Yaw Atta-Krah es capaz de crear una conexión instantánea entre propios y extraños y de poner patas arriba espacios hasta cinco veces más amplios que La (2) de Apolo, como hizo recientemente acompañando a Big Thief en su paso por el Reino Unido. Ya sea por la complicidad que despierta su fascinante historia como artista autoeditado en los noventa y perdido durante décadas o simplemente por el derroche de carisma y magnetismo del ghanés, la de Ata Kak es una experiencia puramente eufórica. Yaw Atta-Krah disfruta y sonríe como el que desea exprimir al máximo la oportunidad inesperada, se entrega con todo ante lo que se habría perdido si no llega a ser por el azar. Físicamente irresistible, rápido y espasmódico, con el público ya en el bolsillo desde el minuto cero, hizo vibrar con su mezcla inclasificable de house primigenio, funk electrónico y hiplife, el rap de Ghana, con las rescatadas “Obaa Sima” y “Moma Yendodo” y el pulso hiperactivo y bailable de “Yasi Town”, su primera nueva música en más de tres décadas. Cesc Guimerà
Formados en Londres en 2022 por la polaco-británica Maria Manow y el angloestadounidense Ike Clateman, Bassvictim son en cierto sentido la respuesta británica a esa ola de dúos maximalistas que han radicalizado la nostalgia dosmilera a base de expresionismo hardcore y gabber eleganza, reproduciendo a la velocidad de un scrolleo rápido solo posible en el mundo de TikTok y con la intermitencia de un fogonazo –de un electroshock– los tropos sonoros del electroclash y el indie pop más eufórico y electrónico: MGMT, Passion Pit, Icona Pop, M.I.A., Charli XCX. Sin embargo, su fijación por el imaginario estadounidense los convierte en una especie de rara avis: su trap-pop puede formar el reverso emo y terrorífico de Ashnikko, y al mismo tiempo son también dignos integrantes de la prole de ovejas negras de Skrillex. Por encima de todo, suenan como si la primera Grimes formara parte de SALEM. Llegaron reventados a la sala Apolo después de tres intensos días de festival. Él sin mesa y con toda la cacharrería tirada por el suelo, y ella vestida de niña de “El exorcista”. Entre los dos se estallaron al menos media cajetilla de pitis –receta infalible para la resaca, I guess– y dieron un concierto apabullante y digno de tapones. Un exorcismo witch pop que suena como una turbina digital, y que en su fondo es tan solo una enorme masa de abrasión y ruido, una interferencia infinita. “Final Song”, claro, puso el broche eufórico y desató un baño de masas liberador. Diego Rubio
CORTE! salen del subsuelo madrileño, de un Windmill autóctono, con mirada local, la justa dosis de resquemor, mala hostia y, sobre todo, mucha ironía. Su concierto en La (2) de Apolo fue la puesta en escena de una formación con particular magnetismo y una continua sensación de caos controlado –por el ritmo tenso, hipnótico, monótono pero bailable– que imprimen sus cajas de ritmos secas, motorik, sobre las que Álvaro de las Heras lanza, entre guitarras saturadas, unas letras costumbristas, crudas y con poso social. Son canciones que abordan el desencanto de la vida en la gran ciudad con gran tensión dramática y cierta teatralidad, aunque nada arty y menos aún poser. Estribillos afilados, herencia del post-punk, coldwave ochentero en castellano y gancho absoluto en canciones como “Una rata”, abordada a toda prisa por el apremio del tiempo en un set que voló por su energía física y por su entrega. Cesc Guimerà
Ver a Ela Minus –siempre con los cascos puestos y el micrófono al cuello– gozar de los sintes modulares y las maquinitas al otro lado de la pantalla, espía, puede ser por momentos una experiencia tremendamente voyerista. Chasing after phantoms. Pero la colombiana ha visto la luz con su segundo disco, que no por nada se llama “DÍA” (2025), y con ello también ha aprendido a moverse libre por el escenario y a alejarse de los aparatos. Siguen siendo, eso sí, los verdaderos santos de su devoción, lo más importante para ella: los sintetizadores cara al público que son el centro gravitatorio de la escenografía; esa caja de ritmos en la que parpadean sugerentes y metódicas todas las percusiones, disparadas o programadas. Con ellos y con una tromba de efectos en su voz, en el lenguaje del pop, la expat colombiana compone una telaraña compleja y emocional de acid, electro, techno, música industrial y electrónica progresiva, pero además teje entre las canciones unas transiciones más cercanas a la música experimental, a la organ music y a la síntesis modular. Entre Björk, Caterina Barbieri y Kelly Lee Owens, pero decidiendo quedarse además con la mejor parte de Bicep y de Boys Noize, dio un concierto espectacular –pese a una pequeña desincronización– que alcanzó su clímax en la impresionante “QQQQ”. Y cerró en las profundidades ambient pop de “Tiempo definido por la presencia de luz”, su nuevo tema. Una experiencia hipnótica e inmersiva en la sala Apolo, guiada por la pasión, por la introspección y por la música de baile. Qué increíble eres, Ela. Diego Rubio
Un día se levantaron, se sintieron punk y se pusieron a versionar a Amyl And The Sniffers en plan rapero, y de repente estaban enfureciendo masas beodas por escenarios de todo el mundo. Con sus scratches, su boom bap hardcore, sus aires gangsta y su hibridación del hip hop y el punk-rock, Joseph Bertolino y Braedan Lugue pueden recordarte tanto a los Beastie Boys como a The Prodigy, pero también a la música paródica de The Lonely Island, aunque en esencia son más como unos Sleaford Mods de hermandad universitaria, en plan “Desmadre a la americana”. Tras su concierto el sábado en el Fòrum, repitieron en la sala Apolo y volvieron a desatar la locura ante el público más numeroso de la noche: su lenguaje es el de los raperos blancos, un poco en la línea de $uicideboy$, así que se les presuponen también ramalazos Skrillex y otras burradas brostep, además de géneros aptos para el pogo y la borrachera como el hard house, el drum’n’bass grosso modo, el wonky o el phonk. En general fue un cuadro –en sus mejores momentos simplemente parece unos imitadores monsterizados de El-P–, pero supongo que si tu energía es la de un alfa heterosexual blanco como los que surfeaban descamisados las cabezas de la gente, seguramente te pareció un pasote. No sé, a veces pienso que alguna fuerza del universo debería intervenir para prohibir a según qué blanquitos rapear, pero tampoco es cuestión de ponerme tan radical. Diego Rubio
Pasada la medianoche, Six Sex convirtió Les Enfants en un organismo vivo. Micrófono en mano, enfundada en un bikini de cuero negro y botas de plataforma, la artista argentina ocupó el diminuto escenario de la sala como si estuviera actuando para un estadio. Apenas existía distancia entre intérprete y público: cuerpos apretados, teléfonos en alto y una sensación constante de que todo podía desbordarse de un momento a otro. Su propuesta, construida a partir de reguetón alternativo, techno, trance, neoperreo y cultura club encontró en la proximidad de la sala el contexto ideal para desplegar toda su potencial, y allí empezó la fiesta más underground que Barcelona no sabía que se estaba viviendo. Sonaron “Hot & Perfect” y “Bitches Like Me”, pero fue “4 Novios” la que terminó de romper cualquier resistencia. La sala estalló cantando, mientras Six Sex dirigía la escena con una mezcla de descaro, sensualidad y precisión milimétrica. En un club acostumbrado a la intensidad, Six Sex consiguió algo más difícil: monopolizar la atención de todo el público. Durante treinta minutos, no hubo nada más importante que lo que estaba ocurriendo sobre aquella pequeña tarima. Cuando terminó, la sensación era la de haber sobrevivido a una pequeña catástrofe feliz. Maquillaje corrido, gargantas rotas y sonrisas difíciles de explicar. Exactamente lo que debería provocar un concierto de Six Sex. Laia Marsal