“Nobody’s Coming To Save You” es un título demoledor para un disco. Podría servir de eslogan al neoliberal anormal de turno: no es el caso, menos mal. Gurriers han irrumpido en tiempos dulces para la escena irlandesa rockera, reclaman su parte del pastel: lo suyo es dance-rock de tintes siniestros, acelerados, noisy, con discurso difuso, pero discurso. El segundo trabajo discográfico del quinteto –que escogió un pésimo nombre; por cierto, nos pilla lejos la jerga dublinesa–, empieza como un ciclón con el tema que le da nombre. ¿Ilusionará al fan de rock ruidoso pero bailable, esa combinación que tantas alegrías nos dio hace un cuarto de siglo? Pensamos que sí. Además, ¿para qué sirve la tradición si no es para regresar a ella pero con sentires y sensibilidades contemporáneos? Dan Hoff (cantante), Ben O’Neill y Mark McCormack (guitarristas), el batería Pierce Callaghan y Charlie McCarthy al bajo, músicos actualísimos, lo han hecho. Para ello se han salido a jugar un rato con Mark Bowen (guitarrista de IDLES), coproductor junto con Loren Humphrey; a este último se le conoce ahora como productor de Cameron Winter, y tiene entre sus galones haber compartido gira con The Last Shadow Puppets en 2016 (como batería). La idea, como han declarado en alguna entrevista, era subir el volumen, al menos con respecto a su predecesor, “Come And See” (2024), que es con lo único que se les puede comparar. El sonido de la banda está mucho más definido, los temas son mejores. Guiados por Bowen, se han dedicado a sacarle el máximo partido a las pedaleras y a realizar experimentos, con el ensayo/error de premisa para lograr finales felices. Bowen los ha animado a abrazar la imperfección y eso, criaturas del punk, suele funcionar en estos negociados.
A nivel letrístico apuntan alto, quieren que sepamos que son una banda de rock inteligente y comprometida; viene bien, chicos, os necesitamos. Referencias como Samuel Beckett, Rebecca Solnit (autora del célebre “Los hombres me explican cosas”, 2014; Capitán Swing, 2016), Slavoj Žižek y el cachondo de Kurt Vonnegut sirven a la perfección para explicar(se) un presente tan sinsentido como loquísimo, donde debemos hacer verdaderos esfuerzos por no perder la chaveta. So it goes. Utilizan la voz del historiador izquierdista Michael Parenti –fallecido a principios este año– en “Party Lines”, en concreto una frase implacable que desmiente la dicotomía, cínica, entre “países ricos” y “países pobres”: “The third world is not poor / you don’t go to poor countries to make money”. Rock superbailable donde Hoff clama por el canibalismo humano del propio capitalismo. De Solnit eligen un pensamiento violento a la vez que poético, esa imagen de la esperanza como hacha que derriba puertas (en “Nobody’s Coming To Save You”). “Today Is Not Enough”, inspirada en una pintura que el cantante de la banda vio en una galería, se abre paso así, a hachazos, con un trémolo que apenas se va y reaparece secundado por bajos ultragraves. En “Drones”, Hoff exhibe un canto-lamento desganado que hacia el final se transforma en grito, entrando en barrena.
El tramo final del álbum –diez cortes que terminan con una especie de “balada grunge” con matices ochenteros, “Crybaby”– contiene cumbres como “Waiting For Fisher” o “Nothing Happens Twice”, que después de su comienzo engañoso deja a la vista la desolación de la letra (“quiero educarme, pero el sistema lo jode todo”). Eso sí, con un estribillo de diez. La muy melancólica “I Wish I Was” se va engrandeciendo, en especial gracias al bajo, y mantiene el listón muy alto. Definitivamente, superior al debut. ∎