La pandemia silenció muchos trabajos artísticos que tal vez habría que rescatar algún día como los restos sensibles de un naufragio. Para Javier Corcobado fue “Somos demasiados” (Intromúsica, 2019): disco y gira quedaron en dique seco. Más tarde llegó su primera gran recapitulación en forma de libro; “La música prohibida” (Liburuak, 2023), ochocientas y pico páginas de un híbrido entre biografía y novela en el que la emoción desbocada y el esperpento sanador se cruzan con un ajuste de cuentas que ha escocido pero que seguramente no ha pillado desprevenido a ninguno de sus personajes.
Entremedias, saca adelante su proyecto titánico de “Canción de amor de un día. CADUD” (Liburuak, 2026), y consigue llevarla al directo entre el calor de los más cercanos. Y también, entre 2024 y 2025, monta “Solitud y soledad” (Intromúsica, 2025), un accesible disco nuevo acompañado por la reinterpretada antología definitiva del nuevo Corcobado, del renacer encarnando a un artista pop dispuesto a dejarse querer por los de siempre pero, sobre todo, buscando el amor de los recién llegados y de todas aquellas personas que lo hubieran mirado en algún momento con el rabillo del ojo.
“Solitud y soledad” es un doble bicéfalo. El primero es la colección de canciones más accesibles que ha publicado Corcobado hasta la fecha, mientras que en el segundo reinterpreta algunos de sus singles más conocidos con su pareja Aintzane con G de Gloria, Jorge Martí de La Habitación Roja, Marc Gili de Dorian, Nacho Vegas, Alaska y Andrés Calamaro. “La excusa para hacer esto va a ser el tiempo que no existe, pero ¿cuándo salió el primer disco de Mar Otra Vez?”, se pregunta, durante su encuentro con Rockdelux en Madrid. “En 1985. Cuarenta años. Me coincide con la necesidad de hacer canciones y grabar un disco. Hice una de veinticuatro horas, pero necesitaba hacer un disco más pop, llegar a más público a estas alturas. Cuarenta años de carrera discográfica son buen motivo para celebrar. Empecé a componer y fueron surgiendo asuntos como el de los colaboradores, que lo propuso Máximo Lario de Intromúsica. Duetos, que nunca había hecho. Pero esta vez lo hago desde el amor, desde el intento de amar a la humanidad. Estoy intentando hacerlo: aprender a amar al ser humano. Uno por uno, os amo a todos. Puedo dialogar contigo pero no puedo dialogar con una masa, no la puedo llevar a ningún sitio. En un concierto los puedo no dominar, pero sí hacerlos felices, que ya es bastante”.
Publicas primero el libro “La música prohibida” y después este disco. Da la sensación de que necesitabas vaciarte y hacer un cierto balance.
Así ha sido. La escritura de “La música prohibida” fue una catarsis. Quería escribir una novela de aventuras, autobiográfica en un noventa por ciento, porque hay cosas que son ficción, y se entremezclan con una historia policíaca. Fue pasar página a un montón de cosas que solo podía dejar ahí y decir: esto me lo voy a quitar de mi vida porque son dolores y densidades que impiden vivir con más fluidez y con una vibración más alta. Y es divertido leerlo, porque es tan tremendista que cuando echo un vistazo me descojono de las cosas que me han pasado. Y estoy ya límpido de eso, porque después de escribirlo dejé el alcohol. Llevo tres años sin beber. Las drogas fuertes las dejé en el dos mil, pero el alcohol seguía ahí. Ahora voy explorando nuevas euforias, como dice la canción de “En la sombra de una copa”. Y era el momento de hacer el disco pop de éxito de Javier Corcobado. Es accesible, comercial, y tiene buenas canciones. Admiro muchas canciones comerciales. No soy de esos que está escuchando todo el día a Laibach, a John Cage o Stockhausen. Oigo música de muy abierto abanico. Y como decía uno en Instagram: no te puedes morir sin haber escuchado a Javier Corcobado en tu puta vida.
Comentar el contenido de “Soledad”, en el que incluyes nuevas versiones de canciones emblemáticas tuyas y cuentas con varias colaboraciones puede ser una buena manera de repasar tu trayectoria. Empezamos con “Desde tu herida”, que estaba en “Agrio beso” (GASA, 1989).
Es donde ya puedo realizar mi sueño de niño de cantante-solista con el apellido de mi madre, que es como me llamaban en el colegio: Corcobado. Desaprendí todo lo que estudié de música de niño cuando tocaba el laúd en una rondalla. Empecé a componer canciones más estándar, muy variadas, con todo lo que quería contar. Fue un disco en el que me impusieron a un productor, Gonzalo Lasheras, que fue arreglista, productor, e hizo un enorme trabajo, pero yo era una persona muy difícil de tratar, muy insoportable. Me intoxicaba hasta el límite y no era fácil grabarme un disco. Le proponía las canciones cantadas, tarareadas solo con la voz y con algún ritmo de batería. Fue complejo de grabar, hay canciones que ni yo mismo entiendo y que son fruto del alcohol. Y hay mucho de eso en “Agrio beso”.

El año Corcobado se completa con la publicación de su obra magna, “Canción de amor de un día. CADUD”, un recorrido musical y sonoro recogido en libro más USB con esas 24 horas de música y compuesto por 100 piezas en las que participan, entre otros, Andrés Calamaro, Suso Saiz, Atom Rhumba, Esplendor Geométrico, Aviador Dro, La Fura dels Baus, Amaral, Nacho Vegas, Vetusta Morla o Bruno Galindo. “Es un medicamento que te hará viajar por más países de los que hay en el mundo”, afirma Javier. “Son 100 piezas compuestas para formar parte de una cadena cuyos eslabones no son regulares. Y aunque hay antecedentes de piezas tan largas en las interpretaciones que hizo John Cage de Erik Satie, no he oído nunca nada como esto. Crearlo me llevó siete años, por eso he estado tan fuera tanto tiempo. El concepto me viene de la infancia, de creer que la música es eterna, que no tiene fin, no como Dios, que no es eterno. Y así puse un título puro como el que tiene, sin literatura, sin tratar de hacer un ‘Ulises’, sino recorriendo un día entero de la vida de un hombre normal. Son 24 capítulos en los que voy narrando justo lo que voy haciendo en presente continuo, excepto algunos momentos, como cuando llega la hora de la comida, en la que me acuerdo de México, y se evoca”.
En el desarrollo de la pieza, se atraviesa y refleja cada momento de la jornada, “y la noche es insomne, por lo que hay una mezcla de sueños y recuerdos. Hay un capítulo específico sobre el sueño que son silencios que se van superponiendo a otros hasta que causan un estruendo”. Es un trabajo nada convencional que puede ofrecer facetas distintas o sorprendentes de los músicos que participan en él: “El libro recoge todo esto, y al final vienen los créditos de las piezas y las letras que escribieron los artistas, porque algunos cantan y otros hacen piezas instrumentales. Por ejemplo, Nacho Vegas no cantó, le tocó una pieza instrumental preciosa, y de las más cortas, aparte de la de Ajo. Bunbury sí cantó y Calamaro también, pero no Amaral. A ellos les tocó una pieza muy difícil para la que les di la pauta literaria, que eran 20 minutos de canción que terminó siendo algo precioso. Por eso se te quitan todos los prejuicios con estos grupos, hasta con Vetusta Morla, que parecen Throbbing Gristle”. ∎