Britpop? No, Brettpop. Foto: David Mars
Britpop? No, Brettpop. Foto: David Mars

Concierto

Suede, el retrato de Brett Anderson

Con todas las entradas vendidas por anticipado, Suede inició anoche en la sala Santana 27 de Bilbao, ante 1500 asistentes, una amplia gira peninsular. La banda de Brett Anderson, que interpretó principalmente hits de los años noventa y canciones de sus dos últimos álbumes, exhibió músculo y pegada en un concierto físico y cercano, dejando que los fans corearan y jalearan muchos de sus estribillos. La gira continúa hoy en A Coruña y pasará el próximo sábado por Sevilla. Además, el grupo tocará en Madrid (23), Valencia (24) y Barcelona (25).

Si algo ha logrado Suede es coger por la solapa la segunda oportunidad que el actual panorama del rock procura a tantas de sus bandas históricas una vez superada la supuesta edad de merecer. En realidad el grupo londinense, en esta vida nueva que se prolonga desde hace ya década y media, se ha quedado en un punto intermedio si se compara con la grandeza de Pulp o las múltiples y lúcidas historias de Damon Albarn. Pero es lo suficientemente apañado, con momentos incluso de brillantez, para presentarse con la cabeza alta y una imagen a tono con su época de esplendor. Y si la consideramos sobre todo una banda de canciones con el abecé del pop-rock como consigna y destino, con himnos incluso, completa hora y media de escena entretenida, variada, también en parte autocomplaciente y quizá pensada para su público base.

El repertorio se nutre en gran medida de sus primeros álbumes noventeros, cuando lucían como destacados del britpop, y también de “Autofiction” (2022) y “Antidepressants” (2025), sus dos grabaciones más recientes. Son discos que presentaron a modo de inicio de la trilogía del blanco y negro, como sus portadas, con temas más crudos y afilados dentro de una atmósfera dura y confesional –o también vulnerable y madura– en coherencia con la edad de los músicos. Pero, ya que hablamos de edad, está el asunto del cantante Brett Anderson. A solo año y medio de cumplir los 60, nadie lo diría. Tan juvenil y andrógino como en sus días veinteañeros, con la misma talla para su pantalón negro y estrecho o su camisa blanca ceñida y ese parecido razonable con Tom Cruise. El pacto a lo Dorian Gray parece haber hecho su efecto –o quizá se trata simplemente de una genética privilegiada–, al menos en esa “máscara” que él mismo confiesa usar en el escenario, mientras reconoce su evolución y envejecimiento tanto en la propia temática musical como en su vida privada. Todo ello conduce a que la ambiciosa etapa intermedia en la historia del grupo, la que coincide con el final de la primera parte y el arranque de la segunda, solo sea recordada a mitad de concierto en modo valle.

El arranque es una declaración de lo felices que parecen estar con el disco que presentan y que tan bien ha sido acogido por la crítica. “Disintegrate” y “Antidepressants” consiguen algo más que calentar el ambiente, y algunos ya los acompañan con la letra aprendida. Pero, claro, es con “Trash”, “Animal Nitrate” y “We Are The Pigs” cuando llega esa comunión tan afín a la celebración rockera. Para entonces Anderson, líder absoluto del quinteto, ya ha sudado la camisa, se ha subido varias veces al monitor, se ha confesado apoyado en él, ha bajado al foso y ha pedido palmas y entrega al público. También anda bien de voz, aunque nunca ha sido un frontman especialmente original ni espectacular, sino algo torpe y reiterativo en sus gestos, como ese de extender y recoger el cable del micro.

El retrato de Dorian Anderson. Foto: David Mars
El retrato de Dorian Anderson. Foto: David Mars

Tras “Personality Disorder”, primer reconocimiento a “Autofiction”, llega un inesperado recuerdo –en repertorios recientes no aparecían– a su epopéyico “Night Thoughts” (2016) a través de las envolventes “Pale Snow” y “Don’t Know How To Reach”, que, como en el disco, se ofrecen empalmadas y con lucimiento guitarrístico de Richard Oakes. Con “Filmstar” y sobre todo la más machacona “Can’t Get Enough” vuelven a sus queridos y reconocibles años noventa, algo que el público agradece. La presuntuosa balada “June Rain” anticipa dos canciones más de “Autofiction” –“She Still Leads Me On” y “Shadow Self”– que pasan sin pena ni gloria. Todo lo contrario que “Trance State”, uno de los momentos más emotivos y evocadores de un post-punk de narrativa confesional y guitarras resonantes.

Enfilando la parte final, Anderson y el teclado de Neil Codling, que también ejerce como segundo guitarra, se quedan solos en la tranquila “The Asphalt World”, acortada aquí con respecto al disco al comerse toda la parte final de guitarra. “Everything Will Flow” intensifica su alegría melódica con emoción y lucidez, enlazado a un “So Young” que sin embargo suena con menos pegada y sin el agudo inicial, como si se la quisieran quitar pronto de encima. “Metal Mickey” y la celebradísima “Beautiful Ones”, con todo el público coreando sus “lalalás”, sirven de colofón antes de un único bis, reivindicando de nuevo su último álbum con “Dancing With The Europeans”. Una despedida perfecta que no habría desentonado con el Bowie de “Diamond Dogs” (1974), a la postre uno de los retratos en los que se miran con gusto Brett Anderson y los suyos.

Antes de Suede, asomó el cuarteto escocés Swim School, sin demasiado que aportar a un rock guitarrero a medio camino entre shoegaze, el rock semiclásico y la nada. Liderados por la vocalista y guitarrista Alice Johnson, que a veces desentonó en sus agudos, en poco más de media hora dejaron unas cuantas canciones planas con algún arrebato guitarrero de escasa originalidad. Parecía que llevaban escrito en la frente su condición de teloneros. ∎

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