojero sádico. Comala es un narcisista de manual que colecciona alumnas, sí, pero Alicia está lejos de ser un ángel caído. Es una protagonista insufrible, arrogante y dispuesta a sacrificar su amistad con Penny, la única balsa de afecto genuino en medio de tanto naufragio intelectual. Una dinámica tóxica que el propio texto encapsula como una máxima: “El amor, en sus inicios, no va tanto de la persona que tienes delante como de la posibilidad de imaginar junto a ella una vida nueva”.

Todo este microcosmos está regado por personajes que acuden a los cines Verdi a diseccionar “El amante doble” (François Ozon, 2017), “Wonder Wheel” (Woody Allen, 2017) o “Dogville” (Lars von Trier, 2003). Hablan de Paul Thomas Anderson y consumen sus dramas bajo la atenta mirada de pósteres de The Velvet Underground o Elliott Smith, mientras de fondo suenan Serge Gainsbourg y Édith Piaf. Un catálogo de postureo ilustrado que incluso traspasa las páginas. La lista de canciones que se nombra en la novela, titulada “beauty & terror”, está disponible en Spotify para quien quiera sumergirse en ella. Pero mientras Alicia y sus compañeros mastican la teoría para legitimar hasta el más mínimo de sus pasos, en la práctica son arrastrados por impulsos viscerales, traiciones de patio de colegio y una alarmante incapacidad para gestionar el deseo.

A veces vemos un desfile de figurantes académicos, ostentosos, embriagados por su propia pedantería. Sin embargo, y aunque resulta innegable que la autora tiene un dominio envidiable de la pluma, su prosa posee un magnetismo inicial que te fagocita con rapidez, la narrativa termina por volverse un tanto densa. Todo acaba diluyéndose entre los salseos posadolescentes de los protagonistas. El resultado final es un relato de aprendizaje que, atrapado en un bucle de escenas redundantes, carece de la profundidad emocional esperada. Uno no cierra el libro afirmando que confía en el salto de fe de Kierkegaard, en las angustias de María Zambrano o en los “Fragmentos de un discurso amoroso” de Roland Barthes –los verdaderos tótems sobre los que Alicia teclea febrilmente sus trabajos universitarios– para justificar la historia o redimir sus desvelos.

Con todo, no nos llamemos a engaño: “La chica más lista que conozco” copará las listas de lo mejor del año el próximo diciembre. Sara Barquinero tiene “algo”. Un talento latente que hace que, incluso cuando la historia flaquea, su lectura siga resultando estimulante. ¿El próximo libro que publique? Habrá que leerlo también, por descontado. Al final, queda una certeza desoladora: el capital cultural no salva a absolutamente nadie de comportarse como un miserable. Y si cerramos el libro con una punzada de incomodidad, quizá sea porque, en el fondo, todos hemos querido alguna vez ser la persona más lista de la sala, ignorando que el precio a pagar por ello es, casi siempre, quedarse completamente solo. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados

Rockdelux
Ministerio de Cultura
Ministerio de Cultura

Esta revista ha recibido una ayuda a la edición, del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura.