Álbum

Ólöf Arnalds

SpíraBella Union-[PIAS] Ibero América, 2025

El apellido Arnalds os sonará. Efectivamente, la cantante y multinstrumentista islandesa Ólöf Arnalds es prima del compositor posminimalista Ólafur Arnalds: sus padres eran hermanos. Formada como violinista y cantante clásica, Arnalds era, de niña, fan de Schumann, Schubert, Berlioz o Berio, pero ver en los telediarios islandeses la noticia de la muerte de Kurt Cobain hizo que se convirtiera en fan incondicional suya y empezó a tocar también la guitarra, tratando de calcar el sonido del “MTV Unplugged In New York” (1994) de Nirvana.

Posteriormente, durante cinco años, de 2003 a 2008, formó parte de la banda de directo de múm antes de iniciar su trayectoria en solitario como cantautora folk, con un estilo personal de trovadorismo renovador del acervo tradicional. En sus discos han colaborado desde Björk hasta integrantes de Sigur Rós o Amiina, los otros dos grandes grupos islandeses. Pero su carrera, que parecía discurrir sobre raíles –cuatro álbumes entre 2007 y 2014; los dos últimos, “Sudden Elevation” (2013) y “Palme” (2014), cantados en inglés–, aparentemente descarriló y han pasado once años hasta que ha aparecido el quinto, “Spíra”. En estos años, Ólöf se centró en criar a su hijo y a su hijastra, y trabajó como redactora publicitaria. Pero ahora, con su hijo ya adolescente, ha regresado a la música y al estilo de su primera grabación, “Við og Við” (2007), con un disco en el que también participa su esposo y productor, Skúli Sverrisson, director musical de Laurie Anderson que, como gran instrumentista de jazz que es –ha trabajado con gente como Wadada Leo Smith, Lou Reed, Jon Hassell, David Sylvian, Arto Lindsay, Ryuichi Sakamoto, Jóhann Jóhannsson o Hildur Guðnadóttir–, toca guitarras y bajos.

En “Spíra” (que vendría a significar “brote” o “retoño”) ha vuelto también al islandés como lengua vehicular, y aunque cante como una niña, ya no lo es: es una veterana de 45 años, pero lo hace con una sencillez y ternura que parece que estuviera desvelando sus sentimientos más íntimos, de tal forma que el disco cautiva sin necesidad de comprender ni papa lo que dice.

La primera canción, “Heimurinn núna” (“Nuestro mundo ahora”), acompañada por el íntimo punteo de guitarra en el que incluso se puede escuchar el movimiento a lo largo de los trastes, es, para mí, la canción más hermosa y destacable de un disco ya de por sí memorable, un excelente ejemplo, además, de cómo un acompañamiento musical reducido a la mínima expresión –¡ni siquiera hay percusión!– puede resaltar la intimidad, la fragilidad y las cualidades únicas de la voz humana, más aún cuando la voz es tan especial como la de Arnalds. La quietud y la sobriedad con que Arnalds lo envuelve todo realza la emotividad del álbum, en el que “Tár í morgunsárið” (“Lágrima al amanecer”) es otro reflejo de esa especie de calma contemplativa general del LP, con la relajante y encantadora interacción entre el piano y la guitarra. Otra pieza a destacar podría ser “Afl þitt og hús” (“Tu poder y tu hogar”), que, con su solitaria guitarra, es la que desprende un halo más folk y tradicional.

He dejado para el final que las comparaciones entre Ólöf Arnalds y Joanna Newsom son habituales, y están justificadas por su tono vocal similar, sus melismas descendentes y el tono estético general. Sin embargo, la diferencia crucial estriba en que la música de Arnalds tiene orígenes más tradicionales y cercanos al tipo de progresiones cíclicas que se encuentran en la música tradicional escandinava. Un verdadero regreso para una voz única que representa y enriquece su patrimonio cultural. ∎

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