Sun Bai (Shenyang, China) es una ilustradora y autora de cómics afincada en Lille, Francia. Formada en Bellas Artes entre China y Francia, ha colaborado como ilustradora para discos de música, publicaciones como ‘The New Yorker’ o para la marca Chanel. Por otro lado, la de Bai es una de las voces más interesantes surgidas en el ámbito de la bande dessinée independiente en el último lustro. Cofundadora, junto con el francés Lucas Burtin, de la editorial Soleil d’hiver, la autora es responsable de dos títulos editados en España: “La playa más bonita del mar del Norte”, firmado al alimón con Burtin (2021; Fulgencio Pimentel, 2023), y este “Pelícanos eléctricos en los lagos”, de reciente aparición, con traducción de César Sánchez para Fulgencio Pimentel.
Es curioso comprobar un rasgo compartido por ambos cómics: la primera escena de la narración gira en torno a un gesto rutinario, fumar. Lo cotidiano constituye, indudablemente, la base del universo emocional de Sun Bai. Sin embargo, la autora sitúa sus historias en espacios de ciencia ficción y, así, la vida ordinaria impregna lo maravilloso. En esta novela gráfica la narración nos traslada a un futuro de contornos difusos: el protagonista trabaja en una estación espacial situada en mundos lejanos, dedicándose a labores repetitivas de escaso glamur. Algo, por tanto, muy alejado del tono habitual de cualquier space opera: tras años destinado en el espacio, el explorador se ha convertido en un trabajador rutinario y desmotivado. Regresa pocas veces a la Tierra y la memoria de su antigua vida lo absorbe.
La evocación de un día compartido con su mejor amiga –marcado por la evocación de unos pelícanos eléctricos ya desaparecidos, en un parque– y la comunicación a distancia con ella desencadenan la no-acción de un relato introspectivo sobre la felicidad, su ausencia, su pérdida o, quizá, la resignación a perderla.
Hablamos de una novela gráfica sostenida en la idea de lo fútil del día a día. Incluso lo, en principio, maravilloso acaba convertido en un entorno anodino. La resignación ante la rutina cotidiana transforma ese espacio en una suerte de cárcel emocional. Bai no enfatiza mensajes, se limita a mostrar la vida aburrida de su protagonista y su progresiva inmersión en los recuerdos. No hay aspiraciones, solo un laberinto mental de desazón difusa, tibia.
Esta sensación se transmite, sobre todo, a través de un dibujo depuradísimo con ecos tanto del belga Olivier Schrauwen como del manga más contemplativo (Jiro Taniguchi, por ejemplo), pero de gran personalidad. El acabado final resulta fantasmagórico. La paleta, desvaída, recuerda a una risografía agotada por el tiempo. La línea es sintética y, por momentos, descuida deliberadamente los fondos. La paleta cromática se inclina hacia las gamas frías. Los bocadillos y sus diálogos son flotantes, nunca ocultan el dibujo. La rotulación es digital, gélida. La secuencia avanza con un ritmo demorado.
La unión de todo este corpus formal y una narración con deliberadas lagunas narrativas (animemos al lector a imaginar qué suena en el reproductor de casetes) convierte “Pelícanos eléctricos en los lagos” en un tratado de la desazón cotidiana y de una morriña inaprensible. Como ya ocurría en “La playa más bonita del mar del Norte”, lo vivido acaba transformándose en lo añorado. ∎