Los Sencillos son la prosopopeya del desparpajo. Tres canciones en el recopilativo “Barcelona Húmeda” (1989) y un clip de “vídeos de primera” les sirvió para grabar “De placer!” (1990), un elepé capaz de descorrer los visillos de cualquier depresión mediante estribillos adhesivos que coronaban composiciones de ese pop que las novias de los “auténticos” escuchan a hurtadillas.
Sucede que, al contrario de otros (“grandes”) grupos, Los Sencillos suelen comprar (y escuchar) discos y tienen el oído transitivo y lo demuestran, porque este “Encasadenadie” se ha construido con excelentes materiales; el hormigón, abundante, resulta de una mezclilla entre Mánchester, el trópico y el soul de toda la vida, y los ladrillos que lo levantan se han cocido al calor del armonioso matrimonio entre un órgano Hammond y una Rickenbacker que, a veces, hasta hace “wah-wah”. Y el capataz, Jesús Gómez –repudiado por antiguos contratistas–, también se ha ganado la judía.
¿Y las canciones? De entrada, que reciba Audrey Hepburn –aunque no sea en VO– es un lujazo. “Solo para mis ojos” te arrastra irremisiblemente y “Bonito es” –a pesar del rapeado gratuito de Santiago Auserón– podría ser el sustituto ideal para el trasnochado eslogan de Martini. Vientos por su sitio y coros absolutamente teen en “No toques a mi amigo” y “Máquina de bar”, pildoritas vitalistas de tres minutos para desabrochar sonrisas. Habrá a quien este disco le parezca oportunista e intrascendente. Peor para ellos, porque se van a hartar de oírlo. Bonito, bonito es. ∎