Álbum

Pablo y Los Ciervos Dorados

VinoHumo Internacional, 2026

Arranca el otoño del sello Humo Internacional con el debut discográfico de Pablo y Los Ciervos Dorados, un grupo de Pontevedra surgido del Liceo Mutante, epicentro musical gallego, todo un sello de calidad. Después de varios proyectos que no alcanzaron la notoriedad deseada, Pablo Corbillón, su alma compositiva, publica con sus Ciervos “Vino”, un disco de siete canciones grabadas por Ibán Pérez en el estudio Terraforma que parecen dibujadas a lapicero, con borrones incluidos. En conjunto, funcionan como pequeños cuentos sonoros de ritmo pausado y aire melancólico con estallidos de violencia en forma de ruido y cacofonías vocales, como al final del vals “Canción de odio”.

Apadrinado por Xose de Cuchillo de Fuego, este cuarteto gallego lo completan Elena Corbillón a la batería, Álex Otero al bajo y Rodrigo Cota a los teclados. La voz de Pablo se desenvuelve en los primeros compases de “Vino” con una intimidad propia de un Bill Callahan en su mejor época para luego dar rienda suelta a un lirismo arrebatador con falsetes que aspiran a alcanzar al Jeff Buckley más emotivo. El tema central de dicha canción es un juego de palabras, el de la bebida espirituosa y el pasado del verbo venir, que parecen hacer alusión a esa búsqueda de evasión en los bares tras la jornada laboral o al regreso a la provincia después de haber sido explotado en la gran capital. “Sé que hay una manera de hacerlo bien”, como conclusión posirónica ante ambas posibilidades.

Como el propio Pablo reconoce, no hay linealidad en el total, sino que cada canción es un relato independiente que puede alargarse de manera imprevista o bien desvanecerse en menos de un minuto. Una emoción tierna recorre las pistas, sobre todo en la instrumental “Te tengo a mi lado y no sé cómo hacerlo”, conectada con el final del wéstern “Noche de San Juan”. Sin duda, “Ciervo Dorado” es la más lograda y abierta a todo tipo de públicos por su aire pastoral y pequeñas referencias a canciones que todos conocemos. ¿Quién podía imaginar que este poema cantado finalizara con “Amigos para siempre” de Los Manolos? Ahí está el truco para que el resultado sea brillante y honesto: esa mezcla justa entre aire elevado, pero a la vez popular, sin renunciar a los estribillos que a todos nos han formado y permanecen alojados en nuestro inconsciente. No en vano, el álbum finaliza con una reconstrucción personal del cumpleaños feliz, titulada mágicamente “23:59” en honor a esas esperas con el teléfono en las manos antes de felicitar a un ser querido.

En cierto modo, el ambiente que los músicos construyen recuerda mucho a su banda amiga Ramper, siendo custodios de una nueva sensibilidad por la música reposada y ominosa, con regusto íntimo y lowercase. También merece la pena observar la confluencia en el tiempo con el diablo de shanghai, una de las bandas del momento, con la que tienen en común esos arrebatos impulsivos que destrozan el orden de las cosas de manera imprevista con derroches de honestidad o golpes de locuacidad, aceptando que la versión final no tiene que ser bonita ni perfecta. Ante todo, se trata de una escena que no tiene miedo de expresar sentimientos de manera cruda y visceral, ni tampoco alargar canciones hasta los diez minutos en una era de déficit de atención e imperio algorítmico, con temas que piden a voz susurrada (que no en grito) “siéntate y escucha”. ∎

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