Álbum

Kelly Moran

Moves In The FieldWarp-Music As Usual, 2024

Aunque también ha experimentado con el contrabajo, el oboe, la guitarra o su voz, Kelly Moran es sinónimo claro de un piano de ciencia ficción, de una voluntad de conducir el instrumento en direcciones poco exploradas. Empezó a llamar seriamente la atención con “Bloodroot” (2017), pero acabó de despegar con su debut en Warp, “Ultraviolet” (2018), en el que su piano preparado se combinaba con sintetizadores y texturas electrónicas de maneras tan misteriosas como emocionales. Coproducía Oneohtrix Point Never, y se notaba, pero ella advertía que Lopatin se había encargado de menos del 10% del trabajo.

Ni siquiera un talento así es inmune a la tragedia personal o los vaivenes de la inspiración. En los años transcurridos desde “Ultraviolet”, Moran lidió por crear algo interesante entre las miserias del divorcio de sus padres y un retorno no del todo buscado al hogar familiar (en parte obligado por la pandemia). Quiso llevar su estilo en dirección a la música de baile, pero no acabó de encontrar la llave a esa nueva dimensión. Cuando el piano preparado ya no parecía inspirarle como antes, se plantó ante su puerta un Disklavier prestado por Yamaha… Y algo cambió.

Especie de versión digital de la clásica pianola, este piano vertical tiene la capacidad de leer y ejecutar música y se presta a que un pianista humano lo acompañe, algo que permitió a la artista elucubrar sobre cómo sería conversar consigo misma a las teclas. De aquí surgen las magnéticas piezas de “Moves In The Field”, que desde una cierta distancia pueden parecer más desnudas, más simples, que las de “Ultraviolet”, pero que en una escucha más profunda se revelan como otro hito vanguardista de Moran.

La inicial “Butterfly Phase” delimita el patrón general con brillantez: el diálogo misterioso entre una tecnología de perfección repetitiva (pero menos) y la poesía de una mano humana más libre y delicada. En este tema introductorio, una melodía más o menos rápida y obsesiva, como en arpegio, se une a otra mucho más lenta que hace pequeños apuntes para dibujar poco a poco una contramelodía. Ese contraste regresa en “Superhuman”, cruce de melodías con algo de rápida montaña rusa y otra más cercana a un tren en cámara lenta. Pero la verdadera alianza entre extremos se produce en la increíble “Dancer Polynomials”, en la que frases musicales chispeantes, como gotas de agua repiqueteando a toda velocidad en un time lapse, contrastan con unos tonos realmente graves. Es quizá el mayor hallazgo del disco, con permiso del crescendo magistral de “Sodalis (II)”, con la que Moran buscaba el modo de hacer que el piano “sonara tan rico, resonante y emotivo como fuera posible”. Objetivo plenamente logrado.

Si el disco transpira una cierta satisfacción tranquila, debe ser porque su autora ha encontrado la armonía compartiendo casa, curiosamente, con la viuda de su primer amor. Pero este no deja de ser un disco intranquilo, demasiado inquieto como para ser catalogado de (o empleado como) música de fondo. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados