Suele decirse que la música se construye sobre sí misma, como una sucesión de capas que nacen de un primer latido tribal. Con Van Morrison (Belfast, 1945), esa certeza alcanza una rotundidad difícil de discutir. A sus 80 años, sigue publicando discos con una regularidad casi obstinada. “Somebody Tried To Sell Me A Bridge”, su álbum de estudio número 48, llega poco después del vigoroso “Remembering Now” (2025), que venía precedido por la recuperación del tema nominado al Óscar “Down To Joy”, una canción largamente gestada y conocida por su uso en “Belfast” (Kenneth Branagh, 2021). La cifra “48”, por cierto, admite matices según el rigor del archivero, que incluya o no experimentos instrumentales como “Beyond Words” (2023) o entregas como “New Arrangements And Duets” (2024), cuyas pistas acumulaban polvo en los estantes. Sea como fuere, el pulso creativo sigue intacto.
El León de Belfast vuelve al blues para reclamar la vigencia de un sonido que él mismo ayudó a cimentar. Esta entrega abre el año con veinte cortes que se sumergen de lleno en este territorio que ha atravesado su carrera desde el principio. Antes de las derivas hacia el jazz, el folk, el R&B, el country o el skiffle, Morrison ya cantaba blues, rock y soul al frente de Them, algo que los seguidores más fieles aún recuerdan bien. Ese lenguaje nunca ha desaparecido del todo de su música: ha cambiado de forma, se ha mezclado con otros estilos, pero siempre ha terminado reapareciendo, como esas influencias que no se abandonan del todo.
Para este rencuentro, el campamento se trasladó al Studio D de Sausalito en California. Allí, bajo la mirada técnica de Jim Stern y Ben McAuley, el disco captura una energía volcánica. El sonido huye de la pulcritud digital del laboratorio. La grabación respira la verdad del instante, capturando el aire caliente de una sala donde los músicos tocan a quemarropa. Morrison despliega a su legión de confianza para asegurar la autenticidad del pulso. El bajo de David Hayes y la batería de Larry Vann sostienen un andamiaje de hierro. El piano de Mitch Woods y el Hammond del incombustible John Allair aportan el brillo necesario. La presencia de Anthony Paule, al frente de su Soul Orchestra, garantiza una densidad melódica que remite a los años dorados del género. Es un reparto de sabios que evita cualquier rastro de nostalgia polvorienta.
El arranque con “Kidney Stew Blues” y “King For A Day Blues”, que pertenecen al legado de Eddie “Cleanhead” Vinson, establece un groove de big band esquelético y vibrante. Morrison sopla el saxofón con una elegancia que asusta, demostrando que su pasión permanece intacta. El corazón del álbum llega con la revisión de “Ain’t That A Shame”, el himno que popularizó Fats Domino. Aquí Morrison ralentiza el tempo hasta convertirlo en una balada góspel desgarradora, cargada de voces femeninas que elevan la pieza a una dimensión espiritual.
La presencia de invitados ilustres aporta la solidez definitiva. Taj Mahal suma su voz, armónica y banjo en piezas como “Can’t Help Myself” –original de Sonny Terry y Brownie McGhee– y en la tradicional “Betty And Dupree”. Esta alianza trasciende además lo profesional: pervive la anécdota de Mahal, quien a principios de los setenta evitó que un Morrison bloqueado por ataques de pánico abandonara la música para siempre, empujándolo fuera del camerino hacia una redención que hoy suena a comunión espiritual. Destaca también en “On A Monday”, rescatada del repertorio de Leadbelly, fuente primaria de la devoción del bardo por el género, y en la legendaria “Delia’s Gone”, el relato de un asesinato firmado por Blind Blake hace un siglo, cuando entonces era solo “Delia”.
Por su parte, Elvin Bishop ensucia el aire con su guitarra en “Deep Blue Sea”, herencia directa de John Lee Hooker. El legendario Buddy Guy firma un cierre eléctrico con “Rock Me Baby”, pilar del catálogo de B.B. King, y “I’m Ready”, clásico de Willie Dixon. Morrison habita estas piezas ajenas con autoridad envidiable. Desplaza el peso hacia el ritmo y la verdad del instante.
Entre las composiciones propias, sobresale “Monte Carlo Blues”, un shuffle grasiento con aroma a Texas donde la armónica de Van brilla con fuerza. Ya en clave cinematográfica, el título y su canción homónima pueden remitir a George C. Parker, aquel estafador de principios del siglo XX que hizo fortuna vendiendo el puente de Brooklyn a incautos, o incluso evocar el clásico italiano “Totòtruffa 62”, donde Totò se las ingeniaba para colocar la Fontana di Trevi a un turista norteamericano tan rico como ingenuo. Existe una ironía latente en estos versos. Morrison se muestra vigoroso, lejos de las polémicas ideológicas de antaño y centrado en la solera de sus raíces. Es un regalo de madurez que lo sitúa al nivel de resistencia de Willie Nelson o Neil Young. Nadie pudo venderle el puente a quien ya habita en su propia orilla. ∎