El estadounidense
David Shea (Nueva York, 1965) era el típico adolescente que tocaba teclados y guitarras en bandas de punk y hardcore cuando, a los 20 años, más o menos, comenzó a trabajar como DJ en los clubes underground de Nueva York. Fue ahí donde lo conoció John Zorn, que lo invitaría a participar en algunos de sus directos y se convertiría en algo así como su mentor, publicándole en Avant, el sello que había fundado en Japón junto a Kazunori Sugiyama –y que lanzó unas ochenta referencias, antes de fundar Tzadik en Nueva York–, su primer disco,
“Shock Corridor” (1992), en el que intervenían también personajes tan representativos de la vanguardia internacional como Ikue Mori, Zeena Parkins, el pianista Anthony Coleman o el percusionista Jim Pugliese.
Shea ha hecho desde entonces de la heterogeneidad una virtud, mostrando un talento especial para el montaje y la yuxtaposición de ingredientes tremendamente dispares. De los
scratches pasó a los
samples y también ampliaría su paleta de colaboraciones, incorporando a otros personajes, como Scanner o Jim O’Rourke, entre otros muchos músicos… y no solo músicos: artistas, cineastas, coreógrafos, etc. En los años noventa ya se había convertido en un creador de complejas amalgamas de géneros y referencias culturales, mezclando
samples, cajas de ritmos y secuenciadores, pasando de la electroacústica experimental a la música tradicional china, el pop, el jazz latino o la exótica, a veces un una misma pieza.
Aunque tiene grabaciones propias tan “nerviosas” como en las que trabajó con Zorn, Shea entró en el siglo XXI focalizándose más en el campo de la electroacústica –fue amigo del insigne Luc Ferrari– y la modificación de grabaciones de campo.
Siempre impredecible, Shea vive desde hace unos veinte años en la ciudad australiana de Melbourne y fue así como entró en contacto con Lawrence English, el compositor propietario del sello Room40, donde ha grabado casi toda su producción de los últimos doce años, de forma, además, más espaciada de lo que fue su prolífica producción de finales del siglo XX.
“Meditations”, que no sé si me pillo los dedos diciendo que es el vigésimo octavo álbum a su nombre, con más de un centenar en los que aparece, es un disco cuyo título sugiere una dimensión espiritual, y Shea se inspira en las tradiciones budistas y taoístas del este y sudeste asiático, que profesa desde su juventud. Su sonoridad es mucho más contemplativa de lo que sus discos más conocidos pudieran dar a entender –ahí entrarían tres álbumes de los años noventa:
“Hsi-Yu Chi” (1995),
“Tower Of Mirrors” (1995) y
“Satyricon” (1997), cuando vivió en Bruselas–, pero hay también obras suyas que podrían englobarse en esta misma vertiente “contemplativa”:
“Rituals” (2014) o
“The Thousand Buddha Caves” (2021).
Sus ocho nuevas composiciones transmiten la misma serenidad y tranquilidad que el taichí que practica también desde joven. Varios de los títulos aluden a esa espiritualidad budista, empezando por la primera de las piezas,
“A Sutra”. Los sutras son textos en los que se exponen enseñanzas y preceptos relativos a las diferentes vías de conocimiento para alcanzar la “iluminación” o realización espiritual completa del ser. Dentro de los distintos sutras existe el “sutra del corazón” –título de otra de las composiciones,
“The Heart Sutra”, que está considerada la más investigada de todas las escrituras budistas, y en la que se escucha a Shea leyendo uno de los discursos históricos de Buda–. Otro título,
“Svaha”, significa “bien dicho” en idioma sánscrito e indica el final de un mantra, y es, por tanto, la tercera de las piezas en las que la voz nos indica el tono ritual.
“A Sunset Walk”,
“Stillness”,
“The Morning I Awoke”,
“Sitting In A Painted Cave” –donde escuchamos a Dylan Foley, en gaélico, recitando un texto que se interpreta como ceremonial– y
“Memories Of Sitting In A Painted Cave” son todo títulos que incitan a la quietud y a la calma.
A lo largo de “Meditations” se nos invita a centrarnos en el impacto mismo de la música sobre el ámbito físico, como si esto pudiera de alguna manera propiciar un cruce hacia dominios mucho más allá de la percepción humana. Ni que decir tiene que estamos ante una obra tranquila, de contemplación, reflexión y escucha activa, que incita a meditar tomando conciencia de la respiración. Shea nos ofrece un conjunto resonante y vibrante de tonos, drones y sonidos que llegan hasta lo más profundo del cuerpo del oyente, haciéndolo temblar con fuerza cimática. Obviamente, el ritual de escuchar música –siempre que sea escucha activa– es personal y único para cada individuo y cada cual puede encontrar significados distintos –sin necesidad de entenderlos, pero sí reinterpretarlos– según sea la sensación de tiempo y quietud que los sonidos aportan. Y los sonidos más occidentales vienen del piano, los teclados electrónicos y la guitarra eléctrica, pero sobre todo destacan los instrumentos tradicionales asiáticos que inducen al pensamiento profundo y armónico –cuencos tibetanos y sheng (un órgano de boca chino)– o vibráfonos. ∎