Tras “La puerta dorada” (Casa Maracas, 2022), Edu Requejo dio un giro decisivo en su trayectoria y abandonó la figura del cantautor introspectivo para centrarse en el ritmo como eje creativo. Así nació “BAGHOO” (Casa Maracas, 2025), un proyecto articulado a través de un alter ego con el que el músico barcelonés investigó las músicas populares latinoamericanas y las reinterpretó desde una mirada primitivista.
Baghoo funciona como un método: despojarse del “yo” para pensar en el “nosotros”, en la creación como espacio colectivo. Lejos del discurso biográfico, Requejo planteó su segundo álbum como un laboratorio rítmico y colaborativo. En él confluyen músicos de distintas generaciones y procedencias –Pancho Amat, Alain Pérez, Chezca Zana, Instituto Mexicano del Sonido o Sofia Freire– que amplían el espectro sonoro de un trabajo que viaja por el Caribe y el Cono Sur, combinando varios géneros musicales del otro lado del charco.
Este trabajo trasciende la noción de álbum para convertirse en un proyecto de investigación artística donde convergen música, filosofía y antropología. Requejo reflexiona sobre la autenticidad, el papel del artista en la era del hipercapitalismo y la vigencia de lo colectivo frente al individualismo contemporáneo. Frente a la “retromanía” o la mitificación del genio moderno, el músico está proponiendo una alternativa: volver a las raíces, al ritmo como lenguaje común y a la creación como acto compartido.
¿Es “Baghoo” una especie de alter ego?
El tema de la identidad es importante para mí. Este disco es muy colaborativo, así que mi presencia como Edu Requejo, a título personal, está menos marcada que la de ese “nosotros” colectivo. Baghoo surge como una forma de representar esa distancia: no tanto desde el artista que se expone, sino desde el músico, desde el creador. Es un disco muy poco biográfico; diría que más bien investigativo o incluso ensayístico en torno al género. No sigue el modelo del cantautor, del artista que se expresa desde un lugar personal.
¿Y cómo es eso? Porque muchas veces, cuando se habla de los artistas o del arte, se da por hecho que crear implica expresar el pensamiento más profundo del propio ser.
Sí, totalmente. Y creo que lo que has dicho es muy cierto: es algo muy moderno. Si lo piensas, también lo es la figura del artista como ídolo. Antes no era así. Pienso, por ejemplo, en el artista que diseñó una catedral: nadie sabe quién fue. Se conoce a Gaudí y a unos pocos más, pero la mayoría pensaban en crear un espacio que favoreciera el rezo, que acogiera lo espiritual. No era un arte de “mírame, esto me pasó a mí”. A veces siento que ese trauma dumping a través del arte le hace un flaco favor al arte. Esta miopía moderna del artista como ídolo es un fenómeno reciente. Durante la mayor parte de la historia, el arte no ha sido eso.
Entonces, tú eres un arquitecto en ese sentido: estás construyendo un espacio colectivo.
Sí, esa es mi intención. El otro día hablaba en otra entrevista de cosas como Stonehenge, ese tipo de estructuras que no tienen un valor positivo ni un mensaje concreto. Son simplemente espacios que favorecen una conciencia más profunda, una conexión con uno mismo, pero no de persona a persona. El artista, para mí, es quien consigue crear espacios trascendentes, no quien impone sus particularidades al otro. Hoy, sin embargo, parece que lo que manda es justo lo contrario: la particularidad.
Bueno, queremos ser especiales y, al mismo tiempo, pertenecer a algo… Así se forman las escenas.
Sí, hay una contradicción ahí. Recuerdo que un maestro decía algo interesante sobre Picasso: ¿por qué se le valora tanto? Sus figuras, como las del expresionismo abstracto, son cuerpos enfermitos, monstruosos. Tienen éxito porque nos representan, porque reflejan lo que somos hoy, no porque tengan un valor objetivamente más alto. El arte es síntoma de quiénes somos.
También de quienes somos como sociedad, ¿no?
Claro, yo me imagino otras artes. Me llama mucho la atención el arte de la antigua Grecia, que funcionaba de otra manera. Había una mitología común, los dioses, Zeus, todo ese universo, y el artista lo que hacía era enriquecer esa cultura. Se ponía al servicio de esa mitología compartida, no trabajaba de forma individual ni separada. Cuando se pierde ese núcleo espiritual o simbólico que daba cohesión a la sociedad, todo se fragmenta y aparecen muchos pequeños dioses. Eso también pasa porque ya nadie cree en Dios.
¿Y en qué crees tú?
Bueno, yo no soy creyente. Pero me gustan las ideas, las teorías… No soy de ningún equipo, pero me gusta ver un buen partido.
El alter ego que te has inventado, Baghoo, se presenta bajo el pseudónimo de “el mago del ritmo”.
Sí. Creo que el ritmo es, en realidad, el inicio de la música. La percusión y el canto fueron los primeros lenguajes musicales, y la percusión es lo más primitivo de todo. Recuperar eso como eje me parecía interesante. No fue algo del todo consciente, más bien intuitivo. Quizá también porque empecé tocando la batería.
¿Sigues tocando la batería?
No, hace bastante tiempo que no.
En la música actual pasa algo curioso: todo el mundo se acusa de plagiar acordes, pero con el ritmo no ocurre lo mismo. Todas las canciones comparten patrones de batería casi idénticos y nadie lo cuestiona.
Me gusta lo que has dicho, y creo que tiene que ver con lo anterior. El ritmo es más anónimo, tolera menos la imposición de la persona dentro de la obra. Conserva algo de piedra, de lo esencial, y está menos cargado de psicología que las letras o los acordes, que siempre tienen una connotación más personal. Creo que los ritmos son una especie de propiedad universal. De hecho hay un montón de géneros diferentes en mi disco, y muchas veces lo que diferencia un reguetón de una salsa no es tanto la armonía, sino precisamente la percusión.
¿Hubo una parte de investigación consciente para adentrarte en toda esa latinidad que atraviesa el proyecto?
No, no fue algo consciente. No lo veo como un proceso académico. Escucho mucha música y aquello que me llama la atención lo sigo explorando, busco más dentro de ese género. Pero no es un ejercicio frío de “voy a estudiar cómo son los ritmos y analizarlos”. Es algo más involuntario, más intuitivo.
Cuando empezaste a plantear el disco parecía que tenías claro que querías abarcar muchos géneros distintos: Puerto Rico, Colombia, Brasil…
Sí, siempre me ha gustado no ser redundante en los proyectos. Puede que tuviera dos bossa novas en este disco y acabara descartando la que menos me gustaba, pero intento mantener la paleta lo más amplia posible, sin repetir fórmulas.
Y este interés por dejar atrás una faceta más de cantautor para centrarte en la música del baile, ¿de dónde viene?
Creo que tiene que ver con la necesidad de encontrar el fundamento de todo esto. Un fundamento formal, digamos. Ya pienso en los próximos discos desde esa idea: ahora que he explorado este terreno, quiero seguir entendiendo cómo funciona el mecanismo de la canción. Y siento que en el arte actual todavía hay un trabajo que hacer: no todo es pura expresión o expresionismo. Tiene que haber una parte de búsqueda, de estructura, de forma.
¿Consideras importante leer o estudiar lo que se ha hecho antes, cosas parecidas a lo que tú quieres hacer? ¿Es parte del trabajo conceptual?
Cien por cien. Hay un autor que me interesa mucho, Mark Fisher, teórico cultural británico, con libros realmente fascinantes. También Simon Reynolds, por supuesto. Ambos hablan del colapso de la imaginación cultural, de esa retromanía constante en la que empaquetamos lo mismo una y otra vez bajo formas distintas. Puedes rodar una película con los mejores efectos especiales y las cámaras más caras, pero si la historia no funciona esa película no va a durar en el tiempo. Uno de los conceptos que más valora Fisher es el de la música hauntológica: esa que se relaciona con los fantasmas del pasado…
Sí, está muy de moda ahora el concepto de hauntología…
Sí, es una propuesta alternativa o al menos una posible salida a la retromanía imperante. Creo que mi trabajo va por ahí. Evidentemente son contextos muy vaporosos, poco delimitados, pero son intentos de encontrar una vía de escape ante esa cerrazón cultural del refrito constante.
Pareces más centrado en la filosofía que en la obra de arte en sí.
Sí, me interesa mucho. Y no lo veo separado de la música. De hecho, muchos artistas han sabido compaginar el pensamiento teórico con la creación. Creo que existe cierta mentira alrededor de la idea de autenticidad, eso de “voy a soltarme y expresarme libremente”. Probablemente lo que sale de ahí no es verdadera libertad, sino todos los patrones que uno tiene interiorizados y no percibe al crear.
Y como persona que no cree en el concepto de autenticidad, ¿crees en la originalidad y en la autoría?
Sí, pero desde otro punto de vista. Es como con los profetas de las religiones: al final todos llegan a conclusiones muy parecidas. Lo que ocurre es que, por los nombres o por el lenguaje, se fragmentan y parece que hablan de cosas distintas, pero en el fondo están refiriéndose al mismo Dios: Mahoma, Jesucristo, Buda… Para mí la autoría no tiene que ver con la particularidad, sino con la capacidad de reconducir algo más allá de lo personal. La verdadera autoría es la que logra conectar con lo universal, y despreciar todo lo que existía antes de la modernidad es una miopía: hubo civilización, cultura y sabiduría profunda. Solo porque no tenían electricidad o coches tendemos a pensar que estaban menos desarrollados, y no es así.
