Ulrika Spacek es un quinteto británico fundado en Reading en 2014. Si quisiéramos ponerle una etiqueta, al principio pudo ser “shoegaze”, ámbito en el que se situaban (o se les situaba) por cercanía con Slowdive, antecesores y vecinos suyos en Reading, de los que fueron teloneros en varias ocasiones. Pero ahora, con el tiempo trascurrido –“EXPO” es su cuarto álbum–, podemos definirlos como “art rock” y eso sería mucho más certero.
Ulrika Spacek no es una banda muy prolífica y tampoco ha sobresalido nunca. Se mantiene en esa categoría de “banda de culto” que era tan habitual a finales de los ochenta, cuando los músicos a los que se les aplicaba se caracterizaban por ir a su bola y no ambicionar nada que no fuera otra cosa que el reconocimiento de un público selecto y esa cosa tan etérea que es “el prestigio”. Ulrika Spacek lo ejemplifican a la perfección: cuentan con una base de fans leal, pero no viven por completo de su música y sí de empleos freelance –además, varios de sus integrantes viven en ciudades distintas; su cantante, Rhys Edwards, por ejemplo, vive en Estocolmo–, así que los períodos para componer después de una gira –para las que suelen aprovechar los momentos vacacionales de su guitarrista, Rhys Jenkins, profesor universitario de física– suelen alargarse. Pero cuando se reúnen salta la chispa: no son en absoluto previsibles y podría jurar que no hay otro grupo británico que haga en la actualidad lo que ellos hacen, tendiendo a lo hipnótico y lo psicodélico… y lo diferente. Ese tipo de cosas con las que Bowie nos sorprendía a principios de los setenta o Wire a finales de la misma década. O Radiohead a lo largo de los noventa.
La libertad con la que trabajan les permite emplear la experimentación sin ponérselo demasiado difícil al oyente. No buscan la complejidad ni resultan pretenciosos intentando apabullarnos con la cantidad de elementos distintos que consiguen juntar en cada composición. Al contrario: el equilibrio entre lo que aún se puede considerar rock y lo que se puede considerar experimental se decanta ligeramente a favor de lo primero. Es más, lo experimental puede tomar la forma de lo más convencional: a modo de ejemplo, “Weights & Measures” tiene una sonoridad a lo canción de película de James Bond en cuanto entran los arreglos de cuerda. Jamás lo hubiera esperado… pero es así.
Ahora, aunque “EXPO” sea una nueva vuelta de tuerca a su mezcla de sonidos analógicos –siguen tan fieles al formato de disco de vinilo que todos sus discos (salvo un EP de cinco canciones) duran en torno a los 45 minutos, distribuidos en dos “caras” de cinco canciones cada una– y exquisitos ejercicios de diálogo entre instrumentos, la aparición de sonidos, tratamientos electrónicos y samplers está más presente y/o extendida que en sus discos anteriores. Hasta podríamos decir que las guitarras, que eran una de sus señas de identidad, han limitado su presencia. Por ejemplo, en “Build A Box Then Break It”, tal vez la pieza más atmosférica y enigmática del álbum, en la que casi desaparecen por completo. La hoja de promoción habla de samples digitales de batería sobre las que han grabado baterías reales –aunque no es algo que yo consiga distinguir– y puede que sea precisamente en “Build A Box Then Break It” donde más se escuchen esos efectos en particular. ∎