El post-rock de complejidad tonal y ampliación controlada que define el sonido de Sigur Rós parecía perfecto para el encuentro con la Orquestra Sinfónica del Vallès en un enclave modélico como es el Auditori del Fòrum, espacio siempre gratificante para la programación más exquisita del Primavera Sound. Sin embargo, este panorama alentador quedó diezmado. La intervención sinfónica, con predominancia de violines, no mejoró las prestaciones de la banda islandesa. Y, aún más preocupante, les costó conectar emocionalmente.
Al menos ese fue el guion de una primera parte dedicada a su último álbum, aquel “ÁTTA” (2023) de menor recorrido para sus seguidores. Los cuatro miembros del combo islandés –guitarra, bajo y dos teclistas– se infiltraron entre los pocos huecos de un abarrotado escenario. Tanto, que costaba identificar la silueta icónica de Jónsi con su guitarra y el arco entre una poblada escenografía, iluminada por bombillas tenues –lo imprescindible para que los músicos vieran sus propios movimientos; para los fotógrafos fue complicado trabajar en estas condiciones– y puntuales aspersores de niebla. Dando la espalda al público estaba Robert Ames en calidad de director de orquesta.
El recorrido empezó con “Blóðberg”, extenso pasaje cinemático que algunos recordamos por la fascinante carcasa visual que Johan Renck le diseñó hace tres años. En el tercer tema, “Fljótavík”, el piano pidió protagonismo al unísono con los agudos de Jónsi. Con “8”, otro tema de su álbum más reciente, fueron ganando en intensidad atmosférica, sin abandonar esa suavidad percusiva y la sobriedad atmosférica con la que transcurría la velada. No fue hasta la llegada de “Vör” cuando el paisaje lineal incorporó fluctuaciones curvilíneas gracias a la distorsión que aportó Jónsi con su arco frotando el mástil de la guitarra.
Un clima excesivamente intimista, adormecido, y sin demasiada justificación para el despliegue orquestal que tuvo su inflexión con “Starálfur”, composición perteneciente a ese “Ágætis byrjun” (1999) cuyo revestimiento melódico sigue avivando la emoción de su público. Le siguieron dos temas de “Valtari” (2012) con la incorporación de una mezzosoprano antes de dar por concluida la primera parte del concierto.
La segunda parte del show fue otro cantar. Como si en el descanso la arenga de algún coach de muchos ceros anotados en su nómina les hubiera hecho desprenderse de su plácido pero infructuoso rendimiento previo. Esa inflexión quedó señalada desde los dos temas iniciales. Primero con “Untitled # 1 (Vaka)” y luego con “Untitled # 3 (Samskeyti)”, ambos rescatados de “()” (2002). En el primero, la Sinfónica del Vallès entró con otra pegada, Jónsi ganó en profundidad vocal y hasta la comunión entre las cuerdas y la banda islandesa adquirió nuevos matices. Un renovado entendimiento que se prolongó con el segundo corte, una bella composición puramente instrumental cuya progresión fue marcada por la aceleración del tempo. Volvieron al trote iniciático, aunque con insertos sintéticos, con Jónsi acomodado en el piano y predominancia del metalófono en las algo descafeinadas “Skel” e “Ylur”. Una pequeña bajada corregida pronto por la melancolía de “Untitled # 5 (Álafoss)”, un sentir triste rematado en alto. Y todavía quedaba el punto de inflexión más acentuado, ese que intentaría hacernos olvidar la primera mitad del concierto. La entrada del Cor Francesc Valls le añadió un plus de epicidad. Lo demostraron con “Ara Bátur”, composición zigzagueante a piano atravesada por una progresión instrumental de toda la orquesta. Aunque la coronación llegaría con “Hoppípolla”, ese tema pluscuamperfecto sin fecha de caducidad que al primer acorde ya levanta pasiones. La orquesta las amplificó y coronó así una segunda parte con un guion, por suerte, muy distinto al anterior.
“Avalon” fue la coda instrumental que precedió a una entusiasta ovación cuando los cuatro componentes islandeses regresaron al escenario en busca del aliento del público. Quedó claro que la gelidez inicial fue reconducida. El permafrost, finalmente, quedó derretido. ∎