Como persona interesada en los ritmos primitivos y en todo lo que existía antes de la posmodernidad, ¿cómo es para ti vivir en Barcelona, una ciudad tan posmoderna?
Hay algo en los contrastes de Barcelona que me gusta mucho. Por ejemplo: una puerta de hierro pequeña y llena de grafitis que da paso a una escalera oscura, y de repente llegas a un piso luminoso, increíble. Ese tipo de choques me parecen muy inspiradores. De todos modos, ¿qué es la posmodernidad? No se si tengo claro el concepto…
Inmediatez, fragmentación, subjetividad, individualismo, hipercapitalismo, amor líquido…
Sí, creo que esa descontextualización está muy presente en Barcelona. También percibo el hipercapitalismo como una falta de dualidad en el mundo, una falta de alternativas viables. Después de la Segunda Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, existían dos polos, dos sistemas en tensión. Podías estar más o menos de acuerdo, pero había una alternativa real, una visión opuesta a nuestro mundo. Hoy, sin embargo, parece que eso ha desaparecido: ya no hay espacio para lo alternativo. En la música pasa igual. En los noventa, con Los Planetas o la escena alternativa, todavía existía cierta distancia respecto al sistema. Pero hoy el indie está bajo los mismos paraguas que todo lo demás: Spotify, las majors. Y lo poco que queda del underground se ha vuelto fetichista; es un consumo del underground por fetiche, no por oposición. Ya no existe una alternativa viable como pudo ser el punk en sus inicios. Los punks realmente tenían su propio universo, su propio espacio. Hoy, en cambio, el sistema te dice “tranquilo, te creamos tu espacio punk, tu café punk, tu rincón para sentirte diferente”. Y eso, en el fondo, neutraliza cualquier crítica.
Tu disco me ha recordado mucho a El Guincho, pero ahora él está produciendo canciones de k-pop… Es que todas las manifestaciones independientes acaban siendo absorbidas por el capitalismo…
Claro, y eso plantea un dilema ético bastante fuerte. Te obliga a volverte un poco cínico, ¿sabes? Ahora hay una producción mía presentada en el Benidorm Fest: la de Dora y Marlon Collins. Y me genera conflicto: ¿cómo encajo eso en mi cabeza, siendo alguien que se considera comprometido con su trabajo? A veces caigo un poco en la desesperanza, en cierto fatalismo.
¿Y cómo sales del fatalismo?
Bueno, el sistema te lo pone fácil para que salgas. Porque te va poniendo chuches dondequiera que vayas. No niego que para mí todo esto tiene un chute de adrenalina que me gusta. Y si me despisto, me puedo dejar llevar por esto.
Si no, ¿cuál es la alternativa?
Claro… por un lado admiro a los artistas que llegan a ese nivel de puritanismo artístico… La historia de Kafka, por ejemplo: antes de morir pidió que quemaran toda su obra. Eso ya me parece casi mitológico. Si yo fuera completamente honesto trabajaría solo para mí mismo, por puro autodescubrimiento, por un proceso humano, vital, existencial. El arte como artefacto social me genera ciertas reservas. Pero no sé si quemaría mi obra. Creo que, ante todo, el arte sirve para descubrirse a uno mismo.
Y en ese proceso de autodescubrimiento has adoptado casi una figura de director o productor. Porque, salvo en un par de canciones, el resto del disco está lleno de colaboraciones. ¿Cómo surgieron?
Ha sido una mezcla. A algunos los conocía de antes; otros surgieron de forma más casual. Por ejemplo Cecilia Lara me escribió tras escuchar mi disco anterior: le gustó mucho el proyecto y quería colaborar, y yo siempre estoy abierto a eso. También está Pancho Amat, de la generación de Buena Vista Social Club; Alain Pérez, que representa una especie de punto medio entre la música cubana más tradicional y la moderna, y Chezca Zana, que pertenece a ese reparto cubano hipercapitalista. Son tres generaciones dentro del mismo álbum. Con Camilo Lara, Instituto Mexicano del Sonido, el contacto fue más directo a través del sello. Juan Vázquez, el codirector de Casa Maracas, que trabaja en México, lo conoce bien, y Camilo ya había escuchado mi música. A partir de ahí todo fluyó.
Al final hemos hablado de este disco como un camino de aprendizaje y autodescubrimiento, al menos en una primera instancia. ¿Cómo resumirías tú ese proceso personal?
Creo que en el fondo el autodescubrimiento siempre es uno, independientemente del camino que se tome. Somos organismos complejos y la mente a menudo está colapsada por patrones y mecanismos adquiridos. Si no reconoces esos patrones dentro, lo que surge de ti nunca será realmente libre. Para mí este proceso de autodescubrimiento es un tránsito: del camino de la particularidad hacia lo universal. Por eso no veo separados el arte, la religión o la política. Al final todos buscan lo mismo: encontrar lo común de todos los seres humanos. ∎