Gener fue una de las mejores bandas surgidas en Valencia –y alrededores– en los últimos quince años. Muy posiblemente la mejor, en mi opinión. Por sonido, enfoque, apertura de miras, ambición, concepto creativo (incluyendo cualquier aspecto visual), un directo portentoso y, por supuesto, por el relieve de sus canciones. Su líder, Carles Chiner, decidió poner punto final al proyecto en 2021, por agotamiento mental, entre otros factores, tras cuatro álbumes que podríamos calificar entre el notable y el sobresaliente (“Oh, germanes!”, de 2016, fue el más logrado), pero no dejó de componer: siguió con “Amateur” (2021), “Cos mortal” (2022) y “Salvatge” (2023), discos que marcaron el paso del trayecto en solitario de este guionista y compositor de jingles, sintonías y músicas para bandas sonoras y proyectos escénicos de diversa categorización. Los difundió sin apenas promoción, sin entrevistas, sin tiradas ni distribución física, sin tocarlos en directo ni una sola vez. El cuerpo le pedía hacerlo al margen de lo que podemos entender por industria, por escuálida que a esta orilla del Mediterráneo nos parezca. Que nos lo parece. Y muchas veces con razón.
Eso ya ha cambiado con AnimalPersona, su nuevo proyecto, que marca una clara línea de continuidad con lo que fueron Gener. En primer lugar, porque el nombre deriva de “Sóc l’animal persona!”, la enérgica canción que abría el tercer disco del grupo, “Cante el cos elèctric” (2018), cuyo eje temático (por muy modernos que nos creamos, todos podemos reconocernos en un bestiario tradicional) aquí prolongan. Animales somos, en definitiva, esclavos de nuestra bestia interior: esa a la que le han cantado cientos de músicos, de Nick Lowe a Inspiral Carpets. En segundo lugar, porque AnimalPersona son tres de los cinco músicos que integraban Gener: a Carles lo siguen acompañando Enric Alepuz a la batería y Vicent Todolí “Sanguinelli” a los teclados, con la salvedad de que los experimentados (recomiendo sus discografías previas) Samuel Reina y Carlos Soler Otte remplazan respectivamente a César Castillo a la guitarra y a Pasqual Rodrigo al bajo. Y en tercer lugar, porque esto –y es muy de celebrar– tendrá traducción al directo: cualquiera que esté por Valencia el 7 de mayo próximo haría mal en perderse su primer concierto, en la sala Jerusalem.
Explicado todo esto, AnimalPersona van un poco más allá de donde se quedaron Gener en su prospección multiestilística. Quizá se acerquen más que nunca al blues que singularizó su primer disco, “El temps del llop” (2014), en una “Cavallons” que también incurre en la audacia de marcarse un tramo central con marchamo prog pop, apuntalado luego por una dolçaina. Y les sale tan bien que les queda plenamente natural: son muchos los crímenes perpetrados en nombre de la dolçaina en cualquier contexto pop de ámbito catalanoparlante, no lo olvidemos. El soul pop exuberante de “Pecat original”, que se atempera con el toque algo más rhythm’n’blues de “True Crime”, marca la línea de continuidad. También el tenue mood psicodélico de “Rebel”. Pero a partir de “L’horror còsmic” se abre la caja de Pandora y su caleidoscópica visión de la música pop estalla: es casi imposible no acordarse de los mejores Metronomy, los de “The Look” (2011).
“Presència” empieza como como un baladón soul y deriva en un pelotazo de blue-eyed soul mediterráneo (no queda tan lejos el legado de Remigi Palmero y Julio Bustamante), con rap final. “Un món feliç” sorprende con un tratamiento y unas voces robotizadas deudoras del canon Daft Punk hasta que un fade out la hace agonizar para reemerger luego con una coda de soul tórrido a lo Marvin Gaye. “Tots els colors del verd” es una balada ingrávida aderezada con coros infantiles (¿los hijos de Carles?), mientras que el synthpop de “L’amor universal en esquema Ponzi” rezuma el mismo groove que cualquier hit de Tame Impala, y “Crepuscle (instrumental)” pone el cierre con aires de soundtrack fronterizo a lo Ennio Morricone. Las referencias suenan venerables, pero os aseguro que el sonido, como ya ocurría con Gener, es plenamente contemporáneo. El diseño de la cubierta, por cierto, vuelve a ser del propio Carles Chiner. ∎