Desde 2017, Serpent opera en los márgenes del post-hardcore estatal sin terminar de adscribirse a la ortodoxia del género. Tras tres lanzamientos que exploraban estructuras más nerviosas y rítmicamente accidentadas, el cuarteto barcelonés presenta en “Absolutisme zen” once cortes que priorizan la solidez estructural sobre la experimentación formal: dentro de lo suyo, la búsqueda del hit (dentro de lo suyo, tampoco es que se pueda hablar mucho de hits). El cuarteto se formó mirando a Washington y San Diego, con Hot Snakes o Jawbox como referentes declarados, pero “Absolutisme zen” no suena a ejercicio de estilo ni a arqueología noventera: de hecho, se aleja bastante del canon y de los puretas.
“Absolutisme” remite a las formas actuales del totalitarismo; “zen” introduce una ironía sobre ese estado de pasividad complacida que se confunde con calma. El título nombra, por tanto, un presente en el que el poder ya no necesita imponerse por la fuerza: le basta con moldear hábitos, gustos y formas de atención. Por eso el disco entiende que la disidencia no desaparece porque se prohíba, sino porque se diluye entre la saturación, el entretenimiento constante y el ruido de fondo. Desde ahí, Serpent tratan de ocupar esa disidencia a través de lo evidente (un rock crudo, directo, sin pulir). Pero son, al mismo tiempo, disidencia dentro de su propia escena, donde su tendencia a abrir las estructuras y dejar entrar lo melódico puede resultar excesiva para los hardcoretas. “Vell i cabrejat”, por ejemplo, con un inicio marcado por una caja de ritmos digital, se asemeja en muchos factores a cuando en 2020 Viva Belgrado publicó “Más triste que Shinji Ikari”: con ella, Serpent rompen el pacto de agresividad constante del post-hardcore, y esta apertura hacia el bedroom pop o el emo permite que el disco respire, alejando al grupo del purismo del tupa-tupa y acercándolo a un post-punk de autor.
Así, “Vell i cabrejat” no es una elegía a la edad, sino un rechazo a la nostalgia como modelo de negocio. Por su parte, en “El dia que vaig parlar de sentiments”, el análisis se desplaza hacia la masculinidad, abordándolo desde la vulnerabilidad antes que desde la proclama política. Serpent han podido simplificar la arquitectura de sus canciones (abandonando las matemáticas para centrarse en el mensaje, como en “Mai ningú enlloc” o “Diners i abdominals”), si bien en la pieza de cierre, “Ventafocs”, convergen ambas posturas: el cuarteto concluye con un compás de 5/4 y texturas arabescas, funcionando como un apéndice de tensión psicodélica que rompe con los diez cortes anteriores.
“Absolutisme zen” es un disco más pop, pero también más conceptual. No entra a hostias como los grupos de rock panfletario adolescente, pero tampoco se andan con las metáforas de la madurez. Se limitan a sonar como una banda que ya no necesita demostrar que conoce el canon: lo integran con muchas comillas para hablar de un presente saturado y anestesiado. Seguir los clichés propios del género sería saturar todavía más a nuestro amigo mercado, por muy contracultural que el post-hardcore se piense a sí mismo. ∎