DEADLETTER es ese sexteto de Yorkshire que nos habla rápido y demasiado alto, como si se les fuera a escapar la idea si no la sueltan ya. En su segundo álbum, “Existence Is Bliss”, todo gira alrededor de eso: pensamiento al límite y tensionado. Como diría Sartre: no basta con existir, hay que actuar y decidir, implicarse.
El álbum arranca con “Purity I”, donde intentan incomodarte con ideas que se repiten. El bajo manda, la batería es metal puro y la voz de Zac Lawrence parece la de un predicador o filósofo que se ha vuelto loco. La letra me recuerda la atmósfera distópica de “The Leftovers” (2014-2017). En esa serie todo gira alrededor de una ausencia que no se puede explicar y que deja a la gente totalmente rota, todos buscan sentido donde ya no hay respuestas de manera clara. En este álbum pasa algo parecido: la culpa, el desgaste y la sensación de estar totalmente atrapados en algo que nos supera se vuelve constante. Cuando Zac recita “odious overlord that needs us numb” suena casi como ese sistema invisible de “The Leftovers” que empuja a la gente a vivir con el piloto automático, sin comprender nada.
DEADLETTER nos está diciendo: hay algo que domina tu vida y que, para seguir dominándote, necesita que estés apagado por dentro. Y luego nos suelta una idea de purificarnos o restaurarnos volviendo a lo básico, casi a lo primitivo: “Back to how it all began… hardly even human”. En la novela de Philip K. Dick “Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968), Deckard vive precisamente en ese límite incómodo: un mundo donde lo humano ya no se define por lo biológico, sino por algo mucho más frágil como la empatía, la conciencia y la duda.
Y ahí encaja perfectamente la pregunta de “Purity I”: ¿cómo evitamos la maldad en un mundo donde la pureza escasea? Tanto Deckard como “Purity I” hablan de lo mismo: intentar seguir siendo humanos cuando ya no está claro lo que significa serlo. Seguir siendo humano se convierte en un esfuerzo constante, una decisión que hay que tomar una y otra vez, una forma de vivir que requiere conciencia. El grupo de Yorkshire tiene claro que “elegir vivir… es un acto heroico”.
A partir de esa idea de vivir de manera activa, aunque el mundo sea un desastre, ya no dejan escapar ese planteamiento: lo transforman, lo llevan por distintas capas mentales sin cambiar realmente de obsesión. Con influencias como LCD Soundsystem, The Stranglers, Captain Beefheart y CAN, destacan por sus letras laberínticas sobre bases de rock alternativo/indie.
De pronto empieza una melodía casi orquestal, repetitiva, que parece estable… hasta que tiembla. Ahí entra la voz de Lawrence, que se repite y tropieza consigo misma, como si algo hubiera provocado un fallo interno en el sistema, un cruce de cables. Se trata de “To The Brim”. La letra gira alrededor de esa imposibilidad de decir lo que realmente se lleva dentro: “Who’s got something that they want to say?”. La garganta bloqueada, que en el último segundo consigue expulsar “give me something” y vuelve a ser ansiedad y acumulación de emociones llevadas al límite, como si después de intentar purificarse en “Purity I” el cuerpo dijera: da igual lo que entre, pero que entre algo. Vivir pese a lo absurdo (que nos diría Albert Camus).
Con “Songless Bird” la banda abre espacio, deja entrar aire, pero el núcleo sigue siendo el mismo. La producción aquí se vuelve más clara, más pulida, y eso hace que el conflicto destaque aún más. Todo resulta más visible. Sobre la canción, Zac Lawrence comenta: “Reprimir aquello que te persigue, que te atormenta, que te paraliza, no es una forma saludable de existir. Al fin y al cabo, ¿la existencia no debería ser felicidad?”.
“It Comes Creeping” entra como una moneda girando en el aire, sin decidir de qué lado va a caer. Las dos caras siguen siendo posibles, y ahí está la tensión. Hay algo oscuro desde el primer momento. Un pulso casi ritual que me recuerda al álbum de Iggy Pop “The Idiot” (1977) con una base rígida pero una voz que parece desbordarse como un rezo torcido, oscuro, pero con algo casi diabólico en el ambiente. Tiene ese rollo casi mecánico y frío pero con una voz muy humana, muy vulnerable a la vez.
“Cheers!” introduce un giro interesante. Hay un momento de lucidez, casi de celebración, pero con una ironía evidente. Como si el darse cuenta no solucionara nada, pero al menos permitiera respirar un poco. Un brindis de esos raros en el que nadie se mira a los ojos.
En “Among Us” la cosa se vuelve más concreta. La paranoia ya forma parte del entorno cotidiano, está integrada. Lawrence hace algo parecido a Iggy Pop: medio discurso, medio descarga mental, control en la superficie pero caos por dentro. El tema captura esa sensación de vivir dentro de algo que ya no se cuestiona. Musicalmente, el ritmo es rígido y mecánico, como si ya estuvieras dentro de la maquinaria. La repetición del estribillo refuerza esa sensación de inevitabilidad.
La segunda mitad del álbum se mete más hacia dentro. “Focal Point” trabaja la obsesión por el propio malestar, esa tendencia a quedarse mirando la herida (al igual que lo hace la poesía de Sylvia Plath). “(Back To) The Scene Of The Crime” convierte la memoria en un lugar físico al que vuelves aunque sepas lo que hay allí, igual que los personajes de “The Leftlovers” volvían a su trauma sin poder soltarlo.
El álbum termina con “Meanwhile In A Parallel”, donde aparece una idea más amplia, casi especulativa, muy en la línea de la novela “El hombre en el castillo” (1962) de Philip K. Dick: otras versiones posibles del mundo, otras realidades coexistiendo, otras vidas que podrían haber sido, esa sensación constante de que lo que vives podría haber sido distinto.
Y, finalmente, DEADLETTER nos deja sin una solución definitiva, sino con múltiples formas de existir, como si el propio disco se desplazara fuera de sí para mirar otras realidades posibles. ∎