“Eden” lleva meses en los sets de Avalon Emerson antes de que el disco exista como objeto. La ha tocado en el Panorama Bar del Berghain y en el Nowadays de Brooklyn, y el breakbeat del bajo funciona en los dos contextos, que es exactamente la demostración que necesitaba hacer. Emerson lleva más de una década siendo una de las selectoras más respetadas del underground electrónico –sesiones de once horas en el Berghain, sets que van de drum’n’bass ruso a pop electrónico contemporáneo y bandas checas de los dos mil en el mismo pase, “The Frontier” entre las mejores canciones de la década según ‘Resident Advisor’– y desde 2023 está resolviendo en público una pregunta que no tiene respuesta fácil: si todo eso puede convivir con canciones de pop escritas para ser cantadas. “Written Into Changes” es la segunda entrega de ese experimento y es mejor que la primera.
La diferencia con “& The Charm” (2023) es de escala y de intención. Aquel disco era blando y de dormitorio, en sus propias palabras. Este fue construido pensando en cómo sonaría desde un escenario. La coproducción con Bullion –Nathan Jenkins, el mismo que ha trabajado con Nilüfer Yanya y Carly Rae Jepsen– y con Rostam Batmanglij –exmiembro de Vampire Weekend– da a las canciones una amplitud que el debut no tenía, y Hunter Lombard, su mujer, toca la guitarra en la banda con una presencia que ancla todo en algo más orgánico que electrónico. “Jupiter And Mars”, coescrita con Rostam, podría haber salido de una película de adolescentes de los ochenta, y eso es un cumplido. “Happy Birthday” tiene el pulso de Todd Terje y una letra que dice “demasiado joven para morir, demasiado viejo para abrirte paso”, que es una descripción bastante precisa de cierta angustia contemporánea envuelta en un hit de pista. “God Damn (Finito)” tiene la magnetización disco y la arquitectura funcional de LCD Soundsystem cuando todavía tenía hambre.
Hay una canción sobre una cerveza fría de verano –“How Dare This Beer”– que en otras manos sería un chiste y aquí funciona porque Emerson trata los placeres pequeños con la misma seriedad que los grandes, que es exactamente lo que hacía Stephin Merritt y lo que hace que ese registro no envejezca. Las canciones finales –“I Don’t Want To Fight”, “Earth Alive”– son precisas y bien construidas, pero no tienen el riesgo de lo que viene antes. En treinta y siete minutos eso pesa de otra manera que en un disco más largo: cada canción tiene que justificar su sitio y esas dos lo justifican con menor margen. Emerson sabe hacer cosas más incómodas que esto y ha elegido no hacerlas aquí, que es una decisión legítima para alguien que construye un disco que funcione en los dos sentidos: que quepa en un set y en un vinilo, que pueda pincharse y cantarse. En 2026 eso lo consiguen muy pocas personas. ∎