Los fogones vuelven a encenderse, aunque esta vez a media llama. No por escasez de combustible, sino porque el fuego obedece ahora a otras tensiones: menos evidentes, más reprimidas. “The Bear” (2022-) regresa con su cuarta y posiblemente última temporada adoptando un registro más introspectivo, como si el incendio emocional de los comienzos hubiese sido sofocado, desplazando su urgencia hacia una combustión interior, sostenida y persistente.
Con su creador Christopher Storer más Joanna Calo como showrunners, la serie reafirma su estatus como una de las apuestas más robustas del panorama televisivo actual. No obstante, esta entrega ha generado una polarización notoria entre crítica y público: algunos celebran su evolución narrativa y su inclinación hacia lo contemplativo; otros lamentan la renuncia al vértigo y al conflicto explícito que delinearon su identidad en etapas anteriores. En lugar de responder a las expectativas especulativas que se proyectaban sobre ella, la serie opta por explorar territorios menos concluyentes, más ambiguos, centrados en los procesos internos y las fisuras emocionales de sus personajes. Carmy, encarnado con rigor por Jeremy Allen White, avanza hacia una posible redención como quien se interna en la bruma: cada paso es significativo, aunque el horizonte permanece velado. Su vínculo con la cocina –antiguamente refugio, condena o campo de batalla– adquiere ahora una ambivalencia fundamental, como si el oficio mismo reclamara ser replanteado desde sus cimientos. En este nuevo contexto, la temporada se inscribe en una suerte de liturgia redentora: todos los personajes cargan con sus propias culpas, y todos, en distinta medida, aspiran a ser exonerados. La confesión es muda, el arrepentimiento íntimo, y el juicio –como es habitual en la era prestige TV– recae, de forma irrevocable, en manos del espectador.
Con Syd, interpretada por Ayo Edebiri, se produce un fenómeno paralelo. Su arco narrativo progresa con una cadencia contenida –o quizá comprimida– extendiendo un conflicto que parece ya resuelto en lo afectivo. La tensión dramática se atenúa y da paso a una especie de espera silente en la que todos –ella incluida– intuyen el desenlace antes de que ocurra. Es una elección estilística deliberada que algunos percibirán como madurez narrativa y otros como estancamiento. La serie parece más interesada en habitar la duda que en disiparla. Si esta entrega marca realmente la despedida, lo hace de un modo incompleto. No tanto por lo que expone, sino por lo que decide omitir. Varios personajes secundarios –cuya presencia había sostenido con fuerza equivalente la trama principal– quedan desplazados hacia los márgenes. Las nuevas incorporaciones, si bien prometedoras, no logran consolidarse plenamente: rozan la superficie del relato sin llegar a modificarla. Hay ausencias que no se explicitan y líneas argumentales que se insinúan sin desplegarse con claridad.
Y aun con estas grietas, “The Bear” conserva intacta su capacidad para conmover. Porque incluso cuando no alcanza su punto de ebullición, la serie continúa cocinando –a fuego lento– una sensibilidad inusual en la televisión contemporánea. Hay algo en su forma de observar los vínculos, los gestos mínimos, la intimidad del trabajo compartido, que persiste más allá de cualquier desviación estructural. El guion, incluso en su expresión más moderada, se mantiene preciso y elocuente, y la dirección –seca, elegante, sin grandilocuencias– encuentra momentos de una belleza punzante. Las actuaciones, en particular, sostienen el tono con una naturalidad que disuelve todo artificio. Y, por encima de todo, permanece esa intuición tan singular: que alimentar a otro puede ser un acto de amor. Que cocinar para alguien, incluso en medio del caos o la rutina, implica una forma de cuidado profundamente humana.
Tal vez por eso el desenlace desconcierte. La temporada no clausura, simplemente cesa. El cierre se sugiere más de lo que se articula, como si la serie –fiel a su ética de lo inconcluso– prefiriera detenerse antes que concluir. La sensación que deja no es la de un adiós definitivo, sino la de una conversación súbitamente interrumpida.
“The Bear” ha sido, durante cuatro temporadas, un lugar al que regresar. Este último tramo lo sigue siendo. Solo que ahora, al salir, uno se queda con la impresión de que algo quedó suspendido. Como si la redención hubiese comenzado… pero no alcanzara a completarse. ∎