Álbum

Nirosta Steel

MY SKYSCRAPERULYSSA, 2026

En un edificio del East Village, el 437 de la calle 12, vivían a la vez Allen Ginsberg, el poeta Richard Hell, el crítico Rene Ricard y, en el último piso, Arthur Russell: figura de culto del downtown neoyorquino que fundió vanguardia, folk y música disco, y al que casi nadie hizo caso hasta después de muerto. A esa casa llegó con 16 años un escocés llamado Steven Hall, que había cruzado el Atlántico porque su madre viuda encontró marido americano por un anuncio del periódico. Ginsberg le presentó a Russell, y de ahí salió una amistad y una manera de hacer música que le duraron hasta que Russell murió, en 1992. Durante las tres décadas siguientes, Hall se dedicó sobre todo a mantener vivas las canciones de su amigo. En “MY SKYSCRAPER”, por fin, están las suyas propias. Bajo el nombre de Nirosta Steel ha reunido cuarenta años de grabaciones, de principios de los ochenta a 2025, en un doble LP de diecisiete cortes. Son un montón de canciones que él nunca dio por terminadas, que existen en varias versiones a la vez, ni grandes éxitos ni una selección demasiado curada. Un sello pequeño de Indiana, ULYSSA, lo rescató después de que alguien subiera a Bandcamp un directo suyo de 1999.

En cuarenta años y un disco doble, por supuesto, cabe de todo. Hay disco, funk pesado y distorsionado, sophisti-pop, ópera de Pekín (cantada en mandarín) y veintidós minutos de improvisación acústica (“FRESH FEELING” y “SPECIAL WEAKNESS”) grabados en los ochenta de una sola toma con Russell a la batería. Hall toca casi todo, su guitarra viene del funk y nunca edita: todo lo que suena pasó de verdad, una vez. Por encima de ese desorden está su voz, que es lo que amarra el disco. Hall canta sin vibrato, en tono plano y puro, un método que aprendió con Russell y que consiste en no adornar nada. La graba muy cerca del micro, con confidencia pero seguridad. En “GREY BOY” la deja casi sola, a capela, multiplicada en un coro de iglesia irregular.

Así, “BOSS TRIX (BENNY’S SONG)” es un disco funk lento montado con cuerdas, metales y crujidos de fondo, con una voz apilada en muchas capas. Encima, Hall canta “it’s all coming down, blessings of peace and love” en una oda a un antiguo novio taiwanés que es tan tierna como guarra. En el otro extremo está el díptico central, “FRESH FEELING” y “SPECIAL WEAKNESS”, veintidós minutos en los que la batería de Russell no falla un golpe en una sola toma. Ahí suelta uno de los versos que mejor lo retratan, “what do you do when you find yourself in love at two places at the same time”, antes de rendirse con un “so I’m going back to a love in present tense”. Por su parte, “FIRST LOVE” está dos veces en el disco, en dos cortes separados: una “Ruffian Mix” desnuda y, más adelante, una “Moonbeam Mix” de discoteca. Un tema, dos estados de ánimo, la prueba de que para Hall una canción nunca está del todo terminada.

Las letras van de una sola cosa contada de mil maneras: el deseo. Hall canta a amantes de Taiwán, de Bangkok, de Hong Kong, a las trastiendas de los clubes gais del Nueva York anterior al sida, a la fiesta y al sexo sin pudor ni culpa (“all day I dream about sex”, suelta en “LOST IN MUSIC”; “I’m invincible when I’m wet”, presume en “THAITANIUM”). Es un superviviente y lo sabe. Toda esa vida está en el disco como quien vacía un cajón. Hall estaba dentro de un Nueva York que ya no existe pero no idealiza nada. No hay “qué tiempos aquellos”. Hay cuarenta años revueltos, versiones que se pisan, un tema de los ochenta pegado a otro de 2025 sin que se vea la costura. “MY SKYSCRAPER” demuestra que Hall no era el escudero de nadie, aunque llevara cuarenta años cantando a oscuras. A los 69 ha encendido la luz. ∎

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