Tres Sant Jordis seguidos con entradas agotadas: así es como se marca territorio desde el primer día. Esto va más allá del titular vistoso: es una declaración de poder, una forma de colonizar el espacio simbólico de la ciudad desde el primer asalto. Dos semanas después del lanzamiento de “Más cara”, el primer concierto de Barcelona funcionó como acta fundacional de esta nueva etapa de Bad Gyal: aquí no hay repaso de grandes éxitos ni complacencia retrospectiva, sino una entrega frontal del presente.
El look inicial ya marca la pauta: una estética que parece empalmar el stripclub con un entierro. Y entonces llega el primer gran estallido: su primer hit, “Da me”, coreografiado con esas piernas kilométricas elevándose en ángulos imposibles, aductores en tensión máxima, una gimnasia del deseo convertida en gesto icónico. Desde ahí, el concierto se despliega como una maquinaria de provocación perfectamente calibrada.
Mientras tanto, en las gradas, grupitos de adolescentes convierten cada estribillo en contenido: TikToks en tiempo real, coreografías replicadas, el sonido de miles de gargantas como una especie de coro digital amplificado. Uno de los momentos más reveladores llega con “Te daré”. Los twerks se vitorean como goles frente al buenorro de turno, reducido a objeto, postrado a sus piernas, sosteniendo el micro como quien acepta su rol de esclavo devoto.
La ambición escénica se vuelve explícita en “Noticia de ayer”. El escenario se abre y revela un ejército de doce bailarines y una pared gigantesca de ornamentos rococó, una escenografía que roza el delirio maximalista. Por momentos, la sensación es la de estar asistiendo a un concierto montado en el salón de su propia mansión, como si todo ese despliegue –barras, sofás con cojines de terciopelo mullidos, mobiliario humano– no fuera tanto un escenario como una extensión doméstica de su poder. De ese tipo de ambición estamos hablando.
En “Duro de verdad pt.2”, una pintada se enciende en el muro con una fisicidad casi violenta, mientras los relieves –culos en pompa, figuras en poledance– mutan como si el decorado tuviera vida propia. En otro momento, el soporte de cristal de una mesa de centro no es un objeto cualquiera: es su propia figura, convertida literalmente en mobiliario, una imagen que resume la lógica del show: ella como estructura, como pedestal, como objeto y sujeto a la vez.
El primer acto oscila entre la dominación y el roce. Hay mucho roneo, mucho baile agarrado, especialmente en “Duro de verdad pt.2”, donde el reparto cubano aporta una textura distinta, más cálida, más carnal. Pero el segundo acto recalibra todo. “Fashion Girl pt.2” irrumpe entre humo y luces rojas, con una escenografía que transforma el escenario en un salón decadente: barras de baile, cocteleras, una atmósfera de club nocturno que huele a exceso. Aquí emerge con claridad la figura de la femme fatale. En “Perro”, cuchillo en mano, se presenta como amenaza y deseo.
El tercer acto es directamente una combustión. Arranca a todo calor con el dancehall jamaicano de “La que no se mueva”. Es aquí, a la altura de “Orilla”, donde llegan los bailes más sensuales, más despojados de artificio: el cuerpo como lenguaje total. Hay escasos discursos, casi ninguna interacción verbal prolongada. No hace falta. Lo dice todo con el resto de su cuerpo: cada gesto, cada contoneo, cada mirada. Los visuales refuerzan esta lógica: imágenes como ella comiéndose una ostra funcionan como símbolos transparentes pero efectivos.
En “Última noche” todo el grupo aparece tumbado en el suelo, contoneándose en una coreografía horizontal que desactiva la jerarquía vertical del espectáculo. Y luego ese instante casi litúrgico en “Otra vez más”: las linternas de los móviles se encienden, invocadas por ella misma (“a ver esas linternas”). La respuesta del público, ese “y reina y reina, y guapa y guapa” que es puro meme performativo y que todas las divas desde Dua Lipa hasta Taylor Swift han escuchado en España, se entiende como un acto de canonización pop.
Uno de los gestos más radicales del concierto es su relación con el repertorio. Tocó la práctica totalidad de “Más cara”, ocupando la mitad del show. El resto del catálogo queda reducido, casi evaporado. No hay rastro de “Worldwide Angel”, ni de “Hookah”, ni mucho menos de “Mercadona”. No es un “The Eras Tour”, ni lo pretende. Es, más bien, una apuesta casi kamikaze por el presente.
Al final, lo que queda es la sensación de haber asistido a un espectáculo que entiende el pop como un campo de batalla entre lo visual y lo corporal, entre el control absoluto y el desbordamiento calculado. Un concierto donde el cuerpo sustituye al discurso. Barcelona no fue solo la primera de tres noches sold out. Fue el primer capítulo de una narrativa que, si algo deja claro, es que el pasado ya no tiene tanto peso como solía. ∎