Álbum

Ty Segall

ChromeDrag City, 2026

Los enterradores del rock’n’roll lo tienen crudo con Ty Segall. El angelino ha asumido esta tradición así: sin revivalismos, sin deudas excesivas con la música que ama (desde T. Rex a Hawkwind o Captain Beefheart), o con hermanos mayores como John Dwyer, sin golpes de pecho ni falsas autenticidades, sin creerse el más cool de la habitación. Trabajando con una pasión desbordante. Su natural electricidad sitúa su obra en la hendidura clasicista, contemporánea en su factura. Todavía andábamos enganchados a “Possession” (2025), catalogado como una especie de pop álbum, mucho más asequible que el rarísimo “Love Rudiments” (2024), cuando va el menda y se junta con su banda (Ben Boye, Evan Burrows, Mikal Cronin, Emmett Kelly), una Freedom Band hasta los topes de fuzz que le sigue el rollo con pasión. Esta vez tocaba subir el volumen y currar de manera más colectiva. Según ha contado en ‘Occult Magazine’, le encanta tanto el sonido de su gente que sintió la necesidad de hacer otro “disco en directo en el estudio”, de modo que dicho y hecho. Se han sumado de nuevo a la excursión el cineasta Matt Yoka y la esposa de Segall, Denée, con la que ha coescrito varias canciones.

El talento de Segall como multinstrumentista es conocido, pero aquí asume la identidad guitarrera con la máxima intensidad. Los adelantos de “Chrome”, “Black Paint” y “Running To Nowhere”, auguraban un maximalismo que se ha visto confirmado con la escucha del resto. Nueve canciones, media horita a la que debemos sumar el EP publicado aparte, titulado “Love Fuzzz”, con dos temas expansivos de más de diez minutos cada uno. Y cuidado que en enero de este año ya lanzó otro disco en este formato, “‘Live’ ‘At’ ‘The’ ‘BBC’”, firmado como Ty Segall & The Muggers –con King Tuff entre sus filas–, para celebrar los diez años de “Emotional Mugger” (2016), desquicie puro, donde perpetran una versión psicótica y punzante de “L.A. Woman”, por ejemplo.

En fin, volviendo a “Chrome”: el disco desprende el halo poderoso que despiden los trabajos superiores de este músico, dechado de talento y currante como pocos. “Black Paint” era un pelotazo que empezaba con un estribillo romántico (“There’s no why for my true love / Only me and you / So I cry for my true love / What else can I do?”): la voz del rubio y una guitarra suficientemente sucia a la que pronto se superponen las demás, un pelotazo, a cualquier nivel, rítmico y melódico. “Running To Nowhere” oscila entre la agresividad y la delicadeza pop en las voces de una manera magistral, ese contraste que nos encandiló desde “Manipulator” (2014). “Hospital” empieza con una línea de sintetizador realizada con secuenciador –inspirada en electrónica de los noventa–, seguida de una declaración de amor (“she’s like a hospital to me”), una invitación a la banda a hacer lo suyo, con un puente instrumental espléndido, de duración exacta, sin excesos, terminando con un solo. Ni las guitarras distorsionadas ni los fills de batería dan tregua, en “Glass” por ejemplo, canción con dos secciones que se ralentiza para entregar el protagonismo a las melodías guitarreras, inspiradísimas.

Garage rock que va más allá del ruido por el ruido, dado que voces y armonías importan, mucho. Los arreglos, igualmente: escuchad si no el piano con el que “Play Cowboys” nos lleva de la mano al final. La energía guitarrera no da tregua (“Let Go”, esos pedales por dios santo, vaya tela el Fuzz War), con matrícula de honor para “Everything You’ve Been”, en la que debemos destacar las baterías de nuevo, nada extraño, ya que, a diferencia de otros compositores roquistas, Segall es batería y, toque o no el instrumento en una canción, es un obseso del ritmo. El cierre (que da título al disco, “Chrome”), encierra una paradoja en la lírica: “When I died I was alive, yes”, que canta Ty en modo mantra, con la banda pisándole los talones. Es un discazo. ∎

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