Aunque volvamos a los inicios, a los comienzos, aunque tiremos del hilo, sea este bíblico o medieval, y nos lleve hasta una canción escrita en 1727 o en 1982 o en 2020, todas las
murder ballads encierran la misma verdad. Que es que lo que ocurrió sigue ocurriendo. Y que todas nos insinúan, o nos dicen directamente, que seguramente va a seguir haciéndolo. Sin que lo justifique un porqué. Son bocados de realidad, jarros de agua fría, avisos para navegantes, llamadas de atención. Tomemos nota. Que nos sirvan como fragmentos para encontrarnos a nosotros mismos y corregir tanto desvío, que nos sirvan de espejo para arreglar nuestro reflejo y no para mirar hacia otro lado. Ni para maquillarnos tanto. Que nos avergüencen si hace falta, por vernos reconocidos en ellas. Porque nos enseñan nuestra peor cara. Y ya sabéis, en vez de matar, enamoraos de la vida, aunque a veces duela